DIFERENCIA HORARIA II

La alarma de Ella enciende cada mañana a la hora que suelen hacerlo las alarmas bien programadas. Cinco minutos –piensa–, y la alarma descansa hasta que la próxima canción anuncia que han transcurrido. Pasarán diez más hasta que su brazo revuelva las sábanas buscando el celular y el control de la tele. –Ya es tarde, dirá en voz alta, y sentándose sobre la cama se preguntará ¿Qué habrá de comer?

Hace tiempo que Ella dejó de preguntar por el desayuno. Su hambre de las mañanas la vincula con el hambre de Él, quien al mismo tiempo –no a la misma hora– estará entrando al comedor de la universidad preguntándose por la comida.
Él pide el menú sólo si lleva pasta y un bocadillo si no hay más. Con la comida, café, aunque no lo toma hasta el postre de cigarrillo. Mirará entonces la hora y, entre aspirando y sorbiendo, contemplará la bebida a los ojos musitando un buenos días con el primer trago y contestándose a sí mismo en medio de una bocanada.
El cigarro de Ella se consume apoyado en un cenicero negro a la sombra de un café que se enfría. Ella trabaja frente a la pantalla alternando las notas del trabajo con los mensajes que Él ha escrito a la misma hora –no al mismo tiempo– y yendo del ceño fruncido a la sonrisa abierta que comparte con un pastel. El medio día la alcanzará en el mismo lugar y entre risas se sorprenderá de que el sol que ahora levanta esté tan caído más allá. Buenas noches, escribe en una ventana de la pantalla de su ordenador. Él sonreirá al reflejo que se lava los dientes embelesado con el destello de la pantalla al otro lado del cristal.
Esa noche dormirá abrazado a una almohada y Ella velará su sueño desde el teclado de la oficina, con la luz del escritorio y un cenicero que se ha vuelto gris de hacerse espacio para las colillas de la tarde. No dejará de trabajar hasta entrada la noche y pensará entonces en la luz que se abre en el horizonte mientras espera un semáforo de regreso a casa en medio de la oscuridad. Será media noche, pero Ella comentará convencida lo que le gusta la primera luz de la mañana asomándose debajo de las persianas, y llegada a casa, con una sonrisa, dormitando frente al televisor, dirá Buenos días mi amor.
A Él lo despierta el sol, el ruido de la tele y el hueco que descubre del lado izquierdo de la cama. Levantándose recogerá la almohada, cubrirá el hueco con ternura y una sábana y apagando el aparato dirá en voz baja camino del lavabo, Hasta mañana.



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