LAS BATALLAS Y EL DESIERTO

La infancia que recuerdo es provinciana. Tiene todavía juegos que no necesitaban de juguetes: las escondidas, policías y ladrones, aquel en el que preguntábamos ansiosos ¿lobo, lobo, estás ahí? y el sal de ahí chivita, chivita, y la chiva que no quería salir de ahí. Eran los juegos de siempre, los juegos de nuestros padres que las tardes del sábado aprendíamos en la manada y que podíamos practicar en la semana cuando la travesura de alguno ponía castigado el balón del salón. Porque eso sí, nada como el futbol, lo mismo daba si la pelota tenía aire o si era una bola amorfa que jugueteaba con las corrientes del viento; cualquier patio o pedazo de patio estelarizaba una final de mundial invariablemente disputada entre Brasil y otro equipo del mundo, México, Alemania o quien fuera, pero que no faltara Brasil.
Apenas los más afortunados podían cambiar las risas de nuestros juegos por la perplejidad del atari. Otros jugaban, imitando las historias de las caricaturas, a que eran robots animados como mazinger zeta o leones acróbatas como los felinos cósmicos. Hoy hablar del atari es como hablar de la edad de piedra, los juegos electrónicos han evolucionado –sistemas nintendo, el play station, la wii o la exbox– y revolucionado a la sociedad; las caricaturas japonesas incitan a la violencia a los niños, a la lascivia a los más grandes y entre edad y edad existen brechas tan grandes que hacen imposible su caracterización en un solo enunciado.
En casa no había atari y las horas de televisión estaban restringidas; familia provinciana de costumbres provincianas, la merienda era temprano y antes de las novelas debíamos estar dormidos.
Los reyes magos nos traían balones, bicicletas, carros de control y muñecos de las Guerras de las Galaxias. Para las niñas nunca faltaba el juego de té. Con bien poco y mucha imaginación, mis hermanas jugaban a la casita e inventaban canciones para presentar en sus festivales, como el Juguemos a Cantar de Lucerito. Ellas tenían de sobra conocida una colección de cuentos de Julio Verne que luego nos contaban en la mesa, asombrándonos y haciéndonos imaginar el futuro y la cercanía del año dos mil. Veinte años después me doy cuenta de que las cosas no son como Julio Verne las pensó; el dos mil nos alcanzó y la tecnología no se distingue por contar con grandes máquinas de más de una habitación de extensión, no hay aparatos voluminosos de comunicación, al contrario, parece que la consigna es hacer las cosas cada vez más pequeñas; el mejor teléfono es el que ocupa menos espacio en el bolsillo y la computadora más cara es la que se puede transportar como si fuera un cuaderno o una agenda.
Una vez traté de leer uno de los cuentos de Julio Verne, el más corto, pero después de dos tardes de atención voluntariosa decidí que lo más práctico era ir directo al final y fin de la historia. Mis hermanas nos impresionaban y se aprovechaban de que nosotros no conocíamos los libros de la sala; siempre que había que investigar algo como tarea, consultábamos su memoria antes que cualquier enciclopedia y ellas aprovechaban la ocasión para obtener favores o parte de nuestro domingo.
Definitivamente prefería el futbol. Sin embargo, recuerdo perfecto que las historias que contaban mis hermanas me llamaban mucho la atención porque me parecía fabuloso que la gente pudiera escribir el tiempo, el futuro, y entonces, casi como un juego, empecé a imaginar que algún día yo también podría escribir.
Me empecé a interesar por la lectura en la secundaria, cuando un maestro de español nos obligó a leer Las Batallas en el Desierto y entonces me pareció más sorprendente aún que escribir el futuro, que alguien pudiera escribir sobre el pasado, logrando que una persona ajena a ese tiempo –como yo lo era con Las Batallas–, viviera todo tal como se narraba. Y entonces pensé que si escribía algo alguna vez, tendría que ser sobre el pasado. Aun sin saberlo descubrí que el hombre es un ser histórico y totalmente sin darme cuenta de ello, me fascinó.
A partir de Las Batallas empecé a leer, aunque en un principio no leía otra cosa, pero es que para mí era como emprender un viaje cada vez en el que me transportaba a un México lejano, un México de fascinación y desconocido, como si fuera una película de esas que puedes ver y volver a ver sin llegar a cansarte. Con Las Batallas volaba imaginando el México de Carlos, un México que yo no había conocido pero que llegaría el momento, lo sabía, en que lo conocería y estaría en él. Creo que desde entonces supe que escribiría esto desde la capital.
Me gustaba imaginar que podía platicar de las cosas de México con Carlos, él en Las Batallas, había imaginado el lejano 1980; lo esperaba magno y pleno, y yo le contaba, como si pudiera oírme, que el 1980 había llegado y no era un año de plenitud y bienestar universal, que no había ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones y sin basura, al contrario; las noticias que leía mi papá en el periódico reprochaban al gobierno la falta de estabilidad en el país y llamaban a combatir al medio mundo socialista porque de lo contrario se provocaría la tercera guerra mundial.
No es que las noticias me importaran mucho, en realidad yo sólo leía de paso los encabezados más grandes y la sección deportiva, pero mi papá se empeñaba en platicarnos durante la comida la situación de la sociedad y lo que supuestamente era lo más importante en el mundo de ese momento. Nosotros preferíamos las historias de mis hermanas. Mi mamá se la pasaba en la cocina, toda su obligación era preparar las comidas del día y nunca se le veía haciendo otra cosa que no tuviera que ver con una estufa. Ella era la única que participaba en las pláticas de mi papá asentando todo lo que él decía, primero diciendo , luego ajá, luego claro, luego hacía un movimiento con la cabeza acompañado de un sonido gutural y vuelta a empezar: sí, ajá, claro.
Cuando pensaba que algún día tendría que escribir algo sobre mi tiempo, me parecía que debía asombrar a los del futuro con lo sorprendente de mis años, pero hoy que lo intento, apenas puedo identificar las cosas que distinguen mi presente. No hay una canción de moda, si la hay dura muy poco tiempo y cambia por otra, en cambio tenía aprendido de memoria el por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, aunque no sabía ni por equivocación la tonada; en mi presente las noticias se contradicen unas con otras de un día a otro y las encuestas buscan una persona que no haya sido víctima de un robo. La tía de un amigo mío dice que aquí asaltan en cada esquina, y nosotros bromeando le decimos hombre, que no exagere, esquina sí, esquina no. Mi mundo cambia a diario, como las marcas de vanguardia, como el tamaño y la eficacia de los teléfonos celulares, como las técnicas de video y computación; los medios de comunicación se pelean la audiencia desatando una apertura que hubiera escandalizado a Carlos y a su tiempo y todo esto ha hecho imposible mi proyecto de escribir unas batallas en el desierto.
El rock en español significó para mí el cambio de la infancia a la adolescencia. Era nuestro propio acto de rebeldía contra la autoridad que no la soporta, así es que en casa se oyeron a todo volumen desde Caifanes y su negra tomasa, Botellita de Jerez, Enanitos verdes, Maldita vecindad y El Tri, hasta Maná y Alejandra Guzmán, pero definitivamente mis preferidos fueron Café Tacuba. Mi interés especial por el libro que había leído se encontró con la historia musical de Las Batallas: Oye Carlos, por qué tuviste que salirte de la escuela esta mañana… Era simplemente fabuloso; alguien más se había interesado por la historia de Carlos y Mariana y había hecho de su historia una canción, incluyendo desde luego el por alto esté el cielo en el mundo.
En casa, los rockeros de mis discos, que fueron los últimos elepés que se vieron de acetato negro, no eran bajados de mariguanos; mira esas caras me decía mi papá, como crees que no se dan sus toques antes de cantar y empezábamos una discusión sin sentido por las presentaciones de mis artistas contra Los Panchos, Los Platters o la Rondalla de Saltillo; al final yo ponía a todo lo que daba un disco de La Maldita que cantaba hey pa’ fuiste pachuco, tam-bién te reventabas, y entonces sentía que había ganado la pelea.
En la secundaria nos animaban a aprender la guitarra con canciones de rock. Yo así aprendí algo de música y el requinto con el que empieza la canción de Café Tacuba. Desde entonces, cada que agarro una guitarra empiezo a tocar Las batallas.
Esa costumbre mía hizo que un día, estando con un grupo de amigos, se acercara a mí Paulina, una chica de mi edad que me preguntó emocionada –¿Te sabes esa canción? –Sí, claro, ¿te gusta? –¿La puedes cantar por fa? –Es que no sé cantar muy bien. –Anda… Y yo: Oye Carlos, por qué tuviste…
A partir de ese día comencé a frecuentar a Paulina; a ella también le gustaba la historia del libro de José Emilio Pacheco y aunque habláramos de otras cosas, el por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo se convirtió en nuestra canción oficial.
La adolescencia es una época muy padre, pero nunca deja de causar problemas; hoy en día dicen que se llega a prolongar hasta los veinticinco, por lo que mi amistad con Paulina tenía al menos ese elemento de adolescente, pero no sólo eso, yo no salía con nadie y después de convivir mucho tiempo con ella empecé a encariñarme. En realidad nunca hablábamos de temas sentimentales, de hecho creo que era lo que hacía especial nuestra amistad, que así no corría el riesgo de perderse por truenes de novios o cosas así que pasaban a nuestro alrededor. Teníamos un amigo, Ricardo, que decía que su mejor amiga era Dulce, después de un tiempo empezaron a andar y a los dos meses se odiaban y no podían ni verse; tronaron como chinampinas y sólo porque unas amigas de ella le dijeron que Ricardo le ponía el cuerno. Tal vez ni era cierto. Paulina y yo podíamos decirnos los mejores amigos sin tener esa clase de problemas, hablábamos sin cansancio y nos escribíamos y firmábamos nuestras cartas APLE, amigos por la eternidad. Igual y suena cursi, pero era algo que me hacía sentir especial y querido y a lo mejor por eso me empecé a sentir enamorado de Paulina. Yo estaba seguro que ella sentía lo mismo por mí, pero no iba a ser yo el que pusiera en riesgo nuestra amistad. Ricardo me decía que si éramos los mejores amigos la íbamos a hacer muy bien de novios, pero claro, considerando la experiencia y autoridad de Ricardo en esos asuntos, mejor me quedé callado. Aún hoy no sé que hubiera dicho Paulina si yo me hubiera declarado, pero todavía, aunque ya no somos los amigos que fuimos, a veces me escribe y le contesto y firmamos APLE.
Una vez, recuerdo perfecto que era jueves, Paulina me llamó muy emocionada para decirme que tenía una sorpresa para mí en su casa. Era raro que nos viéramos entre semana pero me dijo que era importante, que tenía que ver mucho con nosotros y que me apurara; en fin, sin pedir permiso salí corriendo a su casa.
De camino se me ocurrió que tal vez ella se había dado cuenta de lo que sentía por mí y le urgía decírmelo, pero en el fondo yo sabía que eso no iba a suceder y me intrigaba la razón de tanto misterio.
Apenas llegar me metió a su cuarto. De paso saludé a sus papás que jugaban en la sala con sus hermanos; asumí que eran sus papás y sus hermanos porque en realidad yo nunca había entrado en su casa, cuando iba a buscarla me abría siempre ella y salíamos. Nunca había visto a sus papás ni a sus hermanos –un niño y una niña– de los que lo único que sabía era que nunca estaban en casa y que eran unos bastardos latosos como todos los niños.
El cuarto de Paulina tenía dos camas, una mesa de computadora, librero, clóset y una infinidad de posters de Luis Miguel; en el ropero había un viejo tocacintas que encendió y que comenzó a cantar una canción que me recordó el ritmo de cabaret de las películas de Tin Tán y Marcelo: Amor es el pan de la vida, amor es la copa divina, amor es un algo sin nombre, que obsesiona al hombre por una mujer… –Oye qué es lo que tenías que decirme. –Es eso, cállate, y la canción: Yo estoy obsesionado contigo, y el mundo es testigo de mi frenesí, por mucho que se oponga el destino, tú serás para mí… Amor es el pan de la vida… –Ah. Y eso qué. –¿Cómo que qué? Escucha con atención: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo, que mi amor profundo no rompa por ti. Yo estoy obsesionado contigo… –¿Quieres decir que…? –Sí, es la canción… por mucho que se oponga el destino, tú serás para mí… –Pero ¿cómo la conseguiste? ¿De dónde la sacaste? –Le platiqué a una tía mía de nuestra canción y ella me consiguió ésta; es de tiempos de mi abuelita. –Pero es fabuloso, la canción de Carlos. –Exactamente… no rompa por ti, no rompa por ti… –Oye, es genial, eres fabulosa. –Gracias; ahora ya sabes la tonada original. –Es fantástico, suena como a película de Tin Tán –Sí, ¿a poco no es padre? –Claro que es padre, ¿cómo dices que se llama? –Obsesión. –Obsesión, claro, se supone que Carlos se obsesiona por Mariana. –Pues sí, a mí también me dio gusto encontrarla, ¡esto es un evento histórico!
Seguimos hablando hasta que me decidí a sacar el tema. –Oye y hablando de obsesiones, ¿sabes que tengo algo en común con Carlos? –¿Ah sí? ¿A poco estás enamorado de una mujer más grande? –Más o menos, bueno, no exactamente, lo que tengo en común es que puede ser una gran regada decírselo. –Pues entonces no se lo digas. –¿Tú crees? –Pues, si no quieres, no. –De hecho sí quiero. –Entonces dile. –Lo que pasa es que, mira Paulina lo que me pasa es que…
Paulina, ábreme la puerta; Paulina soy yo… –¡Ash! Es mi hermana Paloma, –¡qué quieres? –¡Te habla mi mamá! – ¡Voy! Ahorita vengo y me dices ¿eh?
–Así que tú eres el famoso amigo de Paulina ¿no?– me dijo entrando una niña de unos trece años vestida de mezclilla y una blusa naranja. –Pues no sé si famoso, pero sí, soy amigo de Paulina– contesté yo en tono serio e interesante, como para hacer notar quién era el más grande de la habitación –Y tú eres la hermanita ¿no? Pensé que eras más chica– le dije queriéndola ofender –Pues sí, para Paulina todo mundo es más chico que ella…
Me hizo reír; en verdad Paulina podía ser un poco altiva y entonces tuve que confesar algunas otras cosas. –Mandona. –¡Obsesiva! –Tal vez un poco presumida. –O presuntuosa, dijo la hermanita, ¡qué palabra dominguera!
Cuando regresó Paulina nos invitó a los dos a jugar en la sala, después me platicó que a su mamá no le había parecido que nos encerráramos en su cuarto y en la parte de abajo de la casa me presentó con todos. Mi mamá, –mucho gusto señora; mi papá, mucho gusto; Javierito, –hola, y a Paloma la acabas de conocer, –hola, y ella con una sonrisa cómplice, hola.
No creía que me pudiera estar pasando, Paloma era una niña con una sonrisa encantadora y se reía con tanta naturalidad que alegraba a todos en la mesa; a Paulina le molestaba que yo me riera con su hermana pequeña, a quien además acababa de conocer, pero el resto de la familia estaba contenta. Casi olvido que me salí sin permiso y le pedí a la señora que me dejara hablar por teléfono; el propio papá de Paulina se ofreció a llevarme a mi casa.
Desde ese día las cosas no pudieron seguir igual. Empecé a hablar a casa de Paulina a la hora que sabía que venía rumbo a mi casa o cuando estaba seguro de que no la iba a encontrar, y entonces platicaba con Paloma; cuando Paulina iba al inglés yo iba a su casa y platicaba con su hermana hasta que ella llegara; me gustaba mucho estar con esa niña y reírnos y estar viendo sus ojos negros y todo. A su mamá le sorprendía que se me olvidaran los días en que Paulina iba al inglés, pero yo sólo movía los hombros sin dar más justificación y me disponía a esperarla en compañía de Paloma.
Creo que fue entonces cuando me empecé a enamorar. Algo me fascinaba en la voz de Paloma; nadie pronunciaba mi nombre con tanta ternura y yo imaginaba que le pedía que lo dijera una infinidad de veces. No sé qué tenía, su cadencia femenina al caminar, la postura siempre recta de su espalda, la seguridad con que se movía, sus enormes pestañas y la timidez que ocultaba su negra y brillante mirada; su pelo cayendo sobre los hombros, su lunar junto a la boca y su modo de reír cubriéndose con la mano; sus brazos ocultando su cintura y una apariencia de desinterés que convertía en enigma su mirada. Me daba tanta alegría sorprenderme pensando en ella; ya sabía yo que el enamoramiento es un sentimiento que te hace permanecer despierto, que te mantiene alerta, encontrando en todas las cosas los detalles que te la recuerdan y disfrutando de la soledad que te permite su imaginaria compañía. Y toda esa alegría se esforzaba por desvanecerse en su presencia, imposibilitada por la barrera de los años, de los sentimientos, de las costumbres, de los tabúes, de las distancias, que nos hacen ajenos, o más bien, lejanos.
Así fue como me enamoré de Paloma. Sí, creo que fue un verdadero enamoramiento; yo mismo podía ver la diferencia entre lo que me unía con Paulina y lo que sentía por Paloma, pero había una realidad que era insoportable: Ella tenía sólo trece años y yo casi veinte. ¿Cómo podía un joven llegando a la madurez enamorarse de una niña de trece? Pues no sé cómo pero sucedía. Amor es un algo sin nombre, que obsesiona al hombre por una mujer.
Al principio no fue un gran problema, después de todo yo era amigo de Paulina, pero después empecé a temer que mi interés por su hermana fuera tan obvio que preocupara a alguien más en su casa. Me confundía mucho; a veces pensaba que la timidez de Paloma significaba que yo también le gustaba, al menos como un amor imposible de esos que se tienen en la adolescencia, pero cómo podía hablar de amores adolescentes si yo era el enamorado (yo estoy obsesionado contigo, y el mundo es testigo de mi frenesí), no podía interpretar con seguridad la actitud de Paloma. Qué tal si tan sólo era su modo de ser, o qué tal si efectivamente ella sentía lo mismo por mí, ¿cómo saberlo? Tenía que preguntarle, pero si no me había atrevido a decirle a Paulina que me sentía atraído por ella aquella vez en su casa, menos lo iba a hacer con su hermana de trece años.
Los siguientes días transcurrieron en la misma confusión; cada que podía invitaba a Paloma a salir con Paulina y conmigo y ella aceptaba las más de las veces, lo que para mí significaba una tarde inolvidable, de risas y galanteos. Me intrigaba lo que pudiera pensar ella, a sus trece, de lo que yo sentía, pero al final ése no era un grave problema si de cualquier modo estaba cerca de mí.
Así transcurría el tiempo hasta que un buen día llegó el momento en que fue algo insoportable y exploté. –Paloma, tengo algo que decirte. –Pues dime. –Lo que pasa es que no sé cómo decírtelo sin que vayas a pensar mal de mí; es algo bueno y natural, pero a lo mejor te sorprende un poco. –Dime, pues. –Tú sabes que a todo hombre le llega el momento de estar cerca de una mujer, y yo creo que para toda mujer también es lo más normal. –Y quieres saber lo que pienso como mujer ¿no? –Pues sí, más o menos, mira, últimamente me siento muy atraído, en buena onda ¿eh? y pues no sé exactamente cómo expresarme. –No tienes que decirlo. –¿No? –No. Se te nota a leguas. –¿En serio? (De manera que su sonrisa y su mano rozando casi por accidente con la mía en el cine no era una mera coincidencia; ya decía yo que el modo de apuntarme con su rodilla por encima de la falda en la sala de su casa era una señal clara, y la timidez de su mirada, y la cautela de su mano cubriendo su rostro, y la coquetería de su andar; ya decía yo) –Y yo te voy a ayudar. –¿En serio? ¿En serio me entiendes? –Claro, no tienes ni que decirlo, y vas a ver que en bien poco tiempo Paulina te va a decir que sí. –¿Paulina? pero… –Sí, Paulina, ¡picarón eh? –No, lo que pasa es que, Paloma, yo… –¡Ay! ¿No me digas que no te gusta Paulina? –Pues es que… me gusta más su hermana…
Silencio.
Una mirada que no conocía en Paloma me interrogó ansiosa. (No. No estábamos hablando de lo mismo, ella era una niña; debí suponerlo, pero cómo iba a saberlo. ¿Y ahora? ¿Qué voy a hacer? ¡Animal! Todo estaba en tu fantasía…) –¡Ah verdad? ¡Quería saber qué cara ponías! No te creas ¿eh? era broma. Y ella seria Ya sabía que era broma. (Cómo pude creer que Paloma… Con la primer mirada entendí que ella apenas despertaba a la curiosidad de mi relación con su hermana y seguramente ahora estaba pensando que hablaba con un depravado o un desubicado cualquiera, ¿qué hacer ahora?) Pero entonces ¿me vas a ayudar con Paulina? –Claro. Déjamelo a mí y ya verás.
Después de esa tarde no podía evitar los nervios cuando iba a su casa; Paloma había creído que yo me había acercado a ella para solicitar ayuda con su hermana cuando en realidad había querido decirle lo que sentía por ella; me daba tanto coraje pensar en mi inmadurez, en lo tonto que es para un chavo de veinte enamorarse de una niña. No. No podía ser.
Poco a poco dejé de frecuentar a Paulina y de ver a Paloma; el desconcierto que se gestaba en mi cabeza necesitaba un descanso y yo tenía que dármelo por salud mental.

Aquella llamada además de sorpresiva resultó desgarradora. Desde el otro lado de la línea Paulina me reclamó mi lejanía pero sabiendo todo lo que en realidad sucedía. Yo argumenté las tareas de la escuela y ella con mucho tacto fue desviando la conversación hacia Paloma. Los nervios me fueron traicionando de manera que era clara la incomodidad que me causaba el tema. Después de un rato de dar vueltas al asunto, Paulina fue al grano: –Por accidente mi mamá escuchó una conversación por teléfono de mi hermana. –Ajá. –Paloma presumía con una amiga sobre su pegue con los hombres y cuando se le acabaron los recursos sacó algo tuyo. –¿Ah sí? ¿Y qué dijo? –Imagínate, se inventó que tú habías intentado hacerle una declaración amorosa. –¿Eso dijo? (De pronto sentí cómo la sangre se me iba a la cabeza y el color se me subía al rostro; casi sin querer me tembló la mano con la que detenía la bocina y esperé con mil cosas pasándome en la cabeza la respuesta a mi tonta pregunta.) –Pues sí, eso dijo. Yo estoy muy enojada con ella, porque con su invento ha ocasionado que mi mamá despotrique en contra tuya, ya ni quiere que te aparezcas por la casa; a Paloma le castigaron el teléfono y sólo después de mucho rogarle aceptó que yo te hablara para aclarar todo este rollo que ha ocasionado la mentira de mi hermana… ¿Estás ahí? –¡Sí! Sí, aquí estoy, es que estaba pensando en lo que me decías. –Entonces, ¿vas a venir a hablar con mi mamá para aclarar esto?... ¿Me estás oyendo? –Sí, sí, perdón, lo que pasa es que estoy en exámenes. –Pues acabando exámenes, es que no es justo que piensen eso de ti. –Sí, no es justo, pero pues entonces yo te aviso ¿va? –Sí, háblame pronto ¿quieres? –Sí, claro.
Justo entonces perdí la batalla y no hubo por alto que esté el cielo en el mundo.

Nunca le hablé a Paulina para aclarar las cosas y nunca más volví a su casa. Le escribí una carta donde le explicaba todo lo que sentía por su hermana y la pena que esto me causaba; en realidad no entendía –como Carlos– que ellos no pudieran entender que uno simplemente se enamora de alguien, ¿tiene eso algo de malo? Ella respondió a mi carta diciéndome que no podía creer que fuera cierto, que yo estaba mal pero que siempre contara con ella como amiga. Ocasionalmente llega a mi casa alguna tarjeta que firma APLE y que evita el tema. Hace poco la descubrí en un centro comercial besando a un niño que le llegaba al hombro.
A Paloma no le volví a hablar, no sabía si mi enamoramiento le podía ocasionar algún problema y pensé que lo mejor era desaparecer. Desde entonces no la he vuelto a ver ni a saber nada de ella. A los conocidos evito preguntarles por lo que hace o cómo se encuentra y sólo me queda lo que mi fantasía se va figurando sobre su vida. A veces imagino que ni se acuerda de mí y que va a la escuela como todos y que tiene un novio de su edad y todas esas cosas, pero a veces pienso que no ha podido olvidarse de lo que provocó en un remedo de adulto y que se jacta de ello, o que fue un golpe tan duro que la ha alejado de toda relación con hombres. Pero todo esto no son más que tonterías de mi imaginación.
Aún no me he vuelto a enamorar. Sigo estudiando y vivo solo en un departamento que rento por pocos pesos al mes. Siempre me acuerdo de Paloma y cada vez menos entiendo lo que aún ahora siento por ella. A veces me digo que es una clásica rebeldía contra el mundo adulto que me niego a aceptar; a veces pienso que es mi adolescencia prolongada, a veces trato de convencerme de que nunca voy a madurar, pero al final de cuentas creo que es algo más sencillo: Amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre por una mujer.
Paloma debe estar ahora llegando a los dieciocho.


LA PALABRA

Pocos espectáculos hay más bellos en la vida que ver a un niño aprender a hablar. El hijo de mi hermana perfecciona su erre, y aunque todavía dice «sabo» por «sé», es asombroso descubrir que sus palabras trascienden la realidad que ve, que no sólo señala cosas, que habla de sentimientos, que da a entender afecciones y que, aun con su limitado acervo, llena una tarde y más de un par de vidas de sentido.
Algo de sagrado tiene la palabra, tanto que a mí me parece que el regalo del dios del Génesis no es el paraíso, sino la posibilidad que tienen Eva y Adán de dar nombre a las cosas y así dominarlas, porque el que nombra posee, el que nombra crea.
Tal como el mundo, el lenguaje nos precede; antes que cualquiera de nosotros, el lenguaje ya era. Apenas nacemos y todo es palabra, ella nos recibe con gritos y bienvenidas y nos enseña a decir a los nuestros y a referirnos a las cosas que vemos. Por eso el lenguaje es también querencia, es juego; la palabra es poema, es canción.
Lo no-nombrado, eso, es lo desconocido, lo turbulento; las palabras, en cambio, son divinas, como divino es el milagro de escuchar tu nombre de labios de una mujer, como divina es la palabra «madre» y la palabra «yo»; como divinas son las palabras «te amo».
Recuerdo muy bien la primera clase que tuve con el profesor César Rendón en el auditorio de la casona que albergaba la Escuela de Escritores de Coyoacán, en México. Después de verificar la asistencia y reconocer la cara de los nombres de su lista, el profesor comenzó la lección. Se levantó, se acercó a nosotros, y habló de la palabra, aunque más que hablar parecía que cantaba, citando a Borges y a Sor Juana, a Homero y a Fuentes. Dejó el sombrero sobre la mesa y, sin dejar de hablarnos, se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de la silla mientras recitaba a Octavio Paz:
Dales la vuelta, 
cógelas del rabo (chillen, putas), 
A cada verso su voz se oía más nítida y sus ojos adquirían un color que no habíamos notado antes, oculto tras el reflejo de unas gafas fotogrey. También los anteojos los dejó sobre el escritorio y ante la sorpresa de todos, se sacó la camisa y comenzó a desabotonarse lentamente mientras proseguía:
azótalas, 
dales azúcar en la boca a las rejegas, 
ínflalas, globos, pínchalas, 
sórbeles sangre y tuétanos,
Con un poco más de esfuerzo, pero sin perder el ímpetu con que sus palabras nos taladraban los oídos, se desabotonó también los puños de la camisa:
sécalas, 
cápalas, 
písalas, gallo galante, 
tuérceles el gaznate, cocinero, 
desplúmalas, 
destrípalas, toro, 
buey, arrástralas, 
Ya desprendido de la camisa, los alumnos –atónitos– pudimos seguir el poema impreso sobre la camiseta negra interior, unos versos que hubiera podido tener tatuados sobre la piel, o tal vez los tenía, pero la camiseta no nos los dejó ver:
hazlas, poeta, 
haz que se traguen todas sus palabras.
No sabíamos si era correcto aplaudir, lo hicimos, seguramente, para que los aplausos disfrazaran nuestras ganas de llorar de emoción. Teníamos delante un hombre que habíamos visto agigantarse ante nuestros ojos mientras recitaba un poema. La pasión con la que el maestro Rendón presentó aquella clase despertó en los que lo oímos un extraordinario deseo por usar las palabras, por soñar y volar montados en algunas de ellas, por desplumarlas, por destriparlas, por hacerlas nuestras.
Esta sensación, la de poseer la palabra, era la que provocaba una conversación con otro de nuestros profesores, Don Arrigo Coen; si ciertamente, nombrar es poseer, el maestro Coen era dueño del mundo entero, hasta un simple saludo, viniendo de él, era una lección lingüística, un encuentro que te dejaba con la emoción de haber recibido un saludo de palabras precisas, preciosas, las palabras que había escogido para ti un hombre que de palabras sabía mares, y que te bañaba de la sensación de creador, del que domina lo que ve y lo que no.


Hace años la palabra perdió a estos dos de sus mejores amantes. Pero ella, ella sigue viva.


HE DEJADO DE RONCAR

Dejé de roncar.
No sé yo si por pena o convicción,
si para no despertarte o
para que no me echaras
–ojeras profundas–
de tu cama sin razón.
Dejé de roncar.
Y será la almohada o
un efecto del somier,
serán los calores o
la ausencia de soledad,
será que sueño en lugar de descansar,
¡qué sé yo!
lo cierto, vida mía,
es que he dejado de roncar.



JUEVES SANTO


No Padre, si antes no era igual, antes venían todos y se hacía todo como en el pueblo; ahora somos muy pocos y sin dinero, pero en el pueblo sí, siguen haciéndolo cada año, pero es que son más, y luego fíjese, hay un mayordomo por cada día santo. Hoy por ejemplo, después de lo del lavatorio, sale todo el pueblo del templo con sus faroles, acompañando a Jesús pues, al que le dicen el nazareno, hasta donde mismo le dicen el huerto de los olivos, aunque no hay olivos pues, pero así le dice la gente. Ahí llegan todos menos un grupito que son el Judas, y que se van por otro lado para encontrar al nazareno de frente, y ahí lo toma el otro grupo y la gente le dice que ya está preso y se lo llevan al pretorio y hasta hacen una reja con carrizos y ahí pasa la noche y las mujeres le ponen veladoras y están ahí pues, como si mismo fuera Jesús preso.

Ya el viernes lo sacan como a las doce y le ponen encima la cruz, y saca también la gente a la dolorosa, para la via crucis. Aquí ni santitos tenemos, había un pascualito que sacábamos para el sábado de gloria, pero no, ya no. De aquí todos se van mejor pa’l pueblo, aunque le digo que antes era igual mismo aquí, pero ya tiene mucho que cambió la gente. Se empezaron a ir de la Iglesia desde el 50 para acá, cuando empezó a venir el gringo y venían los aviones tirando nuevos testamentos y papelitos que luego nadie leía porque en ese entonces casi nadie sabía leer, y como el párroco del pueblo pasaba nomás cada año, pues el gringo se dio vuelo espantando a la gente y enseñándole dizque la Biblia y a cantar. No, yo estaba chamaco, casimente como Isidoro, mi nieto, pero ya tenía mi inteligencia yo, y no me dejé engañar. Luego por el 56, cuando vinieron los judiciales, ahí sí pos nos tuvimos que ir todos con el gringo porque los soldados andaban tomando preso a todo mundo; decían que había guerrilla y en casa de mi papá encontraron un fusilito máuser y lo anduvieron siguiendo hasta que lo mataron por Tlapiche. A mi abuelo también lo buscaban, pero él se huyó por acá por el monte; mi abuela había sacado de la casa un salonsito y sacó el rifle en las narices de los judiciales, metido en las enaguas, y no encontraron más armas ni nada pero de todos modos también mataron al abuelo ahí en Guigovelaga, cuando les iba huyendo a los polecías.

Después de eso el gringo hizo lo que quiso con la gente; el cura ya no venía ni una vez al año, que porque castigo, y ahí nos tenía el otro a todos cantando para que no vinieran los soldados, y la mitad de la gente ni sabía pues lo que era que cantaba, nomás repetía así, lo que le decía el gringo que repitiera. Y la gente misma pensaba que estaba bien, que era cosa de la Iglesia, y hasta cuando iban allá a Ixcuintepec saludaban al cura, el de la parroquia y «¿Cómo está la gente?» –Bien Padre, bien, allá lo esperamos para Pascua.

Pero ni en Pascua venía, ahí se pasaba por el miércoles y luego se seguía pa’l pueblo, y nosotros acá sin Pascua ni nada. Yo cuando podía pues me iba al pueblo, pero hasta el sábado, porque la mazorca no dejaba, no por el tiempo sino porque no faltan los malosos que secan todo en un rato.

El gringo explicaba que teníamos que hacer diferentemente lo de la Pascua; yo le digo que tenía mi inteligencia y me apunté pa’ intérprete, pero pos le traducía a la gente que lo que el gringo decía era que teníamos que ir a Pascua a Ixcuinte, porque allá eran más y se hacía más bonito. Preferiblemente así a que todo el pueblo se pasara con él, ¿no cree, Padre? Luego empezaron los pleitos por mis traducciones, pero ya habían pasado años y meses cuando se dieron cuenta y tuve que irme al otro rancho, allá, al del Ocotal que le dicen, y allá me quedé, y me casé con Ernestina, la hija de Casimira, mi prima, que le iba a dejar la tortilla a mi tío Eufrates todos los días desde Santa Isabel.

Cuando regresé fue porque ya estaba acá Tina, mi’ja la grande, y ya el Isidoro estaba abandonado de la mujer y con su chamaquito chiquillo; así estaba el mocosito, así mire, y entonces pues me vine, que al fin y al cabo ya había enterrado a la Ernestina y ya ni estaba el gringo ni nada. Me contaron que lo fueron a dejar allá por la barranca, luego que desapareció el pascualito de la capillita, y que además no les dejaba hacer el sacrificio en el monte y que las cosechas andaban malas.

Pero pues ya estaban los pentecostales y los advenetistas o quién sabe cómo se llamen, vaya usté a saber, y los del sábado, que les tenían casa de cemento a todos los que se pasaban para allá, así que lo del Jueves Santo ya tiene tiempo que no se hace. Antes sí, pero antes, cuando yo era chamaco, casimente como Isidoro, el hijo de Isidoro mi’jo; ahora la gente que quiere se va para Ixcuinte, allá hay banda y les dan mezcal pa’ la noche, porque la gente se queda ahí, afuera de la parroquia, y pues da frío, y el señor cura se hace el que no se da cuenta por una vez, y como ni se mete con ellos, ni les dice nada de la matadera de gallinas en el cerro, pues la gente vuelve, pero lo que es aquí no, ya tiene tiempo que no se hace.

BUSCO UNA MUJER



Busco una mujer de cuerpo bien y bonitos ojos; una mujer de manos expresivas y rostro sano, que tenga los dientes parejitos y blanco el cuello; busco una mujer que me haga olvidar mi soledad cuando estoy solo.

Creo firmemente que las únicas diferencias de género son las dadas por la naturaleza y el alma, y que las sociedades se han encargado de agregarles faldas o pantalones, tintes, aretes o cabello corto, nada que sea esencial para ser llamado persona.

Busco una mujer libre, que tenga el cabello suelto y que su cabello sea signo de su libertad; tan libre que no necesite de nadie para ser ella, eso quiero, que sea ella, y que siendo esté satisfecha de ser, y que siendo sea, y que siendo quiera. También eso quiero, que me quiera.

Busco una mujer que en su andar refleje la grandeza de su persona, y que se siente sin agacharse ni tener que poner las piernas como deben ponerlas todas las mujeres; busco una mujer de ojos que digan y aliento seguro, que con su mirada hable, que con su mirada se mueva y su mirada transforme ambiente y personas; busco una mujer que con su voz interese, que al hablar resuene, y haga soñar, y trepar, y bendecir.

Creo tanto en que la mujer que busco se está haciendo cada vez más presente, que espero el día en que nadie necesite de una como se necesita de un algo para hacer más cómoda la vida, que más bien se reconozca como se descubre algo que es cierto, con la certeza que da la evidencia, la seguridad de que hacemos un mundo para una sola especie que se busca y se completa, no se excluye ni difiere.

Busco una mujer que quiera hacer algo con su vida, y que en su proyecto quepa un hombre, a quien ame aunque no le abra la puerta del coche; busco una mujer que sea tan libre que no necesite de alguien que le abra la puerta del coche; busco una mujer de presencia sin justificaciones, de movimientos sin ambages, sin permisos para ser, que sea, simplemente, y que en su libertad a ultranza esté abierta a la experiencia de ser más, compartiendo humanamente la vida con algún otro.

La mujer que busco es la mujer que quiero, la mujer en desarrollo, la mujer que deviene y vigila, la mujer de cambio, no la mujer que sufre por deporte o aguanta por no desentonar, no la mujer que divide, la mujer que unifica, la mujer que integra la realidad de la sola vida humana siendo mujer.

Creo en la mujer valiente, la mujer que no se amedrenta frente a la vida, la mujer que busca construir su felicidad y que la comparte; creo en la mujer que cree en lo que la hace mujer, que habla de frente y no se asusta de lo que siente, que apuesta por lo que siente, que lucha por lo que cree, que es mujer en lo que hace y deja de hacer.

Busco una mujer-mujer; la que florece a pesar del campo, la que ilumina a pesar del sol, la que nace a pesar del género; busco una mujer que sea a pesar de las diferencias, las suyas o las impuestas, una mujer que quiera y qué querer, no para tener un qué querer, sino para ser más hombre, y ella más mujer, y juntos más, y más cada vez.

Creo en la nueva mujer, la del nuevo tiempo, la que hace nacer y hace crecer, la que lee y enseña, la que da y la que pide; creo en la mujer que sabe que buena vida es la que sirve para darse y que lo hace entender en la cocina de una casa o en la oficina de una empresa, y que lo practica en la intimidad de una pareja o en lo público de un trabajo; creo en la mujer que me dio de su pecho y me cambió el pañal, en la que me enseñó los números y las letras, en la que me encuentro en la calle curando, vendiendo, haciendo por la vida, en la que me entibia con su mirada, la que me inspira, la que ríe, la que sueño, la que vendrá; añoro tanto una nueva humanidad, una en la que no haya desigualdades ni locas carreras por ser el mejor en todo, una en la que seamos a la par, yendo de la mano y caminando juntos, todos.

Yo busco una mujer para soñar y que me haga soñar, una mujer que me haga sentir menos animal y más hombre, que me haga recordar mi humanidad y que nací para amar.

Busco una mujer plena, que con su vida plena contagie y que quiera amar, y que ame, y quiera. Eso también quiero, que me quiera.


VERRUGA


Estoy buscando
un modo para referirme
al lunar que te adorna
el triángulo del cuello,
justo luego del trapecio
donde mis sueños
se suelen columpiar,

pero no encuentro
un término más poético,
que el nombre verruga
o excrecencia cutánea
de forma circular;

y no encuentro,
tampoco,
un deseo más puro
que recorrer
tu superficie
desde el escote
hasta el detrás de la oreja
preparando el terreno
para la cauterización

   que haré de un
      solo lengüetazo
            rodeando la carótida
                erizándote la piel.



MÉXICO DISTRITO FEDERAL

Cuento finalista en el Ier Concurso Literario del Centro de Estudios Humanistas Noesis de Barcelona El ser humano del futuro


Del futuro, como la historia nos enseña, no podemos asegurar nada. Con esta sentencia inició su cátedra sobre historia moderna Sir Droan Ystor, uno de los profesores más reconocidos de la nueva universidad.
–Los futuristas todos, de Marinetti a Lucas y de Verne a Kubrick pasando por El viaje a la luna, Pessoa, Wells, Asimov y Nolan, estaban equivocados. Resolvió antes de aparecer al frente del auditorio, muchos de ellos presentes sólo a través de avatares, las imágenes multidimensionales de la Ciudad de México de los siglos XX y XXI.

México Distrito Federal estaría dedicado, como siguió el profesor Ystor, a la contemplación del surgimiento del antiguo México y a la constitución de su hoy desaparecida capital. Siguiendo el curso, los estudiantes podrían tener un conocimiento cierto sobre el comportamiento de las sociedades de la primera modernidad.
Ystor es uno de los principales historiadores de la época; su infancia estuvo marcada por las primeras expulsiones que las delegaciones políticas de la antigua Ciudad de México realizaron al final del XXI. Ya entonces se estudiaban las teorías de la involución social pero nunca de la manera como sucedió cuando las antiguas grandes capitales del mundo comenzaron a fragmentarse y a romperse las divisiones políticas tradicionales de la modernidad tardía o postmodernidad, como entonces era conocida. El curso de Ystor demostraría, a través del análisis histórico, que las expectativas de futuro basadas en la lectura del presente perpetuaban los viejos sistemas e impedían la transparadigmatización.
Los estudiantes de Ystor contemplaban atónitos los viejos mapas del Distrito Federal de mediados del XXI y los complejos sistemas de comunicación que articulaban la ciudad entera. Leían, absortos, las viejas teorías de la economía de libre mercado y su alcance transnacional, extrañados totalmente de que un sistema como aquel hubiera podido dominar el planeta entero por más de cien años.
Los cursos de Ystor, México de la Independencia y la Revolución, Antiguas capitales del mundo moderno y Nuevos sistemas sociales, enseñaban los movimientos de las sociedades posteriores al siglo XXI y su contracción, un desplazamiento que nadie se hubiera atrevido a defender en los años en que estuvo cercana la creación de una capital mundial y las políticas cosmopolitas; la etapa en que parecían primitivos el orden comunitario y la organización familiar.
En los tiempos de la República Federal la centralización produjo un crecimiento social de ímpetu centrípeto al que los problemas de finales del XXI se opusieron con la fuerza inversa. No se puede entender el nuevo estadio de la sociedad realmente global –aseguró una mañana Ystor– sin los cambios de las grandes capitales occidentales, New York, Londres, México, San Paulo, y de los movimientos sociales centrífugos, a partir de los defectos de la gobernanza de la última parte de la última era; así es como desapareció el Reino Unido, como los Estados Unidos perdieron Alaska, California, Arizona, Nuevo México y Texas y como nuestro país originario se convirtió en una confederación de Estados independientes.
Para Ystor, la explosión demográfica de las antiguas capitales era tan solo el factor más obvio del problema; los más importantes, en cambio, estuvieron alrededor de la organización de los servicios básicos de la ciudad y su concesión radical.
Los estudiantes, en el aula o en sus casas, seguían boquiabiertos las explicaciones de los viejos sistemas de convivencia; veinte millones de personas, más de las que hoy podrían compartir un solo estado, habían podido vivir en la misma ciudad. Muchos de ellos habían estado en lugares que en ese entonces no podían ni siquiera preverse, y algunos simplemente no entendían la razón de ser de una gran capital.
Para Ystor, la evolución e involución de las organizaciones sociales era evidente; el Distrito Federal, configurado en el temprano XIX en torno a los pueblos del XVI y XVII, regresó, en el inicio de nuestra era, a la localidad que entonces perdió. Las antiguas delegaciones políticas, muchas de ellas hoy estados independientes de la confederación, tuvieron que compartir entonces un gobierno que, por insostenible, ocasionó la catástrofe.
–Eran los años de las democracias, explicaba Ystor, un sistema curiosamente inspirado en una sociedad legendaria, pero fue su radicalización –seguía con la tranquilidad con que siempre se dirigía al auditorio–, uno de los factores que mejor explican el establecimiento del nuevo paradigma.
Así había sido. Los esfuerzos democratizadores de las delegaciones políticas del antiguo régimen confluyeron en su autonomía, pero la soberanía no coincidía con la organización central y fue entonces que las formas de organización administrativa hicieron imposible la convivencia y generaron en la gente un nuevo sentido de independencia.
La clase de Ystor era para la mayoría como una novela de ficción con referencias históricas que podrían ser equivalentes a las de la colonia para los ciudadanos de la vieja nación.
–Si inflas un globo, explicaba el profesor, llegará un momento en que tendrás que dejar de hacerlo; no lo puedes inflar más allá de sus propias condiciones, en un momento dado la goma dará de sí y explotará. Las grandes capitales de la era pasada tampoco pudieron contener un crecimiento sin medida y nuevas ciudades surgieron, nuevos sistemas que comprendieron la dificultad del desarrollo desmedido y donde hoy prevalecen los remotos valores tribales. Nuestras sociedades, decía conciliador el viejo maestro, han comprendido que el perfeccionamiento no es relativo al alcance y que lo arcaico había sido excluido del marco de la ciencia sin un verdadero motivo.
Ninguno de los estudiantes de Ystor podía imaginar que tuvieran que hacer desplazamientos de más de veinte minutos; la mayoría llegaba a la universidad caminando, o en bicicleta, y sólo que tuvieran que ir a un lugar vecino tomarían un tren o conducirían hasta ahí; para ellos era un mundo totalmente desconocido el de los transportes del viejo sistema; metro, bus, colectivo; tres horas en una pesera –llamadas así por la antigua forma de pago–, enfermaría hoy a cualquiera; ir todos los días a un lugar donde hoy se va de recreo o vacaciones estaba completamente fuera de sus cabezas.
Pero hasta el siglo XXI los medios de transporte unían a la ciudad entera; los sistemas de transporte colectivo constituían uno de los grandes orgullos del gobierno central, que en consecuencia, tenía olvidados los sistemas locales. Estos últimos, apoyados por las democracias delegacionales tuvieron que fortalecerse por sí mismos, creando sus propias redes e impidiendo el libre paso por sus confines territoriales.
–¡Profesor! Un chico de lacios encrespados pedía la palabra; –¿No era insostenible la vida entonces?
–Era toda la vida posible, contestó sereno Ystor; hasta que una alternativa no fue experimentada no podían preverse sus consecuencias. Hoy ustedes van a Chapultepec algún fin de semana, mis abuelos pasaban por ahí todos los días, de camino al trabajo; muy pocos de ustedes han tenido que pedir que les traigan agua o gas, vienen a la universidad y comen todos los días en casa, tienen una vida que entonces sólo hubiera sido posible en el primer mundo.
–¿Hay entonces otros mundos posibles?
–Tantos como puedas imaginar.
–¿Y cuándo diría usted que fue el día que el cambio se empezó a dar? El día preciso.
–Yo diría, sólo por responder a tu pregunta, que el día que el metro paró. Sí, el metro –sentenció Ystor–, el metro fue el principio del fin.
La red de trenes subterráneos que abarcaba casi por completo la antigua capital tuvo que enfrentar los límites que las delegaciones fueron radicalizando en demanda de otros servicios y la distribución de energéticos.
El control de las fronteras lo perdió, al final, el gobierno central, que se había visto obligado a construir escuelas y hospitales, centros de ocio y mercados y hasta terminales de distribución de servicios básicos, agua, luz, gas, etc., en cada uno de los centros delegacionales, pero el fortalecimiento de la democracia, que hizo posible entonces el surgimiento de nuevas facciones políticas, se convirtió, al final, en el factor que llevó a la anarquía a un congreso local sin presencias representativas y con una cantidad ingente de intereses particulares que atender. Las concesiones del gobierno central, lejos de contribuir a los acuerdos, provocó un fenómeno entonces de difícil comprensión. Un sistema de transporte que comunicara la ciudad entera había dejado de ser una necesidad. Las delegaciones políticas, cuna de las primeras ciudades independientes del Distrito Federal, habían logrado articular sistemas locales y regionales, habían acercado las fuentes de trabajo a sus ciudadanos y hasta habían arrancado al sistema federal compañías propias de generación de insumos. La gente apreció la nueva calidad de vida que las delegaciones les ofrecían y se manifestaron en las urnas a favor de la desfragmentación de la antigua capital.
La economía centralizada se fue a pique. Con el metro en desuso y los trabajadores en éxodo hacia sus propios lugares de origen, las compañías del estado también fallecieron rápidamente. Las provincias del interior del antiguo estado vieron cómo la descentralización del Distrito Federal favorecía también la organización local y reprodujeron el movimiento, una transición que Ystor bautizó como vuelta a casa estatal.
Con la capital fragmentada el sistema nacional empezó su propio colapso. Los círculos políticos renunciaron a los alcances interestatales seducidos por los convenientes de la localidad; prácticamente todas las capitales fragmentaron su dominio y otorgaron a los pueblos la autonomía. Contra las predicciones de los economistas del sistema tradicional, la localidad produjo bonanza a los pequeños pueblos y organizaciones, pero no fue hasta el traslado de la capital nacional que el mundo vio con sorpresa y agrado lo que pasaba en el otrora D. F. colosal.
–Después del caos, las delegaciones se alzaron como ciudades independientes.
Ystor termina la clase agotado. En la puerta lo espera su asistente, con quien bebe café antes del almuerzo. En los pasillos los estudiantes lo saludan con respeto y corren a sus casas a contar a sus padres las historias del México Distrito Federal. Algunos de sus abuelos pueden recordarla, pero ninguno como el profesor de la universidad.
–Será un ciclo corto, es un curso verdaderamente interesante, se comenta en la cafetería y en el restorán; seguramente nuestros nietos tampoco podrán recordar nuestras ciudades, porque ya se ve que tendrán que crecer.
No, del futuro, como la historia nos enseña, no podemos asegurar nada.


SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Algo hay tan evidente como la muerte y es la vida


Morí un 29 de septiembre de no me acuerdo qué año; siempre fui malo para las fechas. Habíamos estado festejando, de eso sí me acuerdo, porque era el día de mi santo: San Miguel Arcángel.

Yo estaba tomado pero alcancé a escuchar que había sido una bala perdida y luego una voz al oído me dijo arrepiéntete de tus pecados. Hasta la borrachera se me cortó; las palabras ésas me aterraron, supe que moría e imaginé que en prontito estaría frente al mismísimo dios.
A mis amigos se les había ocurrido una fiesta sorpresa y a falta de mejor lugar escogieron la azotea de Joaquín, justo detrás del templo de San Miguelito. Era la mera fiesta del barrio, por eso nadie se quejó de que tuviéramos una fiesta en la azotea. Desde ahí veíamos el argüende que se montó en la parroquia; hasta lucha libre hubo.
Fue un día malo para morir; digo, era el festejado y arruiné la fiesta. Aunque después de la bala ya no supe mucho más, a lo mejor ni se arruinó nada y yo pensando que sí; la verdad es que ya ni pensé. Cuando me di cuenta de que estaba muriendo me acordé de las cosas que el Padre Juanito me enseñó en el catecismo y traté de hacer eso de pensar en mis pecados, como me dijo la voz en mi oído, pero como ya se me estaba yendo el dolor de cabeza ya ni me preocupé, más bien imaginé que todas esas cosas iban a aparecer solitas, como en una película, o que san Pedro me las iba a recordar en la puerta del cielo.
Si he de ser sincero, más bien como que me desilusioné de la muerte. No. Ni dios ni un túnel con luz, todo lo contrario; la oscuridad cubrió lo visible y por más que quise abrir los ojos ya no hubo más. Por eso los muertos se quedan con los ojos abiertos, buscan la luz que se les está yendo y la cara de angustia es porque no pueden detener lo que ya está pasando. Así dicen, que todo tiene remedio menos la muerte.
Luego pensé que vería a la calaca flaca, vestida de negro y con su huadaña al hombro, pero tampoco; no hubo ni calaca ni catrina. Mi última esperanza fue ver en espíritu lo que pasaba a mi alrededor, pero la reja de la azotea yéndose al techo fue lo último que vi y el arrepiéntete de tus pecados lo último que oí. De veras que desde entonces ni veo ni oigo nada, nada de cuerpos fantasmales ni de abismos profundos llenos de fuego; nada de ángeles ni cortes celestiales. Es difícil aceptarlo después de tanto folclor, pero morir es mucho más simple.
No es que me guste haber muerto así, pero pos ya muerto no hay mucho que hacer; ni quién te pregunte o cómo escoger. Tampoco es que me preocupe haber muerto de esta manera, o que piense que estuvo mal, en realidad uno muerto simplemente está muerto. Y ya.
Aunque sí es bastante tonto eso de morir el día de tu santo, pero hombre, qué se le va a hacer, ya muerto, ya qué.