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LAS BATALLAS Y EL DESIERTO

La infancia que recuerdo es provinciana. Tiene todavía juegos que no necesitaban de juguetes: las escondidas, policías y ladrones, aquel en el que preguntábamos ansiosos ¿lobo, lobo, estás ahí? y el sal de ahí chivita, chivita, y la chiva que no quería salir de ahí. Eran los juegos de siempre, los juegos de nuestros padres que las tardes del sábado aprendíamos en la manada y que podíamos practicar en la semana cuando la travesura de alguno ponía castigado el balón del salón. Porque eso sí, nada como el futbol, lo mismo daba si la pelota tenía aire o si era una bola amorfa que jugueteaba con las corrientes del viento; cualquier patio o pedazo de patio estelarizaba una final de mundial invariablemente disputada entre Brasil y otro equipo del mundo, México, Alemania o quien fuera, pero que no faltara Brasil.
Apenas los más afortunados podían cambiar las risas de nuestros juegos por la perplejidad del atari. Otros jugaban, imitando las historias de las caricaturas, a que eran robots animados como mazinger zeta o leones acróbatas como los felinos cósmicos. Hoy hablar del atari es como hablar de la edad de piedra, los juegos electrónicos han evolucionado –sistemas nintendo, el play station, la wii o la exbox– y revolucionado a la sociedad; las caricaturas japonesas incitan a la violencia a los niños, a la lascivia a los más grandes y entre edad y edad existen brechas tan grandes que hacen imposible su caracterización en un solo enunciado.
En casa no había atari y las horas de televisión estaban restringidas; familia provinciana de costumbres provincianas, la merienda era temprano y antes de las novelas debíamos estar dormidos.
Los reyes magos nos traían balones, bicicletas, carros de control y muñecos de las Guerras de las Galaxias. Para las niñas nunca faltaba el juego de té. Con bien poco y mucha imaginación, mis hermanas jugaban a la casita e inventaban canciones para presentar en sus festivales, como el Juguemos a Cantar de Lucerito. Ellas tenían de sobra conocida una colección de cuentos de Julio Verne que luego nos contaban en la mesa, asombrándonos y haciéndonos imaginar el futuro y la cercanía del año dos mil. Veinte años después me doy cuenta de que las cosas no son como Julio Verne las pensó; el dos mil nos alcanzó y la tecnología no se distingue por contar con grandes máquinas de más de una habitación de extensión, no hay aparatos voluminosos de comunicación, al contrario, parece que la consigna es hacer las cosas cada vez más pequeñas; el mejor teléfono es el que ocupa menos espacio en el bolsillo y la computadora más cara es la que se puede transportar como si fuera un cuaderno o una agenda.
Una vez traté de leer uno de los cuentos de Julio Verne, el más corto, pero después de dos tardes de atención voluntariosa decidí que lo más práctico era ir directo al final y fin de la historia. Mis hermanas nos impresionaban y se aprovechaban de que nosotros no conocíamos los libros de la sala; siempre que había que investigar algo como tarea, consultábamos su memoria antes que cualquier enciclopedia y ellas aprovechaban la ocasión para obtener favores o parte de nuestro domingo.
Definitivamente prefería el futbol. Sin embargo, recuerdo perfecto que las historias que contaban mis hermanas me llamaban mucho la atención porque me parecía fabuloso que la gente pudiera escribir el tiempo, el futuro, y entonces, casi como un juego, empecé a imaginar que algún día yo también podría escribir.
Me empecé a interesar por la lectura en la secundaria, cuando un maestro de español nos obligó a leer Las Batallas en el Desierto y entonces me pareció más sorprendente aún que escribir el futuro, que alguien pudiera escribir sobre el pasado, logrando que una persona ajena a ese tiempo –como yo lo era con Las Batallas–, viviera todo tal como se narraba. Y entonces pensé que si escribía algo alguna vez, tendría que ser sobre el pasado. Aun sin saberlo descubrí que el hombre es un ser histórico y totalmente sin darme cuenta de ello, me fascinó.
A partir de Las Batallas empecé a leer, aunque en un principio no leía otra cosa, pero es que para mí era como emprender un viaje cada vez en el que me transportaba a un México lejano, un México de fascinación y desconocido, como si fuera una película de esas que puedes ver y volver a ver sin llegar a cansarte. Con Las Batallas volaba imaginando el México de Carlos, un México que yo no había conocido pero que llegaría el momento, lo sabía, en que lo conocería y estaría en él. Creo que desde entonces supe que escribiría esto desde la capital.
Me gustaba imaginar que podía platicar de las cosas de México con Carlos, él en Las Batallas, había imaginado el lejano 1980; lo esperaba magno y pleno, y yo le contaba, como si pudiera oírme, que el 1980 había llegado y no era un año de plenitud y bienestar universal, que no había ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones y sin basura, al contrario; las noticias que leía mi papá en el periódico reprochaban al gobierno la falta de estabilidad en el país y llamaban a combatir al medio mundo socialista porque de lo contrario se provocaría la tercera guerra mundial.
No es que las noticias me importaran mucho, en realidad yo sólo leía de paso los encabezados más grandes y la sección deportiva, pero mi papá se empeñaba en platicarnos durante la comida la situación de la sociedad y lo que supuestamente era lo más importante en el mundo de ese momento. Nosotros preferíamos las historias de mis hermanas. Mi mamá se la pasaba en la cocina, toda su obligación era preparar las comidas del día y nunca se le veía haciendo otra cosa que no tuviera que ver con una estufa. Ella era la única que participaba en las pláticas de mi papá asentando todo lo que él decía, primero diciendo , luego ajá, luego claro, luego hacía un movimiento con la cabeza acompañado de un sonido gutural y vuelta a empezar: sí, ajá, claro.
Cuando pensaba que algún día tendría que escribir algo sobre mi tiempo, me parecía que debía asombrar a los del futuro con lo sorprendente de mis años, pero hoy que lo intento, apenas puedo identificar las cosas que distinguen mi presente. No hay una canción de moda, si la hay dura muy poco tiempo y cambia por otra, en cambio tenía aprendido de memoria el por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, aunque no sabía ni por equivocación la tonada; en mi presente las noticias se contradicen unas con otras de un día a otro y las encuestas buscan una persona que no haya sido víctima de un robo. La tía de un amigo mío dice que aquí asaltan en cada esquina, y nosotros bromeando le decimos hombre, que no exagere, esquina sí, esquina no. Mi mundo cambia a diario, como las marcas de vanguardia, como el tamaño y la eficacia de los teléfonos celulares, como las técnicas de video y computación; los medios de comunicación se pelean la audiencia desatando una apertura que hubiera escandalizado a Carlos y a su tiempo y todo esto ha hecho imposible mi proyecto de escribir unas batallas en el desierto.
El rock en español significó para mí el cambio de la infancia a la adolescencia. Era nuestro propio acto de rebeldía contra la autoridad que no la soporta, así es que en casa se oyeron a todo volumen desde Caifanes y su negra tomasa, Botellita de Jerez, Enanitos verdes, Maldita vecindad y El Tri, hasta Maná y Alejandra Guzmán, pero definitivamente mis preferidos fueron Café Tacuba. Mi interés especial por el libro que había leído se encontró con la historia musical de Las Batallas: Oye Carlos, por qué tuviste que salirte de la escuela esta mañana… Era simplemente fabuloso; alguien más se había interesado por la historia de Carlos y Mariana y había hecho de su historia una canción, incluyendo desde luego el por alto esté el cielo en el mundo.
En casa, los rockeros de mis discos, que fueron los últimos elepés que se vieron de acetato negro, no eran bajados de mariguanos; mira esas caras me decía mi papá, como crees que no se dan sus toques antes de cantar y empezábamos una discusión sin sentido por las presentaciones de mis artistas contra Los Panchos, Los Platters o la Rondalla de Saltillo; al final yo ponía a todo lo que daba un disco de La Maldita que cantaba hey pa’ fuiste pachuco, tam-bién te reventabas, y entonces sentía que había ganado la pelea.
En la secundaria nos animaban a aprender la guitarra con canciones de rock. Yo así aprendí algo de música y el requinto con el que empieza la canción de Café Tacuba. Desde entonces, cada que agarro una guitarra empiezo a tocar Las batallas.
Esa costumbre mía hizo que un día, estando con un grupo de amigos, se acercara a mí Paulina, una chica de mi edad que me preguntó emocionada –¿Te sabes esa canción? –Sí, claro, ¿te gusta? –¿La puedes cantar por fa? –Es que no sé cantar muy bien. –Anda… Y yo: Oye Carlos, por qué tuviste…
A partir de ese día comencé a frecuentar a Paulina; a ella también le gustaba la historia del libro de José Emilio Pacheco y aunque habláramos de otras cosas, el por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo se convirtió en nuestra canción oficial.
La adolescencia es una época muy padre, pero nunca deja de causar problemas; hoy en día dicen que se llega a prolongar hasta los veinticinco, por lo que mi amistad con Paulina tenía al menos ese elemento de adolescente, pero no sólo eso, yo no salía con nadie y después de convivir mucho tiempo con ella empecé a encariñarme. En realidad nunca hablábamos de temas sentimentales, de hecho creo que era lo que hacía especial nuestra amistad, que así no corría el riesgo de perderse por truenes de novios o cosas así que pasaban a nuestro alrededor. Teníamos un amigo, Ricardo, que decía que su mejor amiga era Dulce, después de un tiempo empezaron a andar y a los dos meses se odiaban y no podían ni verse; tronaron como chinampinas y sólo porque unas amigas de ella le dijeron que Ricardo le ponía el cuerno. Tal vez ni era cierto. Paulina y yo podíamos decirnos los mejores amigos sin tener esa clase de problemas, hablábamos sin cansancio y nos escribíamos y firmábamos nuestras cartas APLE, amigos por la eternidad. Igual y suena cursi, pero era algo que me hacía sentir especial y querido y a lo mejor por eso me empecé a sentir enamorado de Paulina. Yo estaba seguro que ella sentía lo mismo por mí, pero no iba a ser yo el que pusiera en riesgo nuestra amistad. Ricardo me decía que si éramos los mejores amigos la íbamos a hacer muy bien de novios, pero claro, considerando la experiencia y autoridad de Ricardo en esos asuntos, mejor me quedé callado. Aún hoy no sé que hubiera dicho Paulina si yo me hubiera declarado, pero todavía, aunque ya no somos los amigos que fuimos, a veces me escribe y le contesto y firmamos APLE.
Una vez, recuerdo perfecto que era jueves, Paulina me llamó muy emocionada para decirme que tenía una sorpresa para mí en su casa. Era raro que nos viéramos entre semana pero me dijo que era importante, que tenía que ver mucho con nosotros y que me apurara; en fin, sin pedir permiso salí corriendo a su casa.
De camino se me ocurrió que tal vez ella se había dado cuenta de lo que sentía por mí y le urgía decírmelo, pero en el fondo yo sabía que eso no iba a suceder y me intrigaba la razón de tanto misterio.
Apenas llegar me metió a su cuarto. De paso saludé a sus papás que jugaban en la sala con sus hermanos; asumí que eran sus papás y sus hermanos porque en realidad yo nunca había entrado en su casa, cuando iba a buscarla me abría siempre ella y salíamos. Nunca había visto a sus papás ni a sus hermanos –un niño y una niña– de los que lo único que sabía era que nunca estaban en casa y que eran unos bastardos latosos como todos los niños.
El cuarto de Paulina tenía dos camas, una mesa de computadora, librero, clóset y una infinidad de posters de Luis Miguel; en el ropero había un viejo tocacintas que encendió y que comenzó a cantar una canción que me recordó el ritmo de cabaret de las películas de Tin Tán y Marcelo: Amor es el pan de la vida, amor es la copa divina, amor es un algo sin nombre, que obsesiona al hombre por una mujer… –Oye qué es lo que tenías que decirme. –Es eso, cállate, y la canción: Yo estoy obsesionado contigo, y el mundo es testigo de mi frenesí, por mucho que se oponga el destino, tú serás para mí… Amor es el pan de la vida… –Ah. Y eso qué. –¿Cómo que qué? Escucha con atención: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo, que mi amor profundo no rompa por ti. Yo estoy obsesionado contigo… –¿Quieres decir que…? –Sí, es la canción… por mucho que se oponga el destino, tú serás para mí… –Pero ¿cómo la conseguiste? ¿De dónde la sacaste? –Le platiqué a una tía mía de nuestra canción y ella me consiguió ésta; es de tiempos de mi abuelita. –Pero es fabuloso, la canción de Carlos. –Exactamente… no rompa por ti, no rompa por ti… –Oye, es genial, eres fabulosa. –Gracias; ahora ya sabes la tonada original. –Es fantástico, suena como a película de Tin Tán –Sí, ¿a poco no es padre? –Claro que es padre, ¿cómo dices que se llama? –Obsesión. –Obsesión, claro, se supone que Carlos se obsesiona por Mariana. –Pues sí, a mí también me dio gusto encontrarla, ¡esto es un evento histórico!
Seguimos hablando hasta que me decidí a sacar el tema. –Oye y hablando de obsesiones, ¿sabes que tengo algo en común con Carlos? –¿Ah sí? ¿A poco estás enamorado de una mujer más grande? –Más o menos, bueno, no exactamente, lo que tengo en común es que puede ser una gran regada decírselo. –Pues entonces no se lo digas. –¿Tú crees? –Pues, si no quieres, no. –De hecho sí quiero. –Entonces dile. –Lo que pasa es que, mira Paulina lo que me pasa es que…
Paulina, ábreme la puerta; Paulina soy yo… –¡Ash! Es mi hermana Paloma, –¡qué quieres? –¡Te habla mi mamá! – ¡Voy! Ahorita vengo y me dices ¿eh?
–Así que tú eres el famoso amigo de Paulina ¿no?– me dijo entrando una niña de unos trece años vestida de mezclilla y una blusa naranja. –Pues no sé si famoso, pero sí, soy amigo de Paulina– contesté yo en tono serio e interesante, como para hacer notar quién era el más grande de la habitación –Y tú eres la hermanita ¿no? Pensé que eras más chica– le dije queriéndola ofender –Pues sí, para Paulina todo mundo es más chico que ella…
Me hizo reír; en verdad Paulina podía ser un poco altiva y entonces tuve que confesar algunas otras cosas. –Mandona. –¡Obsesiva! –Tal vez un poco presumida. –O presuntuosa, dijo la hermanita, ¡qué palabra dominguera!
Cuando regresó Paulina nos invitó a los dos a jugar en la sala, después me platicó que a su mamá no le había parecido que nos encerráramos en su cuarto y en la parte de abajo de la casa me presentó con todos. Mi mamá, –mucho gusto señora; mi papá, mucho gusto; Javierito, –hola, y a Paloma la acabas de conocer, –hola, y ella con una sonrisa cómplice, hola.
No creía que me pudiera estar pasando, Paloma era una niña con una sonrisa encantadora y se reía con tanta naturalidad que alegraba a todos en la mesa; a Paulina le molestaba que yo me riera con su hermana pequeña, a quien además acababa de conocer, pero el resto de la familia estaba contenta. Casi olvido que me salí sin permiso y le pedí a la señora que me dejara hablar por teléfono; el propio papá de Paulina se ofreció a llevarme a mi casa.
Desde ese día las cosas no pudieron seguir igual. Empecé a hablar a casa de Paulina a la hora que sabía que venía rumbo a mi casa o cuando estaba seguro de que no la iba a encontrar, y entonces platicaba con Paloma; cuando Paulina iba al inglés yo iba a su casa y platicaba con su hermana hasta que ella llegara; me gustaba mucho estar con esa niña y reírnos y estar viendo sus ojos negros y todo. A su mamá le sorprendía que se me olvidaran los días en que Paulina iba al inglés, pero yo sólo movía los hombros sin dar más justificación y me disponía a esperarla en compañía de Paloma.
Creo que fue entonces cuando me empecé a enamorar. Algo me fascinaba en la voz de Paloma; nadie pronunciaba mi nombre con tanta ternura y yo imaginaba que le pedía que lo dijera una infinidad de veces. No sé qué tenía, su cadencia femenina al caminar, la postura siempre recta de su espalda, la seguridad con que se movía, sus enormes pestañas y la timidez que ocultaba su negra y brillante mirada; su pelo cayendo sobre los hombros, su lunar junto a la boca y su modo de reír cubriéndose con la mano; sus brazos ocultando su cintura y una apariencia de desinterés que convertía en enigma su mirada. Me daba tanta alegría sorprenderme pensando en ella; ya sabía yo que el enamoramiento es un sentimiento que te hace permanecer despierto, que te mantiene alerta, encontrando en todas las cosas los detalles que te la recuerdan y disfrutando de la soledad que te permite su imaginaria compañía. Y toda esa alegría se esforzaba por desvanecerse en su presencia, imposibilitada por la barrera de los años, de los sentimientos, de las costumbres, de los tabúes, de las distancias, que nos hacen ajenos, o más bien, lejanos.
Así fue como me enamoré de Paloma. Sí, creo que fue un verdadero enamoramiento; yo mismo podía ver la diferencia entre lo que me unía con Paulina y lo que sentía por Paloma, pero había una realidad que era insoportable: Ella tenía sólo trece años y yo casi veinte. ¿Cómo podía un joven llegando a la madurez enamorarse de una niña de trece? Pues no sé cómo pero sucedía. Amor es un algo sin nombre, que obsesiona al hombre por una mujer.
Al principio no fue un gran problema, después de todo yo era amigo de Paulina, pero después empecé a temer que mi interés por su hermana fuera tan obvio que preocupara a alguien más en su casa. Me confundía mucho; a veces pensaba que la timidez de Paloma significaba que yo también le gustaba, al menos como un amor imposible de esos que se tienen en la adolescencia, pero cómo podía hablar de amores adolescentes si yo era el enamorado (yo estoy obsesionado contigo, y el mundo es testigo de mi frenesí), no podía interpretar con seguridad la actitud de Paloma. Qué tal si tan sólo era su modo de ser, o qué tal si efectivamente ella sentía lo mismo por mí, ¿cómo saberlo? Tenía que preguntarle, pero si no me había atrevido a decirle a Paulina que me sentía atraído por ella aquella vez en su casa, menos lo iba a hacer con su hermana de trece años.
Los siguientes días transcurrieron en la misma confusión; cada que podía invitaba a Paloma a salir con Paulina y conmigo y ella aceptaba las más de las veces, lo que para mí significaba una tarde inolvidable, de risas y galanteos. Me intrigaba lo que pudiera pensar ella, a sus trece, de lo que yo sentía, pero al final ése no era un grave problema si de cualquier modo estaba cerca de mí.
Así transcurría el tiempo hasta que un buen día llegó el momento en que fue algo insoportable y exploté. –Paloma, tengo algo que decirte. –Pues dime. –Lo que pasa es que no sé cómo decírtelo sin que vayas a pensar mal de mí; es algo bueno y natural, pero a lo mejor te sorprende un poco. –Dime, pues. –Tú sabes que a todo hombre le llega el momento de estar cerca de una mujer, y yo creo que para toda mujer también es lo más normal. –Y quieres saber lo que pienso como mujer ¿no? –Pues sí, más o menos, mira, últimamente me siento muy atraído, en buena onda ¿eh? y pues no sé exactamente cómo expresarme. –No tienes que decirlo. –¿No? –No. Se te nota a leguas. –¿En serio? (De manera que su sonrisa y su mano rozando casi por accidente con la mía en el cine no era una mera coincidencia; ya decía yo que el modo de apuntarme con su rodilla por encima de la falda en la sala de su casa era una señal clara, y la timidez de su mirada, y la cautela de su mano cubriendo su rostro, y la coquetería de su andar; ya decía yo) –Y yo te voy a ayudar. –¿En serio? ¿En serio me entiendes? –Claro, no tienes ni que decirlo, y vas a ver que en bien poco tiempo Paulina te va a decir que sí. –¿Paulina? pero… –Sí, Paulina, ¡picarón eh? –No, lo que pasa es que, Paloma, yo… –¡Ay! ¿No me digas que no te gusta Paulina? –Pues es que… me gusta más su hermana…
Silencio.
Una mirada que no conocía en Paloma me interrogó ansiosa. (No. No estábamos hablando de lo mismo, ella era una niña; debí suponerlo, pero cómo iba a saberlo. ¿Y ahora? ¿Qué voy a hacer? ¡Animal! Todo estaba en tu fantasía…) –¡Ah verdad? ¡Quería saber qué cara ponías! No te creas ¿eh? era broma. Y ella seria Ya sabía que era broma. (Cómo pude creer que Paloma… Con la primer mirada entendí que ella apenas despertaba a la curiosidad de mi relación con su hermana y seguramente ahora estaba pensando que hablaba con un depravado o un desubicado cualquiera, ¿qué hacer ahora?) Pero entonces ¿me vas a ayudar con Paulina? –Claro. Déjamelo a mí y ya verás.
Después de esa tarde no podía evitar los nervios cuando iba a su casa; Paloma había creído que yo me había acercado a ella para solicitar ayuda con su hermana cuando en realidad había querido decirle lo que sentía por ella; me daba tanto coraje pensar en mi inmadurez, en lo tonto que es para un chavo de veinte enamorarse de una niña. No. No podía ser.
Poco a poco dejé de frecuentar a Paulina y de ver a Paloma; el desconcierto que se gestaba en mi cabeza necesitaba un descanso y yo tenía que dármelo por salud mental.

Aquella llamada además de sorpresiva resultó desgarradora. Desde el otro lado de la línea Paulina me reclamó mi lejanía pero sabiendo todo lo que en realidad sucedía. Yo argumenté las tareas de la escuela y ella con mucho tacto fue desviando la conversación hacia Paloma. Los nervios me fueron traicionando de manera que era clara la incomodidad que me causaba el tema. Después de un rato de dar vueltas al asunto, Paulina fue al grano: –Por accidente mi mamá escuchó una conversación por teléfono de mi hermana. –Ajá. –Paloma presumía con una amiga sobre su pegue con los hombres y cuando se le acabaron los recursos sacó algo tuyo. –¿Ah sí? ¿Y qué dijo? –Imagínate, se inventó que tú habías intentado hacerle una declaración amorosa. –¿Eso dijo? (De pronto sentí cómo la sangre se me iba a la cabeza y el color se me subía al rostro; casi sin querer me tembló la mano con la que detenía la bocina y esperé con mil cosas pasándome en la cabeza la respuesta a mi tonta pregunta.) –Pues sí, eso dijo. Yo estoy muy enojada con ella, porque con su invento ha ocasionado que mi mamá despotrique en contra tuya, ya ni quiere que te aparezcas por la casa; a Paloma le castigaron el teléfono y sólo después de mucho rogarle aceptó que yo te hablara para aclarar todo este rollo que ha ocasionado la mentira de mi hermana… ¿Estás ahí? –¡Sí! Sí, aquí estoy, es que estaba pensando en lo que me decías. –Entonces, ¿vas a venir a hablar con mi mamá para aclarar esto?... ¿Me estás oyendo? –Sí, sí, perdón, lo que pasa es que estoy en exámenes. –Pues acabando exámenes, es que no es justo que piensen eso de ti. –Sí, no es justo, pero pues entonces yo te aviso ¿va? –Sí, háblame pronto ¿quieres? –Sí, claro.
Justo entonces perdí la batalla y no hubo por alto que esté el cielo en el mundo.

Nunca le hablé a Paulina para aclarar las cosas y nunca más volví a su casa. Le escribí una carta donde le explicaba todo lo que sentía por su hermana y la pena que esto me causaba; en realidad no entendía –como Carlos– que ellos no pudieran entender que uno simplemente se enamora de alguien, ¿tiene eso algo de malo? Ella respondió a mi carta diciéndome que no podía creer que fuera cierto, que yo estaba mal pero que siempre contara con ella como amiga. Ocasionalmente llega a mi casa alguna tarjeta que firma APLE y que evita el tema. Hace poco la descubrí en un centro comercial besando a un niño que le llegaba al hombro.
A Paloma no le volví a hablar, no sabía si mi enamoramiento le podía ocasionar algún problema y pensé que lo mejor era desaparecer. Desde entonces no la he vuelto a ver ni a saber nada de ella. A los conocidos evito preguntarles por lo que hace o cómo se encuentra y sólo me queda lo que mi fantasía se va figurando sobre su vida. A veces imagino que ni se acuerda de mí y que va a la escuela como todos y que tiene un novio de su edad y todas esas cosas, pero a veces pienso que no ha podido olvidarse de lo que provocó en un remedo de adulto y que se jacta de ello, o que fue un golpe tan duro que la ha alejado de toda relación con hombres. Pero todo esto no son más que tonterías de mi imaginación.
Aún no me he vuelto a enamorar. Sigo estudiando y vivo solo en un departamento que rento por pocos pesos al mes. Siempre me acuerdo de Paloma y cada vez menos entiendo lo que aún ahora siento por ella. A veces me digo que es una clásica rebeldía contra el mundo adulto que me niego a aceptar; a veces pienso que es mi adolescencia prolongada, a veces trato de convencerme de que nunca voy a madurar, pero al final de cuentas creo que es algo más sencillo: Amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre por una mujer.
Paloma debe estar ahora llegando a los dieciocho.


HE DEJADO DE RONCAR

Dejé de roncar.
No sé yo si por pena o convicción,
si para no despertarte o
para que no me echaras
–ojeras profundas–
de tu cama sin razón.
Dejé de roncar.
Y será la almohada o
un efecto del somier,
serán los calores o
la ausencia de soledad,
será que sueño en lugar de descansar,
¡qué sé yo!
lo cierto, vida mía,
es que he dejado de roncar.



BUSCO UNA MUJER



Busco una mujer de cuerpo bien y bonitos ojos; una mujer de manos expresivas y rostro sano, que tenga los dientes parejitos y blanco el cuello; busco una mujer que me haga olvidar mi soledad cuando estoy solo.

Creo firmemente que las únicas diferencias de género son las dadas por la naturaleza y el alma, y que las sociedades se han encargado de agregarles faldas o pantalones, tintes, aretes o cabello corto, nada que sea esencial para ser llamado persona.

Busco una mujer libre, que tenga el cabello suelto y que su cabello sea signo de su libertad; tan libre que no necesite de nadie para ser ella, eso quiero, que sea ella, y que siendo esté satisfecha de ser, y que siendo sea, y que siendo quiera. También eso quiero, que me quiera.

Busco una mujer que en su andar refleje la grandeza de su persona, y que se siente sin agacharse ni tener que poner las piernas como deben ponerlas todas las mujeres; busco una mujer de ojos que digan y aliento seguro, que con su mirada hable, que con su mirada se mueva y su mirada transforme ambiente y personas; busco una mujer que con su voz interese, que al hablar resuene, y haga soñar, y trepar, y bendecir.

Creo tanto en que la mujer que busco se está haciendo cada vez más presente, que espero el día en que nadie necesite de una como se necesita de un algo para hacer más cómoda la vida, que más bien se reconozca como se descubre algo que es cierto, con la certeza que da la evidencia, la seguridad de que hacemos un mundo para una sola especie que se busca y se completa, no se excluye ni difiere.

Busco una mujer que quiera hacer algo con su vida, y que en su proyecto quepa un hombre, a quien ame aunque no le abra la puerta del coche; busco una mujer que sea tan libre que no necesite de alguien que le abra la puerta del coche; busco una mujer de presencia sin justificaciones, de movimientos sin ambages, sin permisos para ser, que sea, simplemente, y que en su libertad a ultranza esté abierta a la experiencia de ser más, compartiendo humanamente la vida con algún otro.

La mujer que busco es la mujer que quiero, la mujer en desarrollo, la mujer que deviene y vigila, la mujer de cambio, no la mujer que sufre por deporte o aguanta por no desentonar, no la mujer que divide, la mujer que unifica, la mujer que integra la realidad de la sola vida humana siendo mujer.

Creo en la mujer valiente, la mujer que no se amedrenta frente a la vida, la mujer que busca construir su felicidad y que la comparte; creo en la mujer que cree en lo que la hace mujer, que habla de frente y no se asusta de lo que siente, que apuesta por lo que siente, que lucha por lo que cree, que es mujer en lo que hace y deja de hacer.

Busco una mujer-mujer; la que florece a pesar del campo, la que ilumina a pesar del sol, la que nace a pesar del género; busco una mujer que sea a pesar de las diferencias, las suyas o las impuestas, una mujer que quiera y qué querer, no para tener un qué querer, sino para ser más hombre, y ella más mujer, y juntos más, y más cada vez.

Creo en la nueva mujer, la del nuevo tiempo, la que hace nacer y hace crecer, la que lee y enseña, la que da y la que pide; creo en la mujer que sabe que buena vida es la que sirve para darse y que lo hace entender en la cocina de una casa o en la oficina de una empresa, y que lo practica en la intimidad de una pareja o en lo público de un trabajo; creo en la mujer que me dio de su pecho y me cambió el pañal, en la que me enseñó los números y las letras, en la que me encuentro en la calle curando, vendiendo, haciendo por la vida, en la que me entibia con su mirada, la que me inspira, la que ríe, la que sueño, la que vendrá; añoro tanto una nueva humanidad, una en la que no haya desigualdades ni locas carreras por ser el mejor en todo, una en la que seamos a la par, yendo de la mano y caminando juntos, todos.

Yo busco una mujer para soñar y que me haga soñar, una mujer que me haga sentir menos animal y más hombre, que me haga recordar mi humanidad y que nací para amar.

Busco una mujer plena, que con su vida plena contagie y que quiera amar, y que ame, y quiera. Eso también quiero, que me quiera.


VERRUGA


Estoy buscando
un modo para referirme
al lunar que te adorna
el triángulo del cuello,
justo luego del trapecio
donde mis sueños
se suelen columpiar,

pero no encuentro
un término más poético,
que el nombre verruga
o excrecencia cutánea
de forma circular;

y no encuentro,
tampoco,
un deseo más puro
que recorrer
tu superficie
desde el escote
hasta el detrás de la oreja
preparando el terreno
para la cauterización

   que haré de un
      solo lengüetazo
            rodeando la carótida
                erizándote la piel.



MIRIAM



Tercera Central, barrio de San Francisco, Puebla de los ángeles. Así le dicen; la leyenda cuenta que fueron criaturas celestes las que trazaron las calles y subieron las campanas a las torres de su Catedral. Yo sólo recuerdo abrumadas puertas de madera moviéndose con parsimonia de abierto a cerrado, las baldosas decanas sobre el suelo irregular, los mosaicos de talavera que se alternan con adobe o tabique y los ojos claros de las muchachas que vienen de los pueblos.
423. Miriam ya no vive aquí, me lo dice una señora contenida por un mandil; me sonríe, me dice “de nada” y yo puedo notar que le falta un diente. Después me conformo con el recuerdo de una ciudad vieja y una mujer con ojos color de Puebla.
Una ciudad puede ser todo lo hermosa que la quieras ver, ahora me doy cuenta; mientras camino por el Barrio Viejo pienso que aquello de los ángeles no podía ser tan sólo un invento y recuerdo también el mandil que contenía una señora y el 423 de la Tercera Central. Entro solo, como voy, a una casa vieja de Los Sapos y pido una cerveza.
De Miriam recuerdo una sonrisa y el único día en que me dio la mano. Yo salía de la prepa, creo, y ella quiso darme un regalo, así que me tomó sin modestia y me llevó hasta la cajuela del coche donde guardaba una caja forrada de rojo.
No recuerdo qué tenía la caja, recuerdo que Miriam nunca se prendía el pelo, y que caminaba como si supiera a dónde iba, o acaso era que lo sabía; recuerdo que renunció a su familia por un hombre que no era yo, y que estuvo en la boda del hombre con una mujer que no era ella; recuerdo que tocaba la guitarra, que su casa no tenía timbre sino una campana, y que se reía con tanta libertad que invitaba a cualquiera a seguirla en la risa.
Tercera Central, barrio de San Francisco, Puebla de los ángeles. Así le dicen; la leyenda cuenta que fueron criaturas celestes las que trazaron las calles y subieron las campanas a las torres de su Catedral; 423. Una campana anuncia el movimiento de la puerta; quien abre es Miriam. Los años la han llenado de peso y parece que la contiene su mandil; sólo limpiaba la casa. Recuerdo que en la prepa yo solía pensar que la cintura de Miriam tenía la forma de mis manos, pero no me desilusiona, Miriam conserva la sonrisa de libertad y su pelo aún suelto se convierte en el marco perfecto para sus ojos color de Puebla; el timbre del niño que la llama mamá me estremece: Miriam mamá. La aparición brusca de un hombre me sorprende, con una mano sostiene un plumero, con la otra levanta al niño y lo besa en los labios; me tranquiliza, besa a Miriam en la mejilla y se va, a mí me invade la seguridad de que Miriam tiene un hogar lleno de libertad (por un momento me siento un extraño), ¿qué desea? Me pregunta. Yo sonrío y me voy.
Caminando llego al Barrio Viejo; entro solo, como voy, a una casa de Los Sapos, pido una cerveza y me dan dos; ahora hay dos por unos pero no lo agradezco; tendré que tomar más.
Un cantante de mezclilla y manta ameniza la función. Yo pienso que Miriam no podría haber sido diferente; aquella voluntad para el diálogo y su libertad se habían transformado en un verdadero hogar; sin monopolios, sin amenazas, en equidad; entonces recuerdo la emoción con la que en la prepa defendía la democracia y su amor por la paz y la libertad, su temor a las estructuras de poder y su preferencia por la igualdad y la justicia.
El trovador canta, yo creo que es cursi pero la imagen en mi mente es la del hombre del niño y el plumero y siento envidia; antes de la segunda cerveza recuerdo las abrumadas puertas de madera moviéndose con parsimonia de abierto a cerrado, las baldosas decanas sobre el suelo irregular, los mosaicos de talavera que se alternan con adobe o tabique y los ojos claros de las muchachas que vienen de los pueblos.
De Miriam, ahora, recordaré no una cintura sino una mujer.



VICIO DE TI

He empezado a fumar los fines de semana
y a sentir ansiedad de lunes a viernes,
añorando los trenes largos
y el sol de Madrid.

Entre esperanzado y melancólico
agoto los días laborables
y no descanso de mi nostalgia antes
del sábado
en la cama clínica de algún hostal.

Ha debido ser el aire de tabaco en tus labios
y la nicotina del dentro de tu cuerpo
lo que me ha provocado la adicción
 
a tus besos,
al amor tuyo,

y una aguda dependencia física
de ti,

del físico tuyo
y de todo lo demás.


(Incurable, por cierto
me lo ha dicho ya el doctor.)


EVA

Es un nombre corto. Casi un grito, o un lamento. Cuando lo dices sin cuidado parece que se te pierde víctima de la espiración, o que se confunde con el aliento que derrama su fuerza a medida que gana en voz y pierde en eco.
Es un nombre rápido resuelto medio atropellado; en un segundo se diluye en el ambiente o te martilla un cariño pinchándote donde mero está el recuerdo, donde exacto duele la ausencia.
Eva.
Es un nombre fuerte, decidido, diligente. Temerario se apuesta sobre el aroma de una mujer, a la que llama entre grito y suspiro, con prisa y lamento, de amor y de recuerdo.
Eva.
Ligero y febril nombre de mujer.
Un sábado conocí a Eva; sabía de ella y de su vencedor, posesión de los halagos de sus manos, pero no sabía de su cara ni del disimulo de su mal; sabía que debía ser una mujer, de su libertad y de su entrega, mas no sabía lo que luego me dijo su mirada entrañable y desasida que amorosa se posaba y acogía y abrigaba la espalda de su Alejandro, devoción de sus ojos y sus brazos, de sus pasos y sus caprichos.
Supe y no supe de Eva, hasta puedo contar las veces que nos saludamos, mas no sé si algún día sabré qué hay en una mujer que mueve a poesía.
No conocí y conocí a Eva, pero puedo decir que lo que sea que hay ella lo tenía y saber, aunque no sepa, porqué Eva significa compañera.
No sé más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa, a recuerdo, y a compañera.
Es menos lo que sé.
Sé que un nombre sobre una mujer es esencia. Que nombre y esencia evocan, llaman, imploran y suspiran, y piden y acompañan; que nombre y esencia al final son palabras, que palabras son ilusión, amor y religión, miedo, muerte y vacío.
Sé que las palabras encierran sentidos, como la palabra siempre, o la palabra mío; sé que los sentidos no alcanzan, que argumentan y se enfrentan, usando palabras, como desencanto, o la palabra hastío, sé que hay cosas para las que no hay palabras. Ni nombres. Ni sentidos.
Es más lo que no sé.
No sé por qué, si las palabras faltan, no hacen juicio los cariños, o los ojos, o las manos, o lo que sea que diga lo que no dicen los sentidos.
No sé por qué no solamente lo decimos.
De Eva sé que lo dijo, yo lo escuché de su brazo apoyando a Alejandro y de su nombre de suspiro que me suena a seguro, a lealtad y a todo. Lo escuché de la inspiración del poeta que me lo dijo con los ojos, con la entrega, con las hijas y las letras. Lo escuché no sé dónde, nadie me lo dijo, lo escuché en las noticias, o en el ambiente.
No supe más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa y a recuerdo. Y a compañera.


  

TUS LABIOS

Tus labios,
que hablan y hablan
mueven y se mueven
de un lado a otro
hipnotizando su contoneo
mis ojos
que se prenden y prenden
de sus sacudidas
y de los tuyos
y no atinan qué mirar;

si tus ojos,
que los miran y miran,
o tus labios,
que abren y cierran
que saltan y menean,
que invitan
que gritan
que citan
que llaman y convocan,
que dicen, que me dicen,
claro, muy claro,
que no quiero morir
sin volverlos a besar.

CHIQUITIBUM





Me estoy aficionando,

a ti, a lo tuyo

y a esa sonrisa tuya de foto
que admiran tus fanáticos
y seguidores.

Me estoy aficionando a ti
y a esa voz grave tuya
con la que tu ingenio
gana adeptos
y tu entusiasmo adhesión.

Estoy quedando prendado
de la armonía de tus excepciones.
Me estoy habituando a ti.

Me estoy aficionando,
a ti, a lo tuyo
y a esas palabras tuyas
con las que lo llenas todo
de humor y de adicción.

Me estoy aficionando a ti
y a esa certeza tuya
con la que transformas
al más tibio en un incondicional
de tu gracia y tu libertad.

Estoy quedando prendido
del encanto de tu juicio.
Me estoy habituando a ti.

Me estoy aficionando,
a ti, a lo tuyo
y a esa iniciativa tuya
que llena de sentido la inspiración.

Me estoy aficionando,
a ti y a todo lo tuyo.
Estoy por hacerme socio,
chiquitibum.