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PIES DE CLIMA


Mis pies controlan los cambios de clima;

a finales de mayo 
se negaron a meterse
en las deportivas rojas 
de los cordones blue;

se calzaron, 
apresuradas, 
unas chancletas
dizque brasileñas, 
que atrajeron el verano
y reventaron el calor.

Habían estado 
engarruñados desde entonces
taloneando por las calles, 
exprimiéndose al sol;

pero apenas, 
ansiando el otoño,
exigieron calcetines
sedujeron a las botas,
aquellas cenicientas
de la cremallera añil.

Ayer llovió.

NI RASTRO DEL OTOÑO


Ni rastro del otoño, dijo la del clima,
más sol, playa y pantalones cortos,
ni viento ni corriente ni una extraviada gota
que descongestione el cielo sobre Barcelona.

Habrá que bailar la danza de la lluvia
bombardear las nubes, rezar el rosario
inventar otro pretexto para el agua
que se me encharca en los ojos
y para abrazarme
al cobijo seguro
del abrigo
azul.


CAYÓ EL OTOÑO


Esta mañana cayó el otoño. Después de tanta demora pensaba que el invierno llegaría sin preludio y que no haría falta echar de menos despertar con luz: Un día u otro el amanecer se retrasaría, como quien se queda en la cama, enredándose en un par de brazos amodorrados, sin prisa para desayunar.
Ya habían salido a la calle los primeros puestos de castañas, invocando el frío con sus braseros de butano o de carbón; las bermudas empezaban a sentirse amenazadas por los escaparates otoñales y los pies resecos se encogían de dedos, resignados a otro día de sandalias, expuestos al calor.
A alguno, en el metro, se le oyó toser; las chicas, sorprendidas, se frotaban las piernas desnudas, entumido el atuendo primaveral; yo me envolví en los bolsillos pretendiendo ser tacto en manos de mujer. Para entrar en calor.
Este suéter huele a guardado, pensé, descubierto por un suspiro que no me salió del aliento sino del recuerdo de otras piernas y otros brazos, acariciados por el sol.
Extrañaba del otoño la nostalgia de una sonrisa y el recuerdo de un verano que terminó ayer.


CALORES



Ya hará calor

y tendrás que deshacerte del suéter rojo ése de las dos trenzas.
Hará calor, vas a ver, y no aguantarás la mezclilla en los muslos ni la piel encima de los pies,
ya verás que hará calor y no querrás ponerte el blazer, ni la chamarra, ni encima-de-todo el sobre todo azul.

Hará calor, yo te lo digo, y no habrá americana que te cubra los hombros y disimule lo demás.
Créeme que hará calor, y no querrás saber de abrigos, ni de chalecos o chaquetas,
va a hacer calor, yo ya lo espero, y entonces el verano te traerá ligera, a que te bañe el sol.

Y no habrá cazadora que proteja tu espalda de mis manos
ni chaquetón que impida que te cubras de mí

Hará calor, ya está haciendo, y ninguna prenda te quitará
el calor de mi cuerpo

prendado del tuyo
y del calor.



INVENTO PARA LA LLUVIA

En casa había un paraguas inútil; tenía la figura de un águila real en el mango que sólo servía para adornar los brazos. Se utilizaba en temporada de lluvias, desde luego, pero siempre en lugares cerrados; nadie que lo conociera se hubiera atrevido a desplegar aquella madeja de alambres cubiertos por un hule oscuro disimulado. Los que sabíamos el secreto reíamos por anticipado cada vez que el paraguas desaparecía de la esquina del comedor; si llueve –y llovería–, veríamos al menos a uno escurriendo en la puerta, muy elegante, con su mango de águila colgando al brazo.
A don Julián lo oíamos quejarse de los paraguas todo septiembre; salía poco a la calle, pero invariablemente cuando llovía demasiado; “es que llueve con rencor” –decía– “y el agua no sólo cae, también levanta, y es porque no quiere que nada quede seco, nada”.
Ahora que veo a la gente de paraguas y empapada, le doy la razón; la lluvia no sólo cae, también levanta, los paraguas cubren los hombros y –si se es suficientemente inteligente– la cabeza, pero no hay paraguas ni para los brazos, ni para los pies.
En el caso de Julián la lluvia no sólo lo mojaba, el asunto de los paraguas lo fue obsesionando; al principio pensamos que tanta queja era puro achaque, pero el viejo empezó por comprar cuanto modelo de paraguas se le ponía enfrente, grande o chico, barato o no, de cualquier color; hasta el paraguas del águila en el mango llegó a interesarle, “pero ni siquiera abre don Julián; qué importa, el aguilita espanta la lluvia...”
Luego le quitó también la razón, fue exacto cuando don Julián se hizo inventor. Inventaba cosas para no mojarse “los paraguas no sirven” dijo un día mientras salía cubierto de plástico a la calle, y uno lo veía probando inventos en medio de la lluvia, y la gente se asomaba nada más a verlo y para reírse un poco; un día de esos hasta el nombre perdió, a alguien se le ocurrió que debía llamarse Ciro y Julián terminó por abandonarse y firmar como Ciro, el inventor.
Un día Ciro salió con unos enormes zapatos de goma, de la suela les salían unos alambres unidos por una especie de tela impermeable circular, como unos paraguas, pero en los pies, y trataba Ciro de caminar abriendo tanto el compás como para no tropezarse en el movimiento de zapato, armatoste y pie. Desafiaba la lluvia, pero era tanto su empeño en no mojarse andando en medio del agua que volvía hecho una sopa, ahogado hasta las orejas, colgando con los inventos en la cabeza para poder ver mientras terminaba de llegar.
Ayer encontré a Ciro en la cantina, había llovido a cántaros y yo llegué corriendo hasta la barra de don Rodrigo, desde donde Ciro veía el agua caer; ¡qué lluvia señor doctor! Dije yo escurriéndome completo, llueve como si nunca más fuera a volver a llover, “llueve con rencor”, suspiró Ciro y entonces lo reconocí, no disimulé la sorpresa de encontrarlo y Ciro, aunque no me conocía, adivinó la sorpresa en mi expresión, “no”, dijo, “ya no me mojo”, y de verdad que estaba seco Ciro, seco en un día de lluvia, ¿inventó al fin el modo de no mojarse? Sí, contestó seco, ya no salgo si llueve.
Fue una respuesta triste, luego de hablar el viejo siguió viendo cómo llovía por debajo de la puerta; yo no pedí nada, me saqué la chamarra hasta la cabeza y me volví a caminar.



INVIERNO

Frío y cálido, luminoso y gris

indolente y vivaracho
imprevisto y no.

Abúlico y entusiasta
melancólico y alborozado
afligido y excitado,
imparcial.

Risueño y aciago, certero y vacilante
ingenuo y malicioso,
esperanzador.

Veleidoso y firme,
apasionado y flemático
resignado y no.

Almibarado y amargo.
Tierno y picante.
Agridulce.



MANIQUÍ

El otoño trae otros paisajes y un poco de viento,
las chicas en la calle se cubren las piernas y la nostalgia de sol que palidece su espalda,
los aparadores se entibian con jerseys de punto y gorros a gancho de lana cálida, arrebujada.

Las dependientas envuelven a las jóvenes de los escaparates en bufandas de colores,
las emboinan y las enmallan pero dejan que las piernas largas se asomen por debajo de las faldas, sugerentes.

En la vidriera se reflejan los atuendos menos glamourosos de los paseantes, 
ellas en cambio lucen las novedades de la moda con sonrisas entrenadas y miradas convincentes.

Yo paso como cada mañana y saludo a mi chica; es la de peluca rubia con gorra de colegiala,
hace unos días llevaba la falda corta de los pliegues a cuadros y una blusa de tirantes
pero esta mañana se prueba un abrigo y unas botas largas con medias de figuras. 

Me distraigo con unas castañas mientras observo la vitrina y su lujo;
disimulo viendo el precio y le guiño un ojo a mi muchacha antes de seguir la marcha, ilusionado.

Ya estoy esperando los vestidos negros de noche vieja
y los antifaces con que las empleadas cubren sus miradas.



OTOÑO

Para faltar y no al lugar común,
no caen hojas ni se cae el cielo a pedazos,
caen memorias y los recuerdos de un verano
del que queda poco sol y algunas
imágenes de ordenador.

Para faltar y no a la ridiculez,
falta la arena entre los dedos y
los paseos por la castellana;
falta tu sonrisa tumbada al césped y
las cervezas y las olivas y el calor de la ciutadella.

Le faltan horas al día y
tu voz grave preguntando
la hora de comer.

Para faltar y no a la nostalgia,
sobra ciudad y faltan los
pueblos blancos de la costa brava y
las claras y las patatas y el pulpo y
las sepias enlimonadas.

Falta la brisa y la molicie y
los trenes despreocupados
que recorren el maresme.

Para faltar y no a la incontinencia,
faltan mis manos deambulando
atónitas de hombros a talle,
buscando febriles entre los meandros
los nudos de tu espalda.

Faltan tus carreras lisboetas y
los vendedores de rabat.