MANIQUÍ

El otoño trae otros paisajes y un poco de viento,
las chicas en la calle se cubren las piernas y la nostalgia de sol que palidece su espalda,
los aparadores se entibian con jerseys de punto y gorros a gancho de lana cálida, arrebujada.

Las dependientas envuelven a las jóvenes de los escaparates en bufandas de colores,
las emboinan y las enmallan pero dejan que las piernas largas se asomen por debajo de las faldas, sugerentes.

En la vidriera se reflejan los atuendos menos glamourosos de los paseantes, 
ellas en cambio lucen las novedades de la moda con sonrisas entrenadas y miradas convincentes.

Yo paso como cada mañana y saludo a mi chica; es la de peluca rubia con gorra de colegiala,
hace unos días llevaba la falda corta de los pliegues a cuadros y una blusa de tirantes
pero esta mañana se prueba un abrigo y unas botas largas con medias de figuras. 

Me distraigo con unas castañas mientras observo la vitrina y su lujo;
disimulo viendo el precio y le guiño un ojo a mi muchacha antes de seguir la marcha, ilusionado.

Ya estoy esperando los vestidos negros de noche vieja
y los antifaces con que las empleadas cubren sus miradas.



KARMA

Hace unos días me robaron la cartera. Lo curioso es que hoy, al pasar por la comisaría de policía, me vino a la mente la palabra karma. No es que la crea o predique alguna virtud védica, pero es que días antes de mi robo me quedé callado frente a otro ladrón, uno que no me robó a mí, por cierto, pero que de seguro acabó llevándose el dinero de alguien más.
Siempre he sido enemigo de la indolencia. Creo que lo que hay de común entre los hombres debe ser suficiente para conmoverse en la miseria o indignarse ante la injusticia, pero la necesidad de robar no salva el abuso, y me ofendí pero me quedé callado. Karma.
Fue en el metro de Madrid. El tipo había intentado abrir la bandolera que me colgaba por la espalda pero de eso me di cuenta mucho después. Yo me alejé de él porque se había metido justo detrás de mí y me incomodaba. Entonces me acerqué a la puerta, dándole la espalda y esperando el arribo a la estación de Atocha.
A través del reflejo vi cómo se empeñaba en abrir la mochila de una distraída turista japonesa. Un señor que, impertinente, comentaba a la desconocida a su lado ‘estos asiáticos no pueden ocultar su procedencia’ guardó silencio. También él hubiera sido testigo del robo y no dijo nada. Yo volteé hacia atrás queriendo avisar a la turista cuando el ladrón notó que lo miraba y molesto se alejó, como disculpándose, con la misma seña con que había reaccionado antes de cambiarme de sitio en el vagón. En ese momento me bastó que el ladrón se alejara y no dije más. Pensé también que viéndose sorprendido hubiera podido reaccionar con violencia o tomar venganza y no dije nada. El convoy terminó de llegar y abiertas las puertas los japoneses y hasta el impertinente y su desconocida bajaron conmigo, pero el tren siguió su camino con un carterista a bordo. Y yo no dije nada.
Cinco días después sentí cómo me sacaban la cartera en el metro de Barcelona. Hora pico rumbo a la Sagrada Familia. En el sonido local una voz avisó a los usuarios de la presencia de carteristas; no se trataba de la grabación habitual que se repite periódicamente, era una voz nerviosa interrumpiendo la secuencia ordinaria.
Apenas sentí mi bolsillo vacío pedí mi cartera al aire y en cuanto descubrí a un tipo que me miraba con una mano detrás de la espalda no dudé en sujetarlo y pedírsela. Él pareció ofendido por mi reclamo pero unos segundos más tarde mi cartera cayó al suelo. Sentí alivio, con todo y que el ladrón siguió alegando que no podía acusar a cualquiera en medio de tanta gente, pero no noté entonces que el robo había sido consumado ni puse atención a los cómplices a su espalda.
No fue así mi reacción en Madrid y recordé unas líneas que leí en una pared de la Ciutat Vella: «Primero vinieron a buscar a los comunistas y yo no hablé porque no era comunista». No era mi cartera la primera, pero mi cartera ya estaba en juego, quién lo sabe. «Vinieron por los judíos y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie más que pudiera hablar por mí».
Karma.
El ladrón bajó escoltado por dos tipos más en la siguiente estación. No sin pesar noté entonces que unos pocos segundos habían bastado para sacar el dinero de la cartera pero no me molesté.
Kabrones…
El policía que tomó mi denuncia me interrumpió para reprocharme que hubiera enfrentado al carterista,  –¿qué debía haber hecho entonces? ¿Guardar silencio? No debí haberlo hecho siquiera en la intentona de Madrid, donde no era mi cartera la que estaba en juego.
O ya estaba en juego, quién lo sabe.
Karma.