Mostrando entradas con la etiqueta Los cuentos de Barcelona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los cuentos de Barcelona. Mostrar todas las entradas

AVENIDA DIAGONAL


Hoy te vi.

Últimamente veo gente. Gente que no debería. Tu eras la chica de la bicicleta, llevabas la blusa esa a rayas que tanto te gusta y los vaqueros negros. Parecía que apenas alcanzabas los pedales y que perdías el equilibrio, pero no, avanzabas sin prisa y en las esquinas te sostenías del poste para no bajar los pies mientras esperabas el verde del semáforo.

Ya me había pasado; una vez vi al licenciado Hernández con aquel viejo traje de pana marrón cruzando Aragó, pero qué haría el licenciado Hernández por l’eixample o su viejo traje de pana marrón en una ciudad como ésta. No lo sé. Veo gente así.

También me pasó con Rosita, la secretaria del Director; con una mano arrastraba un bastón y con la otra se sostenía de una chica. La chica era Jose, aquella niña de la escuela que le gustaba a Tano, pero ni Jose conoce a Rosita ni Rosita usa bastón. Es el tipo de gente que veo, gente que podría haber olvidado, gente extraña en la cara de otra gente extraña; uno que podría ser el de la tienda de la esquina, una que bien sería la del café de por la casa. Desconocidos.

Siempre desconocidos. Salvo esa vez que te vi en la bicicleta. Yo trotaba por el circuito de la Diagonal y tú más bien fresca por el carril bicing. En cada esquina te pasaba con mi paso acelerado pero tú me alcanzabas media cuadra adelante, cuando el semáforo te abría la oportunidad.

La primera vez pudo sorprenderme, vi a un vecino mío que se metió de militar pero ahora llevaba el pelo largo; a nada estuve de preguntarle por su madre y sus hermanas pero era una idiotez. También me pasó con Sofía, una compañera de la facultad de la que juraba había olvidado su nombre hasta ese día que la vi en la cara de la mujer que usaba el listón ancho que ella nunca se quitaba.

Te asustaste cuando te saludé, pero yo, yo es que sin pensarlo dije ‘hola’, aunque apenas lo hice me di cuenta que saludaba a una desconocida que me había recordado tus ojos y tu silueta.

Y aceleré el paso, tu vacilaste un poco y ya no te vi, pero en el semáforo me alcanzaste y me escudriñabas la cara tratando de entender por qué te había dicho, con un acento extraño, ‘hola’.

 “¿Te conozco?” Me preguntaste, y entonces supe que de verdad podrías ser tú, con tus ojos esos negros que ya solitos son una pregunta y un cierto aire más bien de despreocupación.

 “No”, te dije, y aceleré el paso apenas se ponía el verde para el peatón.

Pero tú ibas en bicicleta y al poco me volviste a alcanzar, tan tranquila, y yo no dejaba de pensar “podría ser ella”.

Si tan solo tuviera bicicleta.


CAYÓ EL OTOÑO


Esta mañana cayó el otoño. Después de tanta demora pensaba que el invierno llegaría sin preludio y que no haría falta echar de menos despertar con luz: Un día u otro el amanecer se retrasaría, como quien se queda en la cama, enredándose en un par de brazos amodorrados, sin prisa para desayunar.
Ya habían salido a la calle los primeros puestos de castañas, invocando el frío con sus braseros de butano o de carbón; las bermudas empezaban a sentirse amenazadas por los escaparates otoñales y los pies resecos se encogían de dedos, resignados a otro día de sandalias, expuestos al calor.
A alguno, en el metro, se le oyó toser; las chicas, sorprendidas, se frotaban las piernas desnudas, entumido el atuendo primaveral; yo me envolví en los bolsillos pretendiendo ser tacto en manos de mujer. Para entrar en calor.
Este suéter huele a guardado, pensé, descubierto por un suspiro que no me salió del aliento sino del recuerdo de otras piernas y otros brazos, acariciados por el sol.
Extrañaba del otoño la nostalgia de una sonrisa y el recuerdo de un verano que terminó ayer.


FASTIDIO

Un poco no soporto a las niñas así, las que usan dos ojos de esos que solitos ya encandilan y encima una mirada de aquellas que de un golpe te amodorran; no lo sé, pero me choca que además, ¡además sonríen!, con total irresponsabilidad y la desfachatez de andar «así nomás», cargando a todos lados con la sonrisa, y la mirada, y los ojos…
Otro tanto me repatea que siempre sean las mismas, las que sonríen y pasan, ajenas a la estupidez que aletarga los ojos, indiferentes al interés que levanta la mirada, indolentes a la sonrisa que contempla la sonrisa…
¡Me encabrona que no te dejen concentrar! Que se aparezcan por ahí diciendo hola y sonriendo como si nada, o como fantasmas en la imaginación, sin enterarse de las ideas que las rondan ni de las palabras, o su ausencia, que las cortejan.
Pero lo que más me enoja es que sabiendo todo esto, no puedes dejar de sonreír con su solo recuerdo.
Me caga la madre.



MANIQUÍ

El otoño trae otros paisajes y un poco de viento,
las chicas en la calle se cubren las piernas y la nostalgia de sol que palidece su espalda,
los aparadores se entibian con jerseys de punto y gorros a gancho de lana cálida, arrebujada.

Las dependientas envuelven a las jóvenes de los escaparates en bufandas de colores,
las emboinan y las enmallan pero dejan que las piernas largas se asomen por debajo de las faldas, sugerentes.

En la vidriera se reflejan los atuendos menos glamourosos de los paseantes, 
ellas en cambio lucen las novedades de la moda con sonrisas entrenadas y miradas convincentes.

Yo paso como cada mañana y saludo a mi chica; es la de peluca rubia con gorra de colegiala,
hace unos días llevaba la falda corta de los pliegues a cuadros y una blusa de tirantes
pero esta mañana se prueba un abrigo y unas botas largas con medias de figuras. 

Me distraigo con unas castañas mientras observo la vitrina y su lujo;
disimulo viendo el precio y le guiño un ojo a mi muchacha antes de seguir la marcha, ilusionado.

Ya estoy esperando los vestidos negros de noche vieja
y los antifaces con que las empleadas cubren sus miradas.



KARMA

Hace unos días me robaron la cartera. Lo curioso es que hoy, al pasar por la comisaría de policía, me vino a la mente la palabra karma. No es que la crea o predique alguna virtud védica, pero es que días antes de mi robo me quedé callado frente a otro ladrón, uno que no me robó a mí, por cierto, pero que de seguro acabó llevándose el dinero de alguien más.
Siempre he sido enemigo de la indolencia. Creo que lo que hay de común entre los hombres debe ser suficiente para conmoverse en la miseria o indignarse ante la injusticia, pero la necesidad de robar no salva el abuso, y me ofendí pero me quedé callado. Karma.
Fue en el metro de Madrid. El tipo había intentado abrir la bandolera que me colgaba por la espalda pero de eso me di cuenta mucho después. Yo me alejé de él porque se había metido justo detrás de mí y me incomodaba. Entonces me acerqué a la puerta, dándole la espalda y esperando el arribo a la estación de Atocha.
A través del reflejo vi cómo se empeñaba en abrir la mochila de una distraída turista japonesa. Un señor que, impertinente, comentaba a la desconocida a su lado ‘estos asiáticos no pueden ocultar su procedencia’ guardó silencio. También él hubiera sido testigo del robo y no dijo nada. Yo volteé hacia atrás queriendo avisar a la turista cuando el ladrón notó que lo miraba y molesto se alejó, como disculpándose, con la misma seña con que había reaccionado antes de cambiarme de sitio en el vagón. En ese momento me bastó que el ladrón se alejara y no dije más. Pensé también que viéndose sorprendido hubiera podido reaccionar con violencia o tomar venganza y no dije nada. El convoy terminó de llegar y abiertas las puertas los japoneses y hasta el impertinente y su desconocida bajaron conmigo, pero el tren siguió su camino con un carterista a bordo. Y yo no dije nada.
Cinco días después sentí cómo me sacaban la cartera en el metro de Barcelona. Hora pico rumbo a la Sagrada Familia. En el sonido local una voz avisó a los usuarios de la presencia de carteristas; no se trataba de la grabación habitual que se repite periódicamente, era una voz nerviosa interrumpiendo la secuencia ordinaria.
Apenas sentí mi bolsillo vacío pedí mi cartera al aire y en cuanto descubrí a un tipo que me miraba con una mano detrás de la espalda no dudé en sujetarlo y pedírsela. Él pareció ofendido por mi reclamo pero unos segundos más tarde mi cartera cayó al suelo. Sentí alivio, con todo y que el ladrón siguió alegando que no podía acusar a cualquiera en medio de tanta gente, pero no noté entonces que el robo había sido consumado ni puse atención a los cómplices a su espalda.
No fue así mi reacción en Madrid y recordé unas líneas que leí en una pared de la Ciutat Vella: «Primero vinieron a buscar a los comunistas y yo no hablé porque no era comunista». No era mi cartera la primera, pero mi cartera ya estaba en juego, quién lo sabe. «Vinieron por los judíos y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie más que pudiera hablar por mí».
Karma.
El ladrón bajó escoltado por dos tipos más en la siguiente estación. No sin pesar noté entonces que unos pocos segundos habían bastado para sacar el dinero de la cartera pero no me molesté.
Kabrones…
El policía que tomó mi denuncia me interrumpió para reprocharme que hubiera enfrentado al carterista,  –¿qué debía haber hecho entonces? ¿Guardar silencio? No debí haberlo hecho siquiera en la intentona de Madrid, donde no era mi cartera la que estaba en juego.
O ya estaba en juego, quién lo sabe.
Karma.