MANO EXTRAÑA

Síndrome de la mano extraña: 
Afección en la cual una de las manos de 
quien la padece parece adquirir vida propia.



Una de mis manos dejó de obedecerme. 

Una mañana golpeaba libremente sobre la mesa y me quitaba la taza de café de la boca. Me daba cachetadas a su antojo y clamaba eufórica al cielo. Se estaba quieta si cuidadosamente ponía algún objeto en ella pero pronto dejé de confiar en que pudiera mantenerse enganchada a un proyectil.
Tenía ratos de tranquilidad. De noche la sorprendía buscando entre las sábanas y mandando mensajes desde el celular; a veces sólo acariciaba al viento o se mantenía por momentos en posición de rodear. Otras veces nomás se encogía como si sostuviera algo que pudiera poseer.
El médico descartó lesión cerebral; después la otra mano se empezó a contagiar.
Al principio me ayudaba a contener a su compañera pero luego se sumó complacida a sus estados de enajenación. Manejaban el coche a su antojo o paraban el autobús que ellas elegían; tocaban canciones desconocidas, dividían el desayuno en dos y escribían cartas larguísimas que no evité enviar.
Se han confabulado y se sostienen los hombros como si estuvieran abrazando; a veces se colocan en esa extraña posición de cuna a la altura de la cadera y me impiden pasar al otro lado de la cama; han quitado la almohada y luego de recorrer el espacio amasando las sábanas, presionando con las palmas y frotando en circular, lo abrigan con cariño y lo parecen velar.
De pronto hacen ese gesto con el que parece que buscan, a un lado y a otro y luego regresan a su posición original. En los sitios necesito lugares vacíos alrededor porque sé que en cuanto me siente no dejarán de fisgonear, escarbando en todo el contorno hasta que se cansen de no encontrar.
Hoy por fin me lo explicaron todo; me escribieron una nota en el espejo del baño, vaporizado por el agua caliente del lavabo. Lo que a ellas les falta es una pierna que arrullar; lo que buscan son unos brazos que recorrer, un laberinto en una espalda donde explorar, un pelo lacio para acomodar detrás de la oreja y un rostro que acariciar. Lo que les falta son otras manos que sostener y una cintura que quieren rodear. No es un síndrome pues, es un tic adquirido en un estado que añoran y esperan recobrar.
Al final han prometido portarse bien.
Mis manos extrañas.
Mis manos extrañan.




IMBECILIDADES TRANSITORIAS

El enamoramiento es una especie de imbecilidad transitoria.

José Ortega y Gasset

Lo de Ortega y Gasset es mucha más filosofía que la frase aludida, pero no deja de ser una genialidad; el tal Ortega, como dicen, dio en el clavo: ¿Qué es un enamorado si no un alelado, un estúpido, un falto de razón? Aunque sea por un momento, por unos días, algunos meses, y sólo los más idiotas un par de años.
Muchas cosas más dijo el filósofo sobre el amor, pero ahora se me ocurre que el estado que definió Ortega tiene muchos otros perfiles que bien pueden ahondar en la delimitación del estado ése. Por ejemplo:
Extrañamiento continuo. Hoy me di cuenta que había olvidado lo que significa la frase “me haces falta”; y hoy mismo, cuando sentí algo mío que no estaba conmigo, supe que me estaba acordando.
Memoria recurrente. No pasa tanto y uno se sorprende de que su pensamiento haya quedado varado, fijo, en unos solos ojos, en una misma sonrisa.
Ininteligibilidad estética. De no entenderse cómo se encalla en una presencia de la que no pueden distraerte ni siquiera algunas otras. Presencias.
Desasosiego biográfico. El tiempo va, y viene y va, y viene y va, no queriendo sino estar, o saber; no importando qué haya que hacer, la imaginación se angustia: ¿Dónde estará? ¿Que estará haciendo? ¿Pensará en mí? ¿Se habrá acordado? ¿Y si no? Qué lata.
Insatisfacción vivencial. Nada es suficiente, nunca es bastante; si habla, porque no habló antes, si no habla porque nunca habla. Total.
Desequilibrio operativo. A uno le parece que siempre es más lo que da que lo que recibe. Siempre. 
Escepticismo léxico. No es verdad, no te creo, a todos les has de decir lo mismo.
Incertidumbre estimativa. Seguro no me quiere; debe haber conocido a alguien mejor, yo no soy tan, yo no soy tanto.
Indeterminación lingüística. Pura indirecta pues.
Imprecisión literaria. Lo mismo, pero en su versión escrita.
Tristeza recurrente. La idea de que todos los miedos han de cumplirse; que estará con otro, que acabará con alguien más, que nunca supo nada de esto, que nada pasó, que nunca lo sabrá.
Certeza especulativa. La extraña certeza de que, al final, tus teorías son ciertas.