Conozco unas nueve maneras para llegar a Madrid. Se puede tomar un avión a Barajas, un tren a Atocha, otro a Chamartín; se puede llegar en autobús a la Avenida América, al aeropuerto o a la central del Sur, se puede conducir por carretera, o se puede volar, a través de un teléfono o de un ordenador.
Ya en Madrid se puede pasar de ida y vuelta por la primera terminal. Se puede estar deambulando por Puerta del Sol o sentado a la sombra de Felipe III en Plaza Mayor, se pueden tomar cervezas con montaditos o caminar hasta la universidad. Se pueden recorrer los Cuatro Caminos hasta Metropolitano o vagar por el rastro hasta que mengüe el sol.
Hay en Madrid trece líneas de metro, unas doce plazas qué ver, varias puertas por todos los puntos de la villa antigua, treinta y cinco grados en verano, más de tres millones de habitantes y tres millones más en el resto de la comunidad.
Tiene Madrid unos setecientos kilómetros cuadrados y seiscientos cincuenta y cinco metros sobre el nivel del mar. Se encuentra sobre el grado cuarenta norte de latitud y seiscientos diecinueve kilómetros la separan de la ciudad condal. Tal vez tenga setecientos mil visitantes al mes y un millón y medio de pernoctaciones. Unos dos millones visitan el Reina Sofía cada año y sólo hay un rey.
Hay, en tu Madrid, novecientos once hostales con veinte mil seiscientos ochenta y ocho plazas, pero yo añoro dormir en un camastro tan chico, que sólo hay una manera de que quepan tendidos dos, o en sólo media cama, de un solo hostal, por la misma razón.
