VERRUGA


Estoy buscando
un modo para referirme
al lunar que te adorna
el triángulo del cuello,
justo luego del trapecio
donde mis sueños
se suelen columpiar,

pero no encuentro
un término más poético,
que el nombre verruga
o excrecencia cutánea
de forma circular;

y no encuentro,
tampoco,
un deseo más puro
que recorrer
tu superficie
desde el escote
hasta el detrás de la oreja
preparando el terreno
para la cauterización

   que haré de un
      solo lengüetazo
            rodeando la carótida
                erizándote la piel.



MÉXICO DISTRITO FEDERAL

Cuento finalista en el Ier Concurso Literario del Centro de Estudios Humanistas Noesis de Barcelona El ser humano del futuro


Del futuro, como la historia nos enseña, no podemos asegurar nada. Con esta sentencia inició su cátedra sobre historia moderna Sir Droan Ystor, uno de los profesores más reconocidos de la nueva universidad.
–Los futuristas todos, de Marinetti a Lucas y de Verne a Kubrick pasando por El viaje a la luna, Pessoa, Wells, Asimov y Nolan, estaban equivocados. Resolvió antes de aparecer al frente del auditorio, muchos de ellos presentes sólo a través de avatares, las imágenes multidimensionales de la Ciudad de México de los siglos XX y XXI.

México Distrito Federal estaría dedicado, como siguió el profesor Ystor, a la contemplación del surgimiento del antiguo México y a la constitución de su hoy desaparecida capital. Siguiendo el curso, los estudiantes podrían tener un conocimiento cierto sobre el comportamiento de las sociedades de la primera modernidad.
Ystor es uno de los principales historiadores de la época; su infancia estuvo marcada por las primeras expulsiones que las delegaciones políticas de la antigua Ciudad de México realizaron al final del XXI. Ya entonces se estudiaban las teorías de la involución social pero nunca de la manera como sucedió cuando las antiguas grandes capitales del mundo comenzaron a fragmentarse y a romperse las divisiones políticas tradicionales de la modernidad tardía o postmodernidad, como entonces era conocida. El curso de Ystor demostraría, a través del análisis histórico, que las expectativas de futuro basadas en la lectura del presente perpetuaban los viejos sistemas e impedían la transparadigmatización.
Los estudiantes de Ystor contemplaban atónitos los viejos mapas del Distrito Federal de mediados del XXI y los complejos sistemas de comunicación que articulaban la ciudad entera. Leían, absortos, las viejas teorías de la economía de libre mercado y su alcance transnacional, extrañados totalmente de que un sistema como aquel hubiera podido dominar el planeta entero por más de cien años.
Los cursos de Ystor, México de la Independencia y la Revolución, Antiguas capitales del mundo moderno y Nuevos sistemas sociales, enseñaban los movimientos de las sociedades posteriores al siglo XXI y su contracción, un desplazamiento que nadie se hubiera atrevido a defender en los años en que estuvo cercana la creación de una capital mundial y las políticas cosmopolitas; la etapa en que parecían primitivos el orden comunitario y la organización familiar.
En los tiempos de la República Federal la centralización produjo un crecimiento social de ímpetu centrípeto al que los problemas de finales del XXI se opusieron con la fuerza inversa. No se puede entender el nuevo estadio de la sociedad realmente global –aseguró una mañana Ystor– sin los cambios de las grandes capitales occidentales, New York, Londres, México, San Paulo, y de los movimientos sociales centrífugos, a partir de los defectos de la gobernanza de la última parte de la última era; así es como desapareció el Reino Unido, como los Estados Unidos perdieron Alaska, California, Arizona, Nuevo México y Texas y como nuestro país originario se convirtió en una confederación de Estados independientes.
Para Ystor, la explosión demográfica de las antiguas capitales era tan solo el factor más obvio del problema; los más importantes, en cambio, estuvieron alrededor de la organización de los servicios básicos de la ciudad y su concesión radical.
Los estudiantes, en el aula o en sus casas, seguían boquiabiertos las explicaciones de los viejos sistemas de convivencia; veinte millones de personas, más de las que hoy podrían compartir un solo estado, habían podido vivir en la misma ciudad. Muchos de ellos habían estado en lugares que en ese entonces no podían ni siquiera preverse, y algunos simplemente no entendían la razón de ser de una gran capital.
Para Ystor, la evolución e involución de las organizaciones sociales era evidente; el Distrito Federal, configurado en el temprano XIX en torno a los pueblos del XVI y XVII, regresó, en el inicio de nuestra era, a la localidad que entonces perdió. Las antiguas delegaciones políticas, muchas de ellas hoy estados independientes de la confederación, tuvieron que compartir entonces un gobierno que, por insostenible, ocasionó la catástrofe.
–Eran los años de las democracias, explicaba Ystor, un sistema curiosamente inspirado en una sociedad legendaria, pero fue su radicalización –seguía con la tranquilidad con que siempre se dirigía al auditorio–, uno de los factores que mejor explican el establecimiento del nuevo paradigma.
Así había sido. Los esfuerzos democratizadores de las delegaciones políticas del antiguo régimen confluyeron en su autonomía, pero la soberanía no coincidía con la organización central y fue entonces que las formas de organización administrativa hicieron imposible la convivencia y generaron en la gente un nuevo sentido de independencia.
La clase de Ystor era para la mayoría como una novela de ficción con referencias históricas que podrían ser equivalentes a las de la colonia para los ciudadanos de la vieja nación.
–Si inflas un globo, explicaba el profesor, llegará un momento en que tendrás que dejar de hacerlo; no lo puedes inflar más allá de sus propias condiciones, en un momento dado la goma dará de sí y explotará. Las grandes capitales de la era pasada tampoco pudieron contener un crecimiento sin medida y nuevas ciudades surgieron, nuevos sistemas que comprendieron la dificultad del desarrollo desmedido y donde hoy prevalecen los remotos valores tribales. Nuestras sociedades, decía conciliador el viejo maestro, han comprendido que el perfeccionamiento no es relativo al alcance y que lo arcaico había sido excluido del marco de la ciencia sin un verdadero motivo.
Ninguno de los estudiantes de Ystor podía imaginar que tuvieran que hacer desplazamientos de más de veinte minutos; la mayoría llegaba a la universidad caminando, o en bicicleta, y sólo que tuvieran que ir a un lugar vecino tomarían un tren o conducirían hasta ahí; para ellos era un mundo totalmente desconocido el de los transportes del viejo sistema; metro, bus, colectivo; tres horas en una pesera –llamadas así por la antigua forma de pago–, enfermaría hoy a cualquiera; ir todos los días a un lugar donde hoy se va de recreo o vacaciones estaba completamente fuera de sus cabezas.
Pero hasta el siglo XXI los medios de transporte unían a la ciudad entera; los sistemas de transporte colectivo constituían uno de los grandes orgullos del gobierno central, que en consecuencia, tenía olvidados los sistemas locales. Estos últimos, apoyados por las democracias delegacionales tuvieron que fortalecerse por sí mismos, creando sus propias redes e impidiendo el libre paso por sus confines territoriales.
–¡Profesor! Un chico de lacios encrespados pedía la palabra; –¿No era insostenible la vida entonces?
–Era toda la vida posible, contestó sereno Ystor; hasta que una alternativa no fue experimentada no podían preverse sus consecuencias. Hoy ustedes van a Chapultepec algún fin de semana, mis abuelos pasaban por ahí todos los días, de camino al trabajo; muy pocos de ustedes han tenido que pedir que les traigan agua o gas, vienen a la universidad y comen todos los días en casa, tienen una vida que entonces sólo hubiera sido posible en el primer mundo.
–¿Hay entonces otros mundos posibles?
–Tantos como puedas imaginar.
–¿Y cuándo diría usted que fue el día que el cambio se empezó a dar? El día preciso.
–Yo diría, sólo por responder a tu pregunta, que el día que el metro paró. Sí, el metro –sentenció Ystor–, el metro fue el principio del fin.
La red de trenes subterráneos que abarcaba casi por completo la antigua capital tuvo que enfrentar los límites que las delegaciones fueron radicalizando en demanda de otros servicios y la distribución de energéticos.
El control de las fronteras lo perdió, al final, el gobierno central, que se había visto obligado a construir escuelas y hospitales, centros de ocio y mercados y hasta terminales de distribución de servicios básicos, agua, luz, gas, etc., en cada uno de los centros delegacionales, pero el fortalecimiento de la democracia, que hizo posible entonces el surgimiento de nuevas facciones políticas, se convirtió, al final, en el factor que llevó a la anarquía a un congreso local sin presencias representativas y con una cantidad ingente de intereses particulares que atender. Las concesiones del gobierno central, lejos de contribuir a los acuerdos, provocó un fenómeno entonces de difícil comprensión. Un sistema de transporte que comunicara la ciudad entera había dejado de ser una necesidad. Las delegaciones políticas, cuna de las primeras ciudades independientes del Distrito Federal, habían logrado articular sistemas locales y regionales, habían acercado las fuentes de trabajo a sus ciudadanos y hasta habían arrancado al sistema federal compañías propias de generación de insumos. La gente apreció la nueva calidad de vida que las delegaciones les ofrecían y se manifestaron en las urnas a favor de la desfragmentación de la antigua capital.
La economía centralizada se fue a pique. Con el metro en desuso y los trabajadores en éxodo hacia sus propios lugares de origen, las compañías del estado también fallecieron rápidamente. Las provincias del interior del antiguo estado vieron cómo la descentralización del Distrito Federal favorecía también la organización local y reprodujeron el movimiento, una transición que Ystor bautizó como vuelta a casa estatal.
Con la capital fragmentada el sistema nacional empezó su propio colapso. Los círculos políticos renunciaron a los alcances interestatales seducidos por los convenientes de la localidad; prácticamente todas las capitales fragmentaron su dominio y otorgaron a los pueblos la autonomía. Contra las predicciones de los economistas del sistema tradicional, la localidad produjo bonanza a los pequeños pueblos y organizaciones, pero no fue hasta el traslado de la capital nacional que el mundo vio con sorpresa y agrado lo que pasaba en el otrora D. F. colosal.
–Después del caos, las delegaciones se alzaron como ciudades independientes.
Ystor termina la clase agotado. En la puerta lo espera su asistente, con quien bebe café antes del almuerzo. En los pasillos los estudiantes lo saludan con respeto y corren a sus casas a contar a sus padres las historias del México Distrito Federal. Algunos de sus abuelos pueden recordarla, pero ninguno como el profesor de la universidad.
–Será un ciclo corto, es un curso verdaderamente interesante, se comenta en la cafetería y en el restorán; seguramente nuestros nietos tampoco podrán recordar nuestras ciudades, porque ya se ve que tendrán que crecer.
No, del futuro, como la historia nos enseña, no podemos asegurar nada.