Cuento finalista en el Ier Concurso Literario del Centro de Estudios Humanistas Noesis de Barcelona El ser humano del futuro
Del futuro, como la historia nos enseña, no podemos
asegurar nada. Con esta sentencia inició su cátedra sobre historia moderna Sir
Droan Ystor, uno de los profesores más reconocidos de la nueva universidad.
–Los futuristas todos, de Marinetti a Lucas y de
Verne a Kubrick pasando por El viaje a la luna, Pessoa, Wells, Asimov y Nolan,
estaban equivocados. Resolvió antes de aparecer al frente del auditorio, muchos
de ellos presentes sólo a través de avatares, las imágenes multidimensionales
de la Ciudad de México de los siglos XX y XXI.
México Distrito Federal estaría dedicado, como siguió el profesor Ystor, a
la contemplación del surgimiento del antiguo México y a la constitución de su
hoy desaparecida capital. Siguiendo el curso, los estudiantes podrían tener un
conocimiento cierto sobre el comportamiento de las sociedades de la primera
modernidad.
Ystor es uno de los principales historiadores de la
época; su infancia estuvo marcada por las primeras expulsiones que las
delegaciones políticas de la antigua Ciudad de México realizaron al final del
XXI. Ya entonces se estudiaban las teorías de la involución social pero nunca
de la manera como sucedió cuando las antiguas grandes capitales del mundo
comenzaron a fragmentarse y a romperse las divisiones políticas tradicionales
de la modernidad tardía o postmodernidad, como entonces era conocida. El curso
de Ystor demostraría, a través del análisis histórico, que las expectativas de
futuro basadas en la lectura del presente perpetuaban los viejos sistemas e
impedían la transparadigmatización.
Los estudiantes de Ystor contemplaban atónitos los
viejos mapas del Distrito Federal de mediados del XXI y los complejos sistemas
de comunicación que articulaban la ciudad entera. Leían, absortos, las viejas
teorías de la economía de libre mercado y su alcance transnacional, extrañados
totalmente de que un sistema como aquel hubiera podido dominar el planeta
entero por más de cien años.
Los
cursos de Ystor, México de la
Independencia y la Revolución, Antiguas
capitales del mundo moderno y Nuevos
sistemas sociales, enseñaban los movimientos de las sociedades posteriores
al siglo XXI y su contracción, un desplazamiento que nadie se hubiera atrevido
a defender en los años en que estuvo cercana la creación de una capital mundial
y las políticas cosmopolitas; la etapa en que parecían primitivos el orden
comunitario y la organización familiar.
En los
tiempos de la República Federal la centralización produjo un crecimiento social
de ímpetu centrípeto al que los problemas de finales del XXI se opusieron con
la fuerza inversa. No se puede entender el nuevo estadio de la sociedad
realmente global –aseguró una mañana Ystor– sin los cambios de las grandes
capitales occidentales, New York, Londres, México, San Paulo, y de los
movimientos sociales centrífugos, a partir de los defectos de la gobernanza de
la última parte de la última era; así es como desapareció el Reino Unido, como
los Estados Unidos perdieron Alaska, California, Arizona, Nuevo México y Texas
y como nuestro país originario se convirtió en una confederación de Estados
independientes.
Para
Ystor, la explosión demográfica de las antiguas capitales era tan solo el
factor más obvio del problema; los más importantes, en cambio, estuvieron
alrededor de la organización de los servicios básicos de la ciudad y su
concesión radical.
Los
estudiantes, en el aula o en sus casas, seguían boquiabiertos las explicaciones
de los viejos sistemas de convivencia; veinte millones de personas, más de las
que hoy podrían compartir un solo estado, habían podido vivir en la misma
ciudad. Muchos de ellos habían estado en lugares que en ese entonces no podían
ni siquiera preverse, y algunos simplemente no entendían la razón de ser de una
gran capital.
Para
Ystor, la evolución e involución de las organizaciones sociales era evidente;
el Distrito Federal, configurado en el temprano XIX en torno a los pueblos del
XVI y XVII, regresó, en el inicio de nuestra era, a la localidad que entonces
perdió. Las antiguas delegaciones políticas, muchas de ellas hoy estados
independientes de la confederación, tuvieron que compartir entonces un gobierno
que, por insostenible, ocasionó la catástrofe.
–Eran
los años de las democracias, explicaba Ystor, un sistema curiosamente inspirado
en una sociedad legendaria, pero fue su radicalización –seguía con la
tranquilidad con que siempre se dirigía al auditorio–, uno de los factores que
mejor explican el establecimiento del nuevo paradigma.
Así
había sido. Los esfuerzos democratizadores de las delegaciones políticas del
antiguo régimen confluyeron en su autonomía, pero la soberanía no coincidía con
la organización central y fue entonces que las formas de organización
administrativa hicieron imposible la convivencia y generaron en la gente un
nuevo sentido de independencia.
La
clase de Ystor era para la mayoría como una novela de ficción con referencias
históricas que podrían ser equivalentes a las de la colonia para los ciudadanos
de la vieja nación.
–Si inflas un globo, explicaba el profesor, llegará
un momento en que tendrás que dejar de hacerlo; no lo puedes inflar más allá de
sus propias condiciones, en un momento dado la goma dará de sí y explotará. Las
grandes capitales de la era pasada tampoco pudieron contener un crecimiento sin
medida y nuevas ciudades surgieron, nuevos sistemas que comprendieron la
dificultad del desarrollo desmedido y donde hoy prevalecen los remotos valores
tribales. Nuestras sociedades, decía conciliador el viejo maestro, han
comprendido que el perfeccionamiento no es relativo al alcance y que lo arcaico
había sido excluido del marco de la ciencia sin un verdadero motivo.
Ninguno de los estudiantes de Ystor podía imaginar
que tuvieran que hacer desplazamientos de más de veinte minutos; la mayoría
llegaba a la universidad caminando, o en bicicleta, y sólo que tuvieran que ir
a un lugar vecino tomarían un tren o conducirían hasta ahí; para ellos era un
mundo totalmente desconocido el de los transportes del viejo sistema; metro,
bus, colectivo; tres horas en una pesera
–llamadas así por la antigua forma de pago–, enfermaría hoy a cualquiera; ir
todos los días a un lugar donde hoy se va de recreo o vacaciones estaba
completamente fuera de sus cabezas.
Pero
hasta el siglo XXI los medios de transporte unían a la ciudad entera; los
sistemas de transporte colectivo constituían uno de los grandes orgullos del
gobierno central, que en consecuencia, tenía olvidados los sistemas locales.
Estos últimos, apoyados por las democracias delegacionales tuvieron que
fortalecerse por sí mismos, creando sus propias redes e impidiendo el libre
paso por sus confines territoriales.
–¡Profesor!
Un chico de lacios encrespados pedía la palabra; –¿No era insostenible la vida
entonces?
–Era
toda la vida posible, contestó sereno Ystor; hasta que una alternativa no fue
experimentada no podían preverse sus consecuencias. Hoy ustedes van a
Chapultepec algún fin de semana, mis abuelos pasaban por ahí todos los días, de
camino al trabajo; muy pocos de ustedes han tenido que pedir que les traigan
agua o gas, vienen a la universidad y comen todos los días en casa, tienen una
vida que entonces sólo hubiera sido posible en el primer mundo.
–¿Hay
entonces otros mundos posibles?
–Tantos
como puedas imaginar.
–¿Y
cuándo diría usted que fue el día que el cambio se empezó a dar? El día
preciso.
–Yo
diría, sólo por responder a tu pregunta, que el día que el metro paró. Sí, el
metro –sentenció Ystor–, el metro fue el principio del fin.
La red
de trenes subterráneos que abarcaba casi por completo la antigua capital tuvo
que enfrentar los límites que las delegaciones fueron radicalizando en demanda
de otros servicios y la distribución de energéticos.
El
control de las fronteras lo perdió, al final, el gobierno central, que se había
visto obligado a construir escuelas y hospitales, centros de ocio y mercados y
hasta terminales de distribución de servicios básicos, agua, luz, gas, etc., en
cada uno de los centros delegacionales, pero el fortalecimiento de la
democracia, que hizo posible entonces el surgimiento de nuevas facciones
políticas, se convirtió, al final, en el factor que llevó a la anarquía a un
congreso local sin presencias representativas y con una cantidad ingente de
intereses particulares que atender. Las concesiones del gobierno central, lejos
de contribuir a los acuerdos, provocó un fenómeno entonces de difícil
comprensión. Un sistema de transporte que comunicara la ciudad entera había
dejado de ser una necesidad. Las delegaciones políticas, cuna de las primeras
ciudades independientes del Distrito Federal, habían logrado articular sistemas
locales y regionales, habían acercado las fuentes de trabajo a sus ciudadanos y
hasta habían arrancado al sistema federal compañías propias de generación de
insumos. La gente apreció la nueva calidad de vida que las delegaciones les
ofrecían y se manifestaron en las urnas a favor de la desfragmentación de la
antigua capital.
La
economía centralizada se fue a pique. Con el metro en desuso y los trabajadores
en éxodo hacia sus propios lugares de origen, las compañías del estado también
fallecieron rápidamente. Las provincias del interior del antiguo estado vieron
cómo la descentralización del Distrito Federal favorecía también la
organización local y reprodujeron el movimiento, una transición que Ystor
bautizó como vuelta a casa estatal.
Con la
capital fragmentada el sistema nacional empezó su propio colapso. Los círculos
políticos renunciaron a los alcances interestatales seducidos por los
convenientes de la localidad; prácticamente todas las capitales fragmentaron su
dominio y otorgaron a los pueblos la autonomía. Contra las predicciones de los
economistas del sistema tradicional, la localidad produjo bonanza a los
pequeños pueblos y organizaciones, pero no fue hasta el traslado de la capital
nacional que el mundo vio con sorpresa y agrado lo que pasaba en el otrora D.
F. colosal.
–Después
del caos, las delegaciones se alzaron como ciudades independientes.
Ystor
termina la clase agotado. En la puerta lo espera su asistente, con quien bebe
café antes del almuerzo. En los pasillos los estudiantes lo saludan con respeto
y corren a sus casas a contar a sus padres las historias del México Distrito
Federal. Algunos de sus abuelos pueden recordarla, pero ninguno como el
profesor de la universidad.
–Será
un ciclo corto, es un curso verdaderamente interesante, se comenta en la
cafetería y en el restorán; seguramente nuestros nietos tampoco podrán recordar
nuestras ciudades, porque ya se ve que tendrán que crecer.
No, del
futuro, como la historia nos enseña, no podemos asegurar nada.