La infancia que recuerdo es provinciana. Tiene
todavía juegos que no necesitaban de juguetes: las escondidas, policías y
ladrones, aquel en el que preguntábamos ansiosos ¿lobo, lobo, estás ahí? y el sal
de ahí chivita, chivita, y la chiva que no quería salir de ahí. Eran los
juegos de siempre, los juegos de nuestros padres que las tardes del sábado
aprendíamos en la manada y que podíamos practicar en la semana cuando la
travesura de alguno ponía castigado el balón del salón. Porque eso sí, nada
como el futbol, lo mismo daba si la pelota tenía aire o si era una bola amorfa
que jugueteaba con las corrientes del viento; cualquier patio o pedazo de patio
estelarizaba una final de mundial invariablemente disputada entre Brasil y otro
equipo del mundo, México, Alemania o quien fuera, pero que no faltara Brasil.
Apenas los más afortunados podían cambiar las risas
de nuestros juegos por la perplejidad del atari. Otros jugaban, imitando las
historias de las caricaturas, a que eran robots animados como mazinger zeta o
leones acróbatas como los felinos cósmicos. Hoy hablar del atari es como hablar
de la edad de piedra, los juegos electrónicos han evolucionado –sistemas
nintendo, el play station, la wii o la exbox– y revolucionado a la sociedad; las caricaturas japonesas
incitan a la violencia a los niños, a la lascivia a los más grandes y entre
edad y edad existen brechas tan grandes que hacen imposible su caracterización
en un solo enunciado.
En casa no había atari y las horas de televisión
estaban restringidas; familia provinciana de costumbres provincianas, la
merienda era temprano y antes de las novelas debíamos estar dormidos.
Los reyes magos nos traían balones, bicicletas,
carros de control y muñecos de las Guerras de las Galaxias. Para las niñas
nunca faltaba el juego de té. Con bien poco y mucha imaginación, mis hermanas
jugaban a la casita e inventaban canciones para presentar en sus festivales,
como el Juguemos a Cantar de Lucerito. Ellas tenían de sobra conocida una
colección de cuentos de Julio Verne que luego nos contaban en la mesa,
asombrándonos y haciéndonos imaginar el futuro y la cercanía del año dos mil.
Veinte años después me doy cuenta de que las cosas no son como Julio Verne las
pensó; el dos mil nos alcanzó y la tecnología no se distingue por contar con
grandes máquinas de más de una habitación de extensión, no hay aparatos
voluminosos de comunicación, al contrario, parece que la consigna es hacer las
cosas cada vez más pequeñas; el mejor teléfono es el que ocupa menos espacio en
el bolsillo y la computadora más cara es la que se puede transportar como si
fuera un cuaderno o una agenda.
Una vez traté de leer uno de los cuentos de Julio
Verne, el más corto, pero después de dos tardes de atención voluntariosa decidí
que lo más práctico era ir directo al final y fin de la historia. Mis hermanas
nos impresionaban y se aprovechaban de que nosotros no conocíamos los libros de
la sala; siempre que había que investigar algo como tarea, consultábamos su
memoria antes que cualquier enciclopedia y ellas aprovechaban la ocasión para
obtener favores o parte de nuestro domingo.
Definitivamente prefería el futbol. Sin embargo,
recuerdo perfecto que las historias que contaban mis hermanas me llamaban mucho
la atención porque me parecía fabuloso que la gente pudiera escribir el tiempo,
el futuro, y entonces, casi como un juego, empecé a imaginar que algún día yo
también podría escribir.
Me empecé a interesar por la lectura en la
secundaria, cuando un maestro de español nos obligó a leer Las Batallas en el Desierto y entonces me pareció más sorprendente
aún que escribir el futuro, que alguien pudiera escribir sobre el pasado,
logrando que una persona ajena a ese tiempo –como yo lo era con Las Batallas–, viviera todo tal como se
narraba. Y entonces pensé que si escribía algo alguna vez, tendría que ser
sobre el pasado. Aun sin saberlo descubrí que el hombre es un ser histórico y
totalmente sin darme cuenta de ello, me fascinó.
A partir de Las
Batallas empecé a leer, aunque en un principio no leía otra cosa, pero es
que para mí era como emprender un viaje cada vez en el que me transportaba a un
México lejano, un México de fascinación y desconocido, como si fuera una
película de esas que puedes ver y volver a ver sin llegar a cansarte. Con Las Batallas volaba imaginando el México
de Carlos, un México que yo no había conocido pero que llegaría el momento, lo
sabía, en que lo conocería y estaría en él. Creo que desde entonces supe que
escribiría esto desde la capital.
Me gustaba imaginar que podía platicar de las cosas
de México con Carlos, él en Las Batallas,
había imaginado el lejano 1980; lo esperaba magno y pleno, y yo le contaba,
como si pudiera oírme, que el 1980 había llegado y no era un año de plenitud y
bienestar universal, que no había ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres,
sin violencia, sin congestiones y sin basura, al contrario; las noticias que
leía mi papá en el periódico reprochaban al gobierno la falta de estabilidad en
el país y llamaban a combatir al medio mundo socialista porque de lo contrario
se provocaría la tercera guerra mundial.
No es que las noticias me importaran mucho, en
realidad yo sólo leía de paso los encabezados más grandes y la sección
deportiva, pero mi papá se empeñaba en platicarnos durante la comida la
situación de la sociedad y lo que supuestamente era lo más importante en el
mundo de ese momento. Nosotros preferíamos las historias de mis hermanas. Mi
mamá se la pasaba en la cocina, toda su obligación era preparar las comidas del
día y nunca se le veía haciendo otra cosa que no tuviera que ver con una
estufa. Ella era la única que participaba en las pláticas de mi papá asentando
todo lo que él decía, primero diciendo sí,
luego ajá, luego claro, luego hacía un movimiento con la cabeza acompañado de un
sonido gutural y vuelta a empezar: sí,
ajá, claro.
Cuando pensaba que algún día tendría que escribir
algo sobre mi tiempo, me parecía que debía asombrar a los del futuro con lo
sorprendente de mis años, pero hoy que lo intento, apenas puedo identificar las
cosas que distinguen mi presente. No hay una canción de moda, si la hay dura
muy poco tiempo y cambia por otra, en cambio tenía aprendido de memoria el por alto esté el cielo en el mundo, por
hondo que sea el mar profundo, aunque no sabía ni por equivocación la
tonada; en mi presente las noticias se contradicen unas con otras de un día a
otro y las encuestas buscan una persona que no haya sido víctima de un robo. La
tía de un amigo mío dice que aquí asaltan en cada esquina, y nosotros bromeando
le decimos hombre, que no exagere,
esquina sí, esquina no. Mi mundo cambia a diario, como las marcas de
vanguardia, como el tamaño y la eficacia de los teléfonos celulares, como las
técnicas de video y computación; los medios de comunicación se pelean la
audiencia desatando una apertura que hubiera escandalizado a Carlos y a su
tiempo y todo esto ha hecho imposible mi proyecto de escribir unas batallas en
el desierto.
El rock en español significó para mí el cambio de la
infancia a la adolescencia. Era nuestro propio acto de rebeldía contra la
autoridad que no la soporta, así es que en casa se oyeron a todo volumen desde
Caifanes y su negra tomasa, Botellita de Jerez, Enanitos verdes, Maldita
vecindad y El Tri, hasta Maná y Alejandra Guzmán, pero definitivamente mis
preferidos fueron Café Tacuba. Mi interés especial por el libro que había leído
se encontró con la historia musical de Las
Batallas: Oye Carlos, por qué tuviste que salirte de la escuela esta mañana… Era
simplemente fabuloso; alguien más se había interesado por la historia de Carlos
y Mariana y había hecho de su historia una canción, incluyendo desde luego el por alto esté el cielo en el mundo.
En casa, los rockeros de mis discos, que fueron los
últimos elepés que se vieron de acetato negro, no eran bajados de mariguanos; mira esas caras me decía mi papá, como crees que no se dan sus toques antes de
cantar y empezábamos una discusión sin sentido por las presentaciones de
mis artistas contra Los Panchos, Los Platters o la Rondalla de Saltillo; al
final yo ponía a todo lo que daba un disco de La Maldita que cantaba hey pa’ fuiste pachuco, tam-bién te
reventabas, y entonces sentía que había ganado la pelea.
En la secundaria nos animaban a aprender la guitarra
con canciones de rock. Yo así aprendí algo de música y el requinto con el que
empieza la canción de Café Tacuba. Desde entonces, cada que agarro una guitarra
empiezo a tocar Las batallas.
Esa costumbre mía hizo que un día, estando con un
grupo de amigos, se acercara a mí Paulina, una chica de mi edad que me preguntó
emocionada –¿Te sabes esa canción? –Sí, claro, ¿te gusta? –¿La puedes cantar
por fa? –Es que no sé cantar muy bien. –Anda… Y yo: Oye Carlos, por qué tuviste…
A partir de ese día comencé a frecuentar a Paulina;
a ella también le gustaba la historia del libro de José Emilio Pacheco y aunque
habláramos de otras cosas, el por alto
esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo se convirtió
en nuestra canción oficial.
La adolescencia es una época muy padre, pero nunca
deja de causar problemas; hoy en día dicen que se llega a prolongar hasta los
veinticinco, por lo que mi amistad con Paulina tenía al menos ese elemento de
adolescente, pero no sólo eso, yo no salía con nadie y después de convivir
mucho tiempo con ella empecé a encariñarme. En realidad nunca hablábamos de
temas sentimentales, de hecho creo que era lo que hacía especial nuestra
amistad, que así no corría el riesgo de perderse por truenes de novios o cosas
así que pasaban a nuestro alrededor. Teníamos un amigo, Ricardo, que decía que
su mejor amiga era Dulce, después de un tiempo empezaron a andar y a los dos
meses se odiaban y no podían ni verse; tronaron como chinampinas y sólo porque
unas amigas de ella le dijeron que Ricardo le ponía el cuerno. Tal vez ni era
cierto. Paulina y yo podíamos decirnos los mejores amigos sin tener esa clase
de problemas, hablábamos sin cansancio y nos escribíamos y firmábamos nuestras
cartas APLE, amigos por la eternidad.
Igual y suena cursi, pero era algo que me hacía sentir especial y querido y a
lo mejor por eso me empecé a sentir enamorado de Paulina. Yo estaba seguro que
ella sentía lo mismo por mí, pero no iba a ser yo el que pusiera en riesgo
nuestra amistad. Ricardo me decía que si éramos los mejores amigos la íbamos a
hacer muy bien de novios, pero claro, considerando la experiencia y autoridad
de Ricardo en esos asuntos, mejor me quedé callado. Aún hoy no sé que hubiera
dicho Paulina si yo me hubiera declarado, pero todavía, aunque ya no somos los
amigos que fuimos, a veces me escribe y le contesto y firmamos APLE.
Una vez, recuerdo perfecto que era jueves, Paulina
me llamó muy emocionada para decirme que tenía una sorpresa para mí en su casa.
Era raro que nos viéramos entre semana pero me dijo que era importante, que
tenía que ver mucho con nosotros y que me apurara; en fin, sin pedir permiso
salí corriendo a su casa.
De camino se me ocurrió que tal vez ella se había
dado cuenta de lo que sentía por mí y le urgía decírmelo, pero en el fondo yo
sabía que eso no iba a suceder y me intrigaba la razón de tanto misterio.
Apenas llegar me metió a su cuarto. De paso saludé a
sus papás que jugaban en la sala con sus hermanos; asumí que eran sus papás y
sus hermanos porque en realidad yo nunca había entrado en su casa, cuando iba a
buscarla me abría siempre ella y salíamos. Nunca había visto a sus papás ni a
sus hermanos –un niño y una niña– de los que lo único que sabía era que nunca
estaban en casa y que eran unos bastardos latosos como todos los niños.
El cuarto de Paulina tenía dos camas, una mesa de
computadora, librero, clóset y una infinidad de posters de Luis Miguel; en el
ropero había un viejo tocacintas que encendió y que comenzó a cantar una
canción que me recordó el ritmo de cabaret de las películas de Tin Tán y
Marcelo: Amor es el pan de la vida, amor
es la copa divina, amor es un algo sin nombre, que obsesiona al hombre por una
mujer… –Oye qué es lo que tenías que decirme. –Es eso, cállate, y la
canción: Yo estoy obsesionado contigo, y
el mundo es testigo de mi frenesí, por mucho que se oponga el destino, tú serás
para mí… Amor es el pan de la vida… –Ah.
Y eso qué. –¿Cómo que qué? Escucha con atención: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo,
no habrá una barrera en el mundo, que mi amor profundo no rompa por ti. Yo
estoy obsesionado contigo… –¿Quieres decir que…? –Sí, es la canción… por mucho que se oponga el destino, tú serás
para mí… –Pero ¿cómo la conseguiste? ¿De dónde la sacaste? –Le platiqué a
una tía mía de nuestra canción y ella me consiguió ésta; es de tiempos de mi
abuelita. –Pero es fabuloso, la canción de Carlos. –Exactamente… no rompa por ti, no rompa por ti… –Oye,
es genial, eres fabulosa. –Gracias; ahora ya sabes la tonada original. –Es
fantástico, suena como a película de Tin Tán –Sí, ¿a poco no es padre? –Claro
que es padre, ¿cómo dices que se llama? –Obsesión. –Obsesión, claro, se supone
que Carlos se obsesiona por Mariana. –Pues sí, a mí también me dio gusto
encontrarla, ¡esto es un evento histórico!
Seguimos hablando hasta que me decidí a sacar el
tema. –Oye y hablando de obsesiones, ¿sabes que tengo algo en común con Carlos?
–¿Ah sí? ¿A poco estás enamorado de una mujer más grande? –Más o menos, bueno,
no exactamente, lo que tengo en común es que puede ser una gran regada
decírselo. –Pues entonces no se lo digas. –¿Tú crees? –Pues, si no quieres, no.
–De hecho sí quiero. –Entonces dile. –Lo que pasa es que, mira Paulina lo que
me pasa es que…
–Paulina,
ábreme la puerta; Paulina soy yo… –¡Ash! Es mi hermana Paloma, –¡qué
quieres? –¡Te habla mi mamá! – ¡Voy!
Ahorita vengo y me dices ¿eh?
–Así que tú eres el famoso amigo de Paulina ¿no?– me
dijo entrando una niña de unos trece años vestida de mezclilla y una blusa
naranja. –Pues no sé si famoso, pero sí, soy amigo de Paulina– contesté yo en
tono serio e interesante, como para hacer notar quién era el más grande de la
habitación –Y tú eres la hermanita ¿no? Pensé que eras más chica– le dije
queriéndola ofender –Pues sí, para Paulina todo mundo es más chico que ella…
Me hizo reír; en verdad Paulina podía ser un poco
altiva y entonces tuve que confesar algunas otras cosas. –Mandona. –¡Obsesiva!
–Tal vez un poco presumida. –O presuntuosa, dijo la hermanita, ¡qué palabra
dominguera!
Cuando regresó Paulina nos invitó a los dos a jugar
en la sala, después me platicó que a su mamá no le había parecido que nos
encerráramos en su cuarto y en la parte de abajo de la casa me presentó con
todos. Mi mamá, –mucho gusto señora;
mi papá, –mucho gusto; Javierito, –hola,
y a Paloma la acabas de conocer, –hola,
y ella con una sonrisa cómplice, hola.
No creía que me pudiera estar pasando, Paloma era
una niña con una sonrisa encantadora y se reía con tanta naturalidad que
alegraba a todos en la mesa; a Paulina le molestaba que yo me riera con su
hermana pequeña, a quien además acababa de conocer, pero el resto de la familia
estaba contenta. Casi olvido que me salí sin permiso y le pedí a la señora que
me dejara hablar por teléfono; el propio papá de Paulina se ofreció a llevarme
a mi casa.
Desde ese día las cosas no pudieron seguir igual.
Empecé a hablar a casa de Paulina a la hora que sabía que venía rumbo a mi casa
o cuando estaba seguro de que no la iba a encontrar, y entonces platicaba con
Paloma; cuando Paulina iba al inglés yo iba a su casa y platicaba con su
hermana hasta que ella llegara; me gustaba mucho estar con esa niña y reírnos y
estar viendo sus ojos negros y todo. A su mamá le sorprendía que se me
olvidaran los días en que Paulina iba al inglés, pero yo sólo movía los hombros
sin dar más justificación y me disponía a esperarla en compañía de Paloma.
Creo que fue entonces cuando me empecé a enamorar.
Algo me fascinaba en la voz de Paloma; nadie pronunciaba mi nombre con tanta
ternura y yo imaginaba que le pedía que lo dijera una infinidad de veces. No sé
qué tenía, su cadencia femenina al caminar, la postura siempre recta de su
espalda, la seguridad con que se movía, sus enormes pestañas y la timidez que
ocultaba su negra y brillante mirada; su pelo cayendo sobre los hombros, su
lunar junto a la boca y su modo de reír cubriéndose con la mano; sus brazos
ocultando su cintura y una apariencia de desinterés que convertía en enigma su
mirada. Me daba tanta alegría sorprenderme pensando en ella; ya sabía yo que el
enamoramiento es un sentimiento que te hace permanecer despierto, que te mantiene
alerta, encontrando en todas las cosas los detalles que te la recuerdan y
disfrutando de la soledad que te permite su imaginaria compañía. Y toda esa
alegría se esforzaba por desvanecerse en su presencia, imposibilitada por la
barrera de los años, de los sentimientos, de las costumbres, de los tabúes, de
las distancias, que nos hacen ajenos, o más bien, lejanos.
Así fue como me enamoré de Paloma. Sí, creo que fue
un verdadero enamoramiento; yo mismo podía ver la diferencia entre lo que me
unía con Paulina y lo que sentía por Paloma, pero había una realidad que era
insoportable: Ella tenía sólo trece años y yo casi veinte. ¿Cómo podía un joven
llegando a la madurez enamorarse de una niña de trece? Pues no sé cómo pero
sucedía. Amor es un algo sin nombre, que
obsesiona al hombre por una mujer.
Al principio no fue un gran problema, después de
todo yo era amigo de Paulina, pero después empecé a temer que mi interés por su
hermana fuera tan obvio que preocupara a alguien más en su casa. Me confundía
mucho; a veces pensaba que la timidez de Paloma significaba que yo también le
gustaba, al menos como un amor imposible de esos que se tienen en la
adolescencia, pero cómo podía hablar de amores adolescentes si yo era el
enamorado (yo estoy obsesionado contigo,
y el mundo es testigo de mi frenesí), no podía interpretar con seguridad la
actitud de Paloma. Qué tal si tan sólo era su modo de ser, o qué tal si
efectivamente ella sentía lo mismo por mí, ¿cómo saberlo? Tenía que
preguntarle, pero si no me había atrevido a decirle a Paulina que me sentía
atraído por ella aquella vez en su casa, menos lo iba a hacer con su hermana de
trece años.
Los siguientes días transcurrieron en la misma
confusión; cada que podía invitaba a Paloma a salir con Paulina y conmigo y
ella aceptaba las más de las veces, lo que para mí significaba una tarde
inolvidable, de risas y galanteos. Me intrigaba lo que pudiera pensar ella, a
sus trece, de lo que yo sentía, pero al final ése no era un grave problema si
de cualquier modo estaba cerca de mí.
Así transcurría el tiempo hasta que un buen día
llegó el momento en que fue algo insoportable y exploté. –Paloma, tengo algo
que decirte. –Pues dime. –Lo que pasa es que no sé cómo decírtelo sin que vayas
a pensar mal de mí; es algo bueno y natural, pero a lo mejor te sorprende un
poco. –Dime, pues. –Tú sabes que a todo hombre le llega el momento de estar
cerca de una mujer, y yo creo que para toda mujer también es lo más normal. –Y
quieres saber lo que pienso como mujer ¿no? –Pues sí, más o menos, mira,
últimamente me siento muy atraído, en buena onda ¿eh? y pues no sé exactamente
cómo expresarme. –No tienes que decirlo. –¿No? –No. Se te nota a leguas. –¿En
serio? (De manera que su sonrisa y su mano rozando casi por accidente con la
mía en el cine no era una mera coincidencia; ya decía yo que el modo de
apuntarme con su rodilla por encima de la falda en la sala de su casa era una
señal clara, y la timidez de su mirada, y la cautela de su mano cubriendo su
rostro, y la coquetería de su andar; ya decía yo) –Y yo te voy a ayudar. –¿En
serio? ¿En serio me entiendes? –Claro, no tienes ni que decirlo, y vas a ver
que en bien poco tiempo Paulina te va a decir que sí. –¿Paulina? pero… –Sí,
Paulina, ¡picarón eh? –No, lo que pasa es que, Paloma, yo… –¡Ay! ¿No me digas
que no te gusta Paulina? –Pues es que… me gusta más su hermana…
Silencio.
Una mirada que no conocía en Paloma me interrogó
ansiosa. (No. No estábamos hablando de lo mismo, ella era una niña; debí
suponerlo, pero cómo iba a saberlo. ¿Y ahora? ¿Qué voy a hacer? ¡Animal! Todo
estaba en tu fantasía…) –¡Ah verdad? ¡Quería saber qué cara ponías! No te creas
¿eh? era broma. Y ella seria –Ya
sabía que era broma. (Cómo pude creer que Paloma… Con la primer mirada entendí
que ella apenas despertaba a la curiosidad de mi relación con su hermana y
seguramente ahora estaba pensando que hablaba con un depravado o un desubicado
cualquiera, ¿qué hacer ahora?) –Pero
entonces ¿me vas a ayudar con Paulina? –Claro. Déjamelo a mí y ya verás.
Después de esa tarde no podía evitar los nervios
cuando iba a su casa; Paloma había creído que yo me había acercado a ella para
solicitar ayuda con su hermana cuando en realidad había querido decirle lo que
sentía por ella; me daba tanto coraje pensar en mi inmadurez, en lo tonto que
es para un chavo de veinte enamorarse de una niña. No. No podía ser.
Poco a poco dejé de frecuentar a Paulina y de ver a Paloma;
el desconcierto que se gestaba en mi cabeza necesitaba un descanso y yo tenía
que dármelo por salud mental.
Aquella llamada además de sorpresiva resultó
desgarradora. Desde el otro lado de la línea Paulina me reclamó mi lejanía pero
sabiendo todo lo que en realidad sucedía. Yo argumenté las tareas de la escuela
y ella con mucho tacto fue desviando la conversación hacia Paloma. Los nervios
me fueron traicionando de manera que era clara la incomodidad que me causaba el
tema. Después de un rato de dar vueltas al asunto, Paulina fue al grano: –Por
accidente mi mamá escuchó una conversación por teléfono de mi hermana. –Ajá.
–Paloma presumía con una amiga sobre su pegue con los hombres y cuando se le
acabaron los recursos sacó algo tuyo. –¿Ah sí? ¿Y qué dijo? –Imagínate, se
inventó que tú habías intentado hacerle una declaración amorosa. –¿Eso dijo?
(De pronto sentí cómo la sangre se me iba a la cabeza y el color se me subía al
rostro; casi sin querer me tembló la mano con la que detenía la bocina y esperé
con mil cosas pasándome en la cabeza la respuesta a mi tonta pregunta.) –Pues
sí, eso dijo. Yo estoy muy enojada con ella, porque con su invento ha
ocasionado que mi mamá despotrique en contra tuya, ya ni quiere que te
aparezcas por la casa; a Paloma le castigaron el teléfono y sólo después de
mucho rogarle aceptó que yo te hablara para aclarar todo este rollo que ha
ocasionado la mentira de mi hermana… ¿Estás ahí? –¡Sí! Sí, aquí estoy, es que
estaba pensando en lo que me decías. –Entonces, ¿vas a venir a hablar con mi
mamá para aclarar esto?... ¿Me estás oyendo? –Sí, sí, perdón, lo que pasa es
que estoy en exámenes. –Pues acabando exámenes, es que no es justo que piensen
eso de ti. –Sí, no es justo, pero pues entonces yo te aviso ¿va? –Sí, háblame
pronto ¿quieres? –Sí, claro.
Justo entonces perdí la batalla y no hubo por alto
que esté el cielo en el mundo.
Nunca le hablé a Paulina para aclarar las cosas y
nunca más volví a su casa. Le escribí una carta donde le explicaba todo lo que
sentía por su hermana y la pena que esto me causaba; en realidad no entendía
–como Carlos– que ellos no pudieran
entender que uno simplemente se enamora de alguien, ¿tiene eso algo de malo?
Ella respondió a mi carta diciéndome que no podía creer que fuera cierto, que
yo estaba mal pero que siempre contara con ella como amiga. Ocasionalmente
llega a mi casa alguna tarjeta que firma APLE y que evita el tema. Hace poco la
descubrí en un centro comercial besando a un niño que le llegaba al hombro.
A Paloma no le volví a hablar, no sabía si mi
enamoramiento le podía ocasionar algún problema y pensé que lo mejor era
desaparecer. Desde entonces no la he vuelto a ver ni a saber nada de ella. A
los conocidos evito preguntarles por lo que hace o cómo se encuentra y sólo me
queda lo que mi fantasía se va figurando sobre su vida. A veces imagino que ni
se acuerda de mí y que va a la escuela como todos y que tiene un novio de su
edad y todas esas cosas, pero a veces pienso que no ha podido olvidarse de lo
que provocó en un remedo de adulto y que se jacta de ello, o que fue un golpe
tan duro que la ha alejado de toda relación con hombres. Pero todo esto no son
más que tonterías de mi imaginación.
Aún no me he vuelto a enamorar. Sigo estudiando y
vivo solo en un departamento que rento por pocos pesos al mes. Siempre me
acuerdo de Paloma y cada vez menos entiendo lo que aún ahora siento por ella. A
veces me digo que es una clásica rebeldía contra el mundo adulto que me niego a
aceptar; a veces pienso que es mi adolescencia prolongada, a veces trato de
convencerme de que nunca voy a madurar, pero al final de cuentas creo que es
algo más sencillo: Amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre por una
mujer.
Paloma debe estar ahora llegando a los dieciocho.