Pocos espectáculos hay más bellos en la vida que ver
a un niño aprender a hablar. El hijo de mi hermana perfecciona su erre, y
aunque todavía dice «sabo» por «sé», es asombroso descubrir que sus palabras
trascienden la realidad que ve, que no sólo señala
cosas, que habla de sentimientos, que da a entender afecciones y que, aun con
su limitado acervo, llena una tarde y más de un par de vidas de sentido.
Algo de sagrado tiene la
palabra, tanto que a mí me parece que el regalo del dios del Génesis no es el
paraíso, sino la posibilidad que tienen Eva y Adán de dar nombre a las cosas y
así dominarlas, porque el que nombra posee, el que nombra crea.
Tal como el mundo, el
lenguaje nos precede; antes que cualquiera de nosotros, el lenguaje ya era. Apenas
nacemos y todo es palabra, ella nos recibe con gritos y bienvenidas y nos
enseña a decir a los nuestros y a referirnos a las cosas que vemos. Por eso el
lenguaje es también querencia, es juego; la palabra es poema, es canción.
Lo no-nombrado, eso, es lo
desconocido, lo turbulento; las palabras, en cambio, son divinas, como divino
es el milagro de escuchar tu nombre de labios de una
mujer, como divina es la palabra «madre» y la palabra «yo»; como divinas son las
palabras «te amo».
Recuerdo
muy bien la primera clase que tuve con el profesor César Rendón en el auditorio
de la casona que albergaba
Dales la
vuelta,
cógelas del
rabo (chillen, putas),
A
cada verso su voz se oía más nítida y sus ojos adquirían un color que no habíamos
notado antes, oculto tras el reflejo de unas gafas fotogrey. También los anteojos los dejó sobre el escritorio y ante
la sorpresa de todos, se sacó la camisa y comenzó a desabotonarse lentamente
mientras proseguía:
azótalas,
dales azúcar
en la boca a las rejegas,
ínflalas,
globos, pínchalas,
sórbeles sangre
y tuétanos,
Con
un poco más de esfuerzo, pero sin perder el ímpetu con que sus palabras nos
taladraban los oídos, se desabotonó también los puños de la camisa:
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo
galante,
tuérceles el
gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas,
toro,
buey,
arrástralas,
Ya
desprendido de la camisa, los alumnos –atónitos– pudimos seguir el poema
impreso sobre la camiseta negra interior, unos versos que hubiera podido tener
tatuados sobre la piel, o tal vez los tenía, pero la camiseta no nos los dejó
ver:
hazlas,
poeta,
haz que se
traguen todas sus palabras.
No
sabíamos si era correcto aplaudir, lo hicimos, seguramente, para que los
aplausos disfrazaran nuestras ganas de llorar de emoción. Teníamos delante un
hombre que habíamos visto agigantarse ante nuestros ojos mientras recitaba un
poema. La pasión con la que el maestro Rendón presentó aquella clase despertó
en los que lo oímos un extraordinario deseo por usar las palabras, por soñar y
volar montados en algunas de ellas, por desplumarlas, por destriparlas, por
hacerlas nuestras.
Esta
sensación, la de poseer la palabra, era la que provocaba una conversación con otro
de nuestros profesores, Don Arrigo Coen; si ciertamente, nombrar es poseer, el
maestro Coen era dueño del mundo entero, hasta un simple saludo, viniendo de
él, era una lección lingüística, un encuentro que te dejaba con la emoción de
haber recibido un saludo de palabras precisas, preciosas, las palabras que
había escogido para ti un hombre que de palabras sabía mares, y que te bañaba
de la sensación de creador, del que domina lo que ve y lo que no.
Hace
años la palabra perdió a estos dos de sus mejores amantes. Pero ella, ella
sigue viva.
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