LA PALABRA

Pocos espectáculos hay más bellos en la vida que ver a un niño aprender a hablar. El hijo de mi hermana perfecciona su erre, y aunque todavía dice «sabo» por «sé», es asombroso descubrir que sus palabras trascienden la realidad que ve, que no sólo señala cosas, que habla de sentimientos, que da a entender afecciones y que, aun con su limitado acervo, llena una tarde y más de un par de vidas de sentido.
Algo de sagrado tiene la palabra, tanto que a mí me parece que el regalo del dios del Génesis no es el paraíso, sino la posibilidad que tienen Eva y Adán de dar nombre a las cosas y así dominarlas, porque el que nombra posee, el que nombra crea.
Tal como el mundo, el lenguaje nos precede; antes que cualquiera de nosotros, el lenguaje ya era. Apenas nacemos y todo es palabra, ella nos recibe con gritos y bienvenidas y nos enseña a decir a los nuestros y a referirnos a las cosas que vemos. Por eso el lenguaje es también querencia, es juego; la palabra es poema, es canción.
Lo no-nombrado, eso, es lo desconocido, lo turbulento; las palabras, en cambio, son divinas, como divino es el milagro de escuchar tu nombre de labios de una mujer, como divina es la palabra «madre» y la palabra «yo»; como divinas son las palabras «te amo».
Recuerdo muy bien la primera clase que tuve con el profesor César Rendón en el auditorio de la casona que albergaba la Escuela de Escritores de Coyoacán, en México. Después de verificar la asistencia y reconocer la cara de los nombres de su lista, el profesor comenzó la lección. Se levantó, se acercó a nosotros, y habló de la palabra, aunque más que hablar parecía que cantaba, citando a Borges y a Sor Juana, a Homero y a Fuentes. Dejó el sombrero sobre la mesa y, sin dejar de hablarnos, se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de la silla mientras recitaba a Octavio Paz:
Dales la vuelta, 
cógelas del rabo (chillen, putas), 
A cada verso su voz se oía más nítida y sus ojos adquirían un color que no habíamos notado antes, oculto tras el reflejo de unas gafas fotogrey. También los anteojos los dejó sobre el escritorio y ante la sorpresa de todos, se sacó la camisa y comenzó a desabotonarse lentamente mientras proseguía:
azótalas, 
dales azúcar en la boca a las rejegas, 
ínflalas, globos, pínchalas, 
sórbeles sangre y tuétanos,
Con un poco más de esfuerzo, pero sin perder el ímpetu con que sus palabras nos taladraban los oídos, se desabotonó también los puños de la camisa:
sécalas, 
cápalas, 
písalas, gallo galante, 
tuérceles el gaznate, cocinero, 
desplúmalas, 
destrípalas, toro, 
buey, arrástralas, 
Ya desprendido de la camisa, los alumnos –atónitos– pudimos seguir el poema impreso sobre la camiseta negra interior, unos versos que hubiera podido tener tatuados sobre la piel, o tal vez los tenía, pero la camiseta no nos los dejó ver:
hazlas, poeta, 
haz que se traguen todas sus palabras.
No sabíamos si era correcto aplaudir, lo hicimos, seguramente, para que los aplausos disfrazaran nuestras ganas de llorar de emoción. Teníamos delante un hombre que habíamos visto agigantarse ante nuestros ojos mientras recitaba un poema. La pasión con la que el maestro Rendón presentó aquella clase despertó en los que lo oímos un extraordinario deseo por usar las palabras, por soñar y volar montados en algunas de ellas, por desplumarlas, por destriparlas, por hacerlas nuestras.
Esta sensación, la de poseer la palabra, era la que provocaba una conversación con otro de nuestros profesores, Don Arrigo Coen; si ciertamente, nombrar es poseer, el maestro Coen era dueño del mundo entero, hasta un simple saludo, viniendo de él, era una lección lingüística, un encuentro que te dejaba con la emoción de haber recibido un saludo de palabras precisas, preciosas, las palabras que había escogido para ti un hombre que de palabras sabía mares, y que te bañaba de la sensación de creador, del que domina lo que ve y lo que no.


Hace años la palabra perdió a estos dos de sus mejores amantes. Pero ella, ella sigue viva.


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