CALORES



Ya hará calor

y tendrás que deshacerte del suéter rojo ése de las dos trenzas.
Hará calor, vas a ver, y no aguantarás la mezclilla en los muslos ni la piel encima de los pies,
ya verás que hará calor y no querrás ponerte el blazer, ni la chamarra, ni encima-de-todo el sobre todo azul.

Hará calor, yo te lo digo, y no habrá americana que te cubra los hombros y disimule lo demás.
Créeme que hará calor, y no querrás saber de abrigos, ni de chalecos o chaquetas,
va a hacer calor, yo ya lo espero, y entonces el verano te traerá ligera, a que te bañe el sol.

Y no habrá cazadora que proteja tu espalda de mis manos
ni chaquetón que impida que te cubras de mí

Hará calor, ya está haciendo, y ninguna prenda te quitará
el calor de mi cuerpo

prendado del tuyo
y del calor.



INVENTO PARA LA LLUVIA

En casa había un paraguas inútil; tenía la figura de un águila real en el mango que sólo servía para adornar los brazos. Se utilizaba en temporada de lluvias, desde luego, pero siempre en lugares cerrados; nadie que lo conociera se hubiera atrevido a desplegar aquella madeja de alambres cubiertos por un hule oscuro disimulado. Los que sabíamos el secreto reíamos por anticipado cada vez que el paraguas desaparecía de la esquina del comedor; si llueve –y llovería–, veríamos al menos a uno escurriendo en la puerta, muy elegante, con su mango de águila colgando al brazo.
A don Julián lo oíamos quejarse de los paraguas todo septiembre; salía poco a la calle, pero invariablemente cuando llovía demasiado; “es que llueve con rencor” –decía– “y el agua no sólo cae, también levanta, y es porque no quiere que nada quede seco, nada”.
Ahora que veo a la gente de paraguas y empapada, le doy la razón; la lluvia no sólo cae, también levanta, los paraguas cubren los hombros y –si se es suficientemente inteligente– la cabeza, pero no hay paraguas ni para los brazos, ni para los pies.
En el caso de Julián la lluvia no sólo lo mojaba, el asunto de los paraguas lo fue obsesionando; al principio pensamos que tanta queja era puro achaque, pero el viejo empezó por comprar cuanto modelo de paraguas se le ponía enfrente, grande o chico, barato o no, de cualquier color; hasta el paraguas del águila en el mango llegó a interesarle, “pero ni siquiera abre don Julián; qué importa, el aguilita espanta la lluvia...”
Luego le quitó también la razón, fue exacto cuando don Julián se hizo inventor. Inventaba cosas para no mojarse “los paraguas no sirven” dijo un día mientras salía cubierto de plástico a la calle, y uno lo veía probando inventos en medio de la lluvia, y la gente se asomaba nada más a verlo y para reírse un poco; un día de esos hasta el nombre perdió, a alguien se le ocurrió que debía llamarse Ciro y Julián terminó por abandonarse y firmar como Ciro, el inventor.
Un día Ciro salió con unos enormes zapatos de goma, de la suela les salían unos alambres unidos por una especie de tela impermeable circular, como unos paraguas, pero en los pies, y trataba Ciro de caminar abriendo tanto el compás como para no tropezarse en el movimiento de zapato, armatoste y pie. Desafiaba la lluvia, pero era tanto su empeño en no mojarse andando en medio del agua que volvía hecho una sopa, ahogado hasta las orejas, colgando con los inventos en la cabeza para poder ver mientras terminaba de llegar.
Ayer encontré a Ciro en la cantina, había llovido a cántaros y yo llegué corriendo hasta la barra de don Rodrigo, desde donde Ciro veía el agua caer; ¡qué lluvia señor doctor! Dije yo escurriéndome completo, llueve como si nunca más fuera a volver a llover, “llueve con rencor”, suspiró Ciro y entonces lo reconocí, no disimulé la sorpresa de encontrarlo y Ciro, aunque no me conocía, adivinó la sorpresa en mi expresión, “no”, dijo, “ya no me mojo”, y de verdad que estaba seco Ciro, seco en un día de lluvia, ¿inventó al fin el modo de no mojarse? Sí, contestó seco, ya no salgo si llueve.
Fue una respuesta triste, luego de hablar el viejo siguió viendo cómo llovía por debajo de la puerta; yo no pedí nada, me saqué la chamarra hasta la cabeza y me volví a caminar.



EVA

Es un nombre corto. Casi un grito, o un lamento. Cuando lo dices sin cuidado parece que se te pierde víctima de la espiración, o que se confunde con el aliento que derrama su fuerza a medida que gana en voz y pierde en eco.
Es un nombre rápido resuelto medio atropellado; en un segundo se diluye en el ambiente o te martilla un cariño pinchándote donde mero está el recuerdo, donde exacto duele la ausencia.
Eva.
Es un nombre fuerte, decidido, diligente. Temerario se apuesta sobre el aroma de una mujer, a la que llama entre grito y suspiro, con prisa y lamento, de amor y de recuerdo.
Eva.
Ligero y febril nombre de mujer.
Un sábado conocí a Eva; sabía de ella y de su vencedor, posesión de los halagos de sus manos, pero no sabía de su cara ni del disimulo de su mal; sabía que debía ser una mujer, de su libertad y de su entrega, mas no sabía lo que luego me dijo su mirada entrañable y desasida que amorosa se posaba y acogía y abrigaba la espalda de su Alejandro, devoción de sus ojos y sus brazos, de sus pasos y sus caprichos.
Supe y no supe de Eva, hasta puedo contar las veces que nos saludamos, mas no sé si algún día sabré qué hay en una mujer que mueve a poesía.
No conocí y conocí a Eva, pero puedo decir que lo que sea que hay ella lo tenía y saber, aunque no sepa, porqué Eva significa compañera.
No sé más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa, a recuerdo, y a compañera.
Es menos lo que sé.
Sé que un nombre sobre una mujer es esencia. Que nombre y esencia evocan, llaman, imploran y suspiran, y piden y acompañan; que nombre y esencia al final son palabras, que palabras son ilusión, amor y religión, miedo, muerte y vacío.
Sé que las palabras encierran sentidos, como la palabra siempre, o la palabra mío; sé que los sentidos no alcanzan, que argumentan y se enfrentan, usando palabras, como desencanto, o la palabra hastío, sé que hay cosas para las que no hay palabras. Ni nombres. Ni sentidos.
Es más lo que no sé.
No sé por qué, si las palabras faltan, no hacen juicio los cariños, o los ojos, o las manos, o lo que sea que diga lo que no dicen los sentidos.
No sé por qué no solamente lo decimos.
De Eva sé que lo dijo, yo lo escuché de su brazo apoyando a Alejandro y de su nombre de suspiro que me suena a seguro, a lealtad y a todo. Lo escuché de la inspiración del poeta que me lo dijo con los ojos, con la entrega, con las hijas y las letras. Lo escuché no sé dónde, nadie me lo dijo, lo escuché en las noticias, o en el ambiente.
No supe más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa y a recuerdo. Y a compañera.