En casa había un paraguas inútil; tenía la figura de un águila real en el mango que sólo servía para adornar los brazos. Se utilizaba en temporada de lluvias, desde luego, pero siempre en lugares cerrados; nadie que lo conociera se hubiera atrevido a desplegar aquella madeja de alambres cubiertos por un hule oscuro disimulado. Los que sabíamos el secreto reíamos por anticipado cada vez que el paraguas desaparecía de la esquina del comedor; si llueve –y llovería–, veríamos al menos a uno escurriendo en la puerta, muy elegante, con su mango de águila colgando al brazo.
A don Julián lo oíamos quejarse de los paraguas todo septiembre; salía poco a la calle, pero invariablemente cuando llovía demasiado; “es que llueve con rencor” –decía– “y el agua no sólo cae, también levanta, y es porque no quiere que nada quede seco, nada”.
Ahora que veo a la gente de paraguas y empapada, le doy la razón; la lluvia no sólo cae, también levanta, los paraguas cubren los hombros y –si se es suficientemente inteligente– la cabeza, pero no hay paraguas ni para los brazos, ni para los pies.
En el caso de Julián la lluvia no sólo lo mojaba, el asunto de los paraguas lo fue obsesionando; al principio pensamos que tanta queja era puro achaque, pero el viejo empezó por comprar cuanto modelo de paraguas se le ponía enfrente, grande o chico, barato o no, de cualquier color; hasta el paraguas del águila en el mango llegó a interesarle, “pero ni siquiera abre don Julián; qué importa, el aguilita espanta la lluvia...”
Luego le quitó también la razón, fue exacto cuando don Julián se hizo inventor. Inventaba cosas para no mojarse “los paraguas no sirven” dijo un día mientras salía cubierto de plástico a la calle, y uno lo veía probando inventos en medio de la lluvia, y la gente se asomaba nada más a verlo y para reírse un poco; un día de esos hasta el nombre perdió, a alguien se le ocurrió que debía llamarse Ciro y Julián terminó por abandonarse y firmar como Ciro, el inventor.
Un día Ciro salió con unos enormes zapatos de goma, de la suela les salían unos alambres unidos por una especie de tela impermeable circular, como unos paraguas, pero en los pies, y trataba Ciro de caminar abriendo tanto el compás como para no tropezarse en el movimiento de zapato, armatoste y pie. Desafiaba la lluvia, pero era tanto su empeño en no mojarse andando en medio del agua que volvía hecho una sopa, ahogado hasta las orejas, colgando con los inventos en la cabeza para poder ver mientras terminaba de llegar.
Ayer encontré a Ciro en la cantina, había llovido a cántaros y yo llegué corriendo hasta la barra de don Rodrigo, desde donde Ciro veía el agua caer; ¡qué lluvia señor doctor! Dije yo escurriéndome completo, llueve como si nunca más fuera a volver a llover, “llueve con rencor”, suspiró Ciro y entonces lo reconocí, no disimulé la sorpresa de encontrarlo y Ciro, aunque no me conocía, adivinó la sorpresa en mi expresión, “no”, dijo, “ya no me mojo”, y de verdad que estaba seco Ciro, seco en un día de lluvia, ¿inventó al fin el modo de no mojarse? Sí, contestó seco, ya no salgo si llueve.
Fue una respuesta triste, luego de hablar el viejo siguió viendo cómo llovía por debajo de la puerta; yo no pedí nada, me saqué la chamarra hasta la cabeza y me volví a caminar.

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