Esta mañana cayó el
otoño. Después de tanta demora pensaba que el invierno llegaría sin preludio y
que no haría falta echar de menos despertar con luz: Un día u otro el amanecer
se retrasaría, como quien se queda en la cama, enredándose en un par de brazos
amodorrados, sin prisa para desayunar.
Ya habían salido a la
calle los primeros puestos de castañas, invocando el frío con sus braseros de butano
o de carbón; las bermudas empezaban a sentirse amenazadas por los escaparates
otoñales y los pies resecos se encogían de dedos, resignados a otro día de
sandalias, expuestos al calor.
A alguno, en el
metro, se le oyó toser; las chicas, sorprendidas, se frotaban las piernas desnudas,
entumido el atuendo primaveral; yo me envolví en los bolsillos pretendiendo ser
tacto en manos de mujer. Para entrar en calor.
Este suéter huele a
guardado, pensé, descubierto por un suspiro que no me salió del aliento sino
del recuerdo de otras piernas y otros brazos, acariciados por el sol.
Extrañaba del otoño
la nostalgia de una sonrisa y el recuerdo de un verano que terminó ayer.

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