No Padre, si antes no era igual, antes
venían todos y se hacía todo como en el pueblo; ahora somos muy pocos y sin
dinero, pero en el pueblo sí, siguen haciéndolo cada año, pero es que son más,
y luego fíjese, hay un mayordomo por cada día santo. Hoy por ejemplo, después
de lo del lavatorio, sale todo el pueblo del templo con sus faroles,
acompañando a Jesús pues, al que le dicen el nazareno, hasta donde mismo le
dicen el huerto de los olivos, aunque no hay olivos pues, pero así le dice la
gente. Ahí llegan todos menos un grupito que son el Judas, y que se van por
otro lado para encontrar al nazareno de frente, y ahí lo toma el otro grupo y
la gente le dice que ya está preso y se lo llevan al pretorio y hasta hacen una
reja con carrizos y ahí pasa la noche y las mujeres le ponen veladoras y están
ahí pues, como si mismo fuera Jesús preso.
Ya el viernes lo sacan como a las doce y
le ponen encima la cruz, y saca también la gente a la dolorosa, para la via
crucis. Aquí ni santitos tenemos, había un pascualito que sacábamos para el
sábado de gloria, pero no, ya no. De aquí todos se van mejor pa’l pueblo, aunque
le digo que antes era igual mismo aquí, pero ya tiene mucho que cambió la
gente. Se empezaron a ir de la Iglesia desde el 50 para acá, cuando empezó a
venir el gringo y venían los aviones tirando nuevos testamentos y papelitos que
luego nadie leía porque en ese entonces casi nadie sabía leer, y como el
párroco del pueblo pasaba nomás cada año, pues el gringo se dio vuelo
espantando a la gente y enseñándole dizque la Biblia y a cantar. No, yo estaba
chamaco, casimente como Isidoro, mi nieto, pero ya tenía mi inteligencia yo, y
no me dejé engañar. Luego por el 56, cuando vinieron los judiciales, ahí sí pos
nos tuvimos que ir todos con el gringo porque los soldados andaban tomando
preso a todo mundo; decían que había guerrilla y en casa de mi papá encontraron
un fusilito máuser y lo anduvieron siguiendo hasta que lo mataron por Tlapiche.
A mi abuelo también lo buscaban, pero él se huyó por acá por el monte; mi
abuela había sacado de la casa un salonsito y sacó el rifle en las narices de
los judiciales, metido en las enaguas, y no encontraron más armas ni nada pero
de todos modos también mataron al abuelo ahí en Guigovelaga, cuando les iba
huyendo a los polecías.
Después de eso el gringo hizo lo que quiso
con la gente; el cura ya no venía ni una vez al año, que porque castigo, y ahí
nos tenía el otro a todos cantando para que no vinieran los soldados, y la
mitad de la gente ni sabía pues lo que era que cantaba, nomás repetía así, lo
que le decía el gringo que repitiera. Y la gente misma pensaba que estaba bien,
que era cosa de la Iglesia, y hasta cuando iban allá a Ixcuintepec saludaban al
cura, el de la parroquia y «¿Cómo está la gente?» –Bien Padre, bien, allá lo
esperamos para Pascua.
Pero ni en Pascua venía, ahí se pasaba por
el miércoles y luego se seguía pa’l pueblo, y nosotros acá sin Pascua ni nada.
Yo cuando podía pues me iba al pueblo, pero hasta el sábado, porque la mazorca
no dejaba, no por el tiempo sino porque no faltan los malosos que secan todo en
un rato.
El gringo explicaba que teníamos que hacer
diferentemente lo de la Pascua; yo le digo que tenía mi inteligencia y me apunté
pa’ intérprete, pero pos le traducía a la gente que lo que el gringo decía era
que teníamos que ir a Pascua a Ixcuinte, porque allá eran más y se hacía más
bonito. Preferiblemente así a que todo el pueblo se pasara con él, ¿no cree,
Padre? Luego empezaron los pleitos por mis traducciones, pero ya habían pasado
años y meses cuando se dieron cuenta y tuve que irme al otro rancho, allá, al
del Ocotal que le dicen, y allá me quedé, y me casé con Ernestina, la hija de
Casimira, mi prima, que le iba a dejar la tortilla a mi tío Eufrates todos los
días desde Santa Isabel.
Cuando regresé fue porque ya estaba acá
Tina, mi’ja la grande, y ya el Isidoro estaba abandonado de la mujer y con su
chamaquito chiquillo; así estaba el mocosito, así mire, y entonces pues me
vine, que al fin y al cabo ya había enterrado a la Ernestina y ya ni estaba el
gringo ni nada. Me contaron que lo fueron a dejar allá por la barranca, luego
que desapareció el pascualito de la capillita, y que además no les dejaba hacer
el sacrificio en el monte y que las cosechas andaban malas.
Pero pues ya estaban los pentecostales y
los advenetistas o quién sabe cómo se llamen, vaya usté a saber, y los del
sábado, que les tenían casa de cemento a todos los que se pasaban para allá,
así que lo del Jueves Santo ya tiene tiempo que no se hace. Antes sí, pero
antes, cuando yo era chamaco, casimente como Isidoro, el hijo de Isidoro mi’jo;
ahora la gente que quiere se va para Ixcuinte, allá hay banda y les dan mezcal
pa’ la noche, porque la gente se queda ahí, afuera de la parroquia, y pues da
frío, y el señor cura se hace el que no se da cuenta por una vez, y como ni se
mete con ellos, ni les dice nada de la matadera de gallinas en el cerro, pues
la gente vuelve, pero lo que es aquí no, ya tiene tiempo que no se hace.

