Hoy te vi.
Últimamente veo gente. Gente que no debería. Tu eras la chica de la bicicleta, llevabas la blusa esa a rayas que tanto te gusta y los vaqueros negros. Parecía que apenas alcanzabas los pedales y que perdías el equilibrio, pero no, avanzabas sin prisa y en las esquinas te sostenías del poste para no bajar los pies mientras esperabas el verde del semáforo.
Ya me había pasado; una vez vi al licenciado Hernández con aquel viejo traje de pana marrón cruzando Aragó, pero qué haría el licenciado Hernández por l’eixample o su viejo traje de pana marrón en una ciudad como ésta. No lo sé. Veo gente así.
También me pasó con Rosita, la secretaria del Director; con una mano arrastraba un bastón y con la otra se sostenía de una chica. La chica era Jose, aquella niña de la escuela que le gustaba a Tano, pero ni Jose conoce a Rosita ni Rosita usa bastón. Es el tipo de gente que veo, gente que podría haber olvidado, gente extraña en la cara de otra gente extraña; uno que podría ser el de la tienda de la esquina, una que bien sería la del café de por la casa. Desconocidos.
Siempre desconocidos. Salvo esa vez que te vi en la bicicleta. Yo trotaba por el circuito de la Diagonal y tú más bien fresca por el carril bicing. En cada esquina te pasaba con mi paso acelerado pero tú me alcanzabas media cuadra adelante, cuando el semáforo te abría la oportunidad.
La primera vez pudo sorprenderme, vi a un vecino mío que se metió de militar pero ahora llevaba el pelo largo; a nada estuve de preguntarle por su madre y sus hermanas pero era una idiotez. También me pasó con Sofía, una compañera de la facultad de la que juraba había olvidado su nombre hasta ese día que la vi en la cara de la mujer que usaba el listón ancho que ella nunca se quitaba.
Te asustaste cuando te saludé, pero yo, yo es que sin pensarlo dije ‘hola’, aunque apenas lo hice me di cuenta que saludaba a una desconocida que me había recordado tus ojos y tu silueta.
Y aceleré el paso, tu vacilaste un poco y ya no te vi, pero en el semáforo me alcanzaste y me escudriñabas la cara tratando de entender por qué te había dicho, con un acento extraño, ‘hola’.
“¿Te conozco?” Me preguntaste, y entonces supe que de verdad podrías ser tú, con tus ojos esos negros que ya solitos son una pregunta y un cierto aire más bien de despreocupación.
“No”, te dije, y aceleré el paso apenas se ponía el verde para el peatón.
Pero tú ibas en bicicleta y al poco me volviste a alcanzar, tan tranquila, y yo no dejaba de pensar “podría ser ella”.
Si tan solo tuviera bicicleta.
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