Algo hay tan evidente como la muerte y es la vida
Morí un 29 de septiembre de no me acuerdo qué año; siempre fui malo
para las fechas. Habíamos estado festejando, de eso sí me acuerdo, porque era
el día de mi santo: San Miguel Arcángel.
Yo estaba tomado pero alcancé a escuchar que había sido una bala
perdida y luego una voz al oído me dijo arrepiéntete de tus pecados. Hasta la
borrachera se me cortó; las palabras ésas me aterraron, supe que moría e
imaginé que en prontito estaría frente al mismísimo dios.
Yo estaba tomado pero alcancé a escuchar que había sido una bala
perdida y luego una voz al oído me dijo arrepiéntete de tus pecados. Hasta la
borrachera se me cortó; las palabras ésas me aterraron, supe que moría e
imaginé que en prontito estaría frente al mismísimo dios.
A mis amigos se les había ocurrido una fiesta sorpresa y a falta de
mejor lugar escogieron la azotea de Joaquín, justo detrás del templo de San
Miguelito. Era la mera fiesta del barrio, por eso nadie se quejó de que
tuviéramos una fiesta en la azotea. Desde ahí veíamos el argüende que se montó
en la parroquia; hasta lucha libre hubo.
Fue un día malo para morir; digo, era el festejado y arruiné la
fiesta. Aunque después de la bala ya no supe mucho más, a lo mejor ni se arruinó
nada y yo pensando que sí; la verdad es que ya ni pensé. Cuando me di cuenta de
que estaba muriendo me acordé de las cosas que el Padre Juanito me enseñó en el
catecismo y traté de hacer eso de pensar en mis pecados, como me dijo la voz en
mi oído, pero como ya se me estaba yendo el dolor de cabeza ya ni me preocupé,
más bien imaginé que todas esas cosas iban a aparecer solitas, como en una
película, o que san Pedro me las iba a recordar en la puerta del cielo.
Si he de ser sincero, más bien como que me desilusioné de la muerte. No.
Ni dios ni un túnel con luz, todo lo contrario; la oscuridad cubrió lo visible
y por más que quise abrir los ojos ya no hubo más. Por eso los muertos se quedan
con los ojos abiertos, buscan la luz que se les está yendo y la cara de
angustia es porque no pueden detener lo que ya está pasando. Así dicen, que todo
tiene remedio menos la muerte.
Luego pensé que vería a la calaca flaca, vestida de negro y con su
huadaña al hombro, pero tampoco; no hubo ni calaca ni catrina. Mi última
esperanza fue ver en espíritu lo que pasaba a mi alrededor, pero la reja de la
azotea yéndose al techo fue lo último que vi y el arrepiéntete de tus pecados
lo último que oí. De veras que desde entonces ni veo ni oigo nada, nada de
cuerpos fantasmales ni de abismos profundos llenos de fuego; nada de ángeles ni
cortes celestiales. Es difícil aceptarlo después de tanto folclor, pero morir
es mucho más simple.
No es que me guste haber muerto así, pero pos ya muerto no hay mucho
que hacer; ni quién te pregunte o cómo escoger. Tampoco es que me preocupe
haber muerto de esta manera, o que piense que estuvo mal, en realidad uno
muerto simplemente está muerto. Y ya.
Aunque sí es bastante tonto eso de morir el día
de tu santo, pero hombre, qué se le va a hacer, ya muerto, ya qué.


