Tercera Central, barrio de
San Francisco, Puebla de los ángeles. Así le dicen; la leyenda cuenta
que fueron criaturas celestes las que trazaron las calles y subieron las
campanas a las torres de su Catedral. Yo sólo recuerdo abrumadas puertas de
madera moviéndose con parsimonia de abierto a cerrado, las
baldosas decanas sobre el suelo irregular, los mosaicos de talavera que se
alternan con adobe o tabique y los ojos claros de las muchachas que vienen de
los pueblos.
423. Miriam ya no vive
aquí, me lo dice una señora contenida por un mandil; me sonríe, me dice “de
nada” y yo puedo notar que le falta un diente. Después me conformo con el
recuerdo de una ciudad vieja y una mujer con ojos color de Puebla.
Una ciudad puede ser todo
lo hermosa que la quieras ver, ahora me doy cuenta; mientras camino por el
Barrio Viejo pienso que aquello de los ángeles no podía ser tan sólo un invento
y recuerdo también el mandil que contenía una señora y el 423 de la Tercera
Central. Entro solo, como voy, a una casa vieja de Los Sapos y pido una
cerveza.
De Miriam recuerdo una
sonrisa y el único día en que me dio la mano. Yo salía de la prepa, creo, y
ella quiso darme un regalo, así que me tomó sin modestia y me llevó hasta la
cajuela del coche donde guardaba una caja forrada de rojo.
No recuerdo qué tenía la caja,
recuerdo que Miriam nunca se prendía el pelo, y que caminaba como si supiera a
dónde iba, o acaso era que lo sabía; recuerdo que renunció a su familia por un
hombre que no era yo, y que estuvo en la boda del hombre con una mujer que no
era ella; recuerdo que tocaba la guitarra, que su casa no tenía timbre sino una
campana, y que se reía con tanta libertad que invitaba a cualquiera a seguirla
en la risa.
Tercera Central, barrio
de San Francisco, Puebla de los ángeles. Así le dicen; la leyenda cuenta
que fueron criaturas celestes las que trazaron las calles y subieron las
campanas a las torres de su Catedral; 423. Una campana anuncia el movimiento de
la puerta; quien abre es Miriam. Los años la han llenado de peso y parece que
la contiene su mandil; sólo limpiaba la casa. Recuerdo que en la prepa yo solía
pensar que la cintura de Miriam tenía la forma de mis manos, pero no me
desilusiona, Miriam conserva la sonrisa de libertad y su pelo aún suelto se
convierte en el marco perfecto para sus ojos color de Puebla; el timbre del
niño que la llama mamá me estremece: Miriam mamá. La aparición brusca de un
hombre me sorprende, con una mano sostiene un plumero, con la otra levanta al
niño y lo besa en los labios; me tranquiliza, besa a Miriam en la mejilla y se
va, a mí me invade la seguridad de que Miriam tiene un hogar lleno de libertad
(por un momento me siento un extraño), ¿qué desea? Me pregunta. Yo sonrío y me voy.
Caminando llego al Barrio
Viejo; entro solo, como voy, a una casa de Los Sapos, pido una cerveza y me dan
dos; ahora hay dos por unos pero no lo agradezco; tendré que tomar más.
Un cantante de mezclilla y
manta ameniza la función. Yo pienso que Miriam no podría haber sido diferente;
aquella voluntad para el diálogo y su libertad se habían transformado en un
verdadero hogar; sin monopolios, sin amenazas, en equidad; entonces recuerdo la
emoción con la que en la prepa defendía la democracia y su amor por
la paz y la libertad, su temor a las estructuras de poder y su preferencia por la igualdad y la justicia.
El trovador canta, yo creo
que es cursi pero la imagen en mi mente es la del hombre del niño y el plumero
y siento envidia; antes de la segunda cerveza recuerdo las abrumadas puertas de
madera moviéndose con parsimonia de abierto a cerrado, las baldosas decanas
sobre el suelo irregular, los mosaicos de talavera que se alternan con adobe o
tabique y los ojos claros de las muchachas que vienen de los pueblos.
De Miriam, ahora, recordaré
no una cintura sino una mujer.
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