CAYÓ EL OTOÑO


Esta mañana cayó el otoño. Después de tanta demora pensaba que el invierno llegaría sin preludio y que no haría falta echar de menos despertar con luz: Un día u otro el amanecer se retrasaría, como quien se queda en la cama, enredándose en un par de brazos amodorrados, sin prisa para desayunar.
Ya habían salido a la calle los primeros puestos de castañas, invocando el frío con sus braseros de butano o de carbón; las bermudas empezaban a sentirse amenazadas por los escaparates otoñales y los pies resecos se encogían de dedos, resignados a otro día de sandalias, expuestos al calor.
A alguno, en el metro, se le oyó toser; las chicas, sorprendidas, se frotaban las piernas desnudas, entumido el atuendo primaveral; yo me envolví en los bolsillos pretendiendo ser tacto en manos de mujer. Para entrar en calor.
Este suéter huele a guardado, pensé, descubierto por un suspiro que no me salió del aliento sino del recuerdo de otras piernas y otros brazos, acariciados por el sol.
Extrañaba del otoño la nostalgia de una sonrisa y el recuerdo de un verano que terminó ayer.


TU MADRID

Conozco unas nueve maneras para llegar a Madrid. Se puede tomar un avión a Barajas, un tren a Atocha, otro a Chamartín; se puede llegar en autobús a la Avenida América, al aeropuerto o a la central del Sur, se puede conducir por carretera, o se puede volar, a través de un teléfono o de un ordenador.
Ya en Madrid se puede pasar de ida y vuelta por la primera terminal. Se puede estar deambulando por Puerta del Sol o sentado a la sombra de Felipe III en Plaza Mayor, se pueden tomar cervezas con montaditos o caminar hasta la universidad. Se pueden recorrer los Cuatro Caminos hasta Metropolitano o vagar por el rastro hasta que mengüe el sol.
Hay en Madrid trece líneas de metro, unas doce plazas qué ver, varias puertas por todos los puntos de la villa antigua, treinta y cinco grados en verano, más de tres millones de habitantes y tres millones más en el resto de la comunidad.
Tiene Madrid unos setecientos kilómetros cuadrados y seiscientos cincuenta y cinco metros sobre el nivel del mar. Se encuentra sobre el grado cuarenta norte de latitud y seiscientos diecinueve kilómetros la separan de la ciudad condal. Tal vez tenga setecientos mil visitantes al mes y un millón y medio de pernoctaciones. Unos dos millones visitan el Reina Sofía cada año y sólo hay un rey.
Hay, en tu Madrid, novecientos once hostales con veinte mil seiscientos ochenta y ocho plazas, pero yo añoro dormir en un camastro tan chico, que sólo hay una manera de que quepan tendidos dos, o en sólo media cama, de un solo hostal, por la misma razón.




CALORES



Ya hará calor

y tendrás que deshacerte del suéter rojo ése de las dos trenzas.
Hará calor, vas a ver, y no aguantarás la mezclilla en los muslos ni la piel encima de los pies,
ya verás que hará calor y no querrás ponerte el blazer, ni la chamarra, ni encima-de-todo el sobre todo azul.

Hará calor, yo te lo digo, y no habrá americana que te cubra los hombros y disimule lo demás.
Créeme que hará calor, y no querrás saber de abrigos, ni de chalecos o chaquetas,
va a hacer calor, yo ya lo espero, y entonces el verano te traerá ligera, a que te bañe el sol.

Y no habrá cazadora que proteja tu espalda de mis manos
ni chaquetón que impida que te cubras de mí

Hará calor, ya está haciendo, y ninguna prenda te quitará
el calor de mi cuerpo

prendado del tuyo
y del calor.



INVENTO PARA LA LLUVIA

En casa había un paraguas inútil; tenía la figura de un águila real en el mango que sólo servía para adornar los brazos. Se utilizaba en temporada de lluvias, desde luego, pero siempre en lugares cerrados; nadie que lo conociera se hubiera atrevido a desplegar aquella madeja de alambres cubiertos por un hule oscuro disimulado. Los que sabíamos el secreto reíamos por anticipado cada vez que el paraguas desaparecía de la esquina del comedor; si llueve –y llovería–, veríamos al menos a uno escurriendo en la puerta, muy elegante, con su mango de águila colgando al brazo.
A don Julián lo oíamos quejarse de los paraguas todo septiembre; salía poco a la calle, pero invariablemente cuando llovía demasiado; “es que llueve con rencor” –decía– “y el agua no sólo cae, también levanta, y es porque no quiere que nada quede seco, nada”.
Ahora que veo a la gente de paraguas y empapada, le doy la razón; la lluvia no sólo cae, también levanta, los paraguas cubren los hombros y –si se es suficientemente inteligente– la cabeza, pero no hay paraguas ni para los brazos, ni para los pies.
En el caso de Julián la lluvia no sólo lo mojaba, el asunto de los paraguas lo fue obsesionando; al principio pensamos que tanta queja era puro achaque, pero el viejo empezó por comprar cuanto modelo de paraguas se le ponía enfrente, grande o chico, barato o no, de cualquier color; hasta el paraguas del águila en el mango llegó a interesarle, “pero ni siquiera abre don Julián; qué importa, el aguilita espanta la lluvia...”
Luego le quitó también la razón, fue exacto cuando don Julián se hizo inventor. Inventaba cosas para no mojarse “los paraguas no sirven” dijo un día mientras salía cubierto de plástico a la calle, y uno lo veía probando inventos en medio de la lluvia, y la gente se asomaba nada más a verlo y para reírse un poco; un día de esos hasta el nombre perdió, a alguien se le ocurrió que debía llamarse Ciro y Julián terminó por abandonarse y firmar como Ciro, el inventor.
Un día Ciro salió con unos enormes zapatos de goma, de la suela les salían unos alambres unidos por una especie de tela impermeable circular, como unos paraguas, pero en los pies, y trataba Ciro de caminar abriendo tanto el compás como para no tropezarse en el movimiento de zapato, armatoste y pie. Desafiaba la lluvia, pero era tanto su empeño en no mojarse andando en medio del agua que volvía hecho una sopa, ahogado hasta las orejas, colgando con los inventos en la cabeza para poder ver mientras terminaba de llegar.
Ayer encontré a Ciro en la cantina, había llovido a cántaros y yo llegué corriendo hasta la barra de don Rodrigo, desde donde Ciro veía el agua caer; ¡qué lluvia señor doctor! Dije yo escurriéndome completo, llueve como si nunca más fuera a volver a llover, “llueve con rencor”, suspiró Ciro y entonces lo reconocí, no disimulé la sorpresa de encontrarlo y Ciro, aunque no me conocía, adivinó la sorpresa en mi expresión, “no”, dijo, “ya no me mojo”, y de verdad que estaba seco Ciro, seco en un día de lluvia, ¿inventó al fin el modo de no mojarse? Sí, contestó seco, ya no salgo si llueve.
Fue una respuesta triste, luego de hablar el viejo siguió viendo cómo llovía por debajo de la puerta; yo no pedí nada, me saqué la chamarra hasta la cabeza y me volví a caminar.



EVA

Es un nombre corto. Casi un grito, o un lamento. Cuando lo dices sin cuidado parece que se te pierde víctima de la espiración, o que se confunde con el aliento que derrama su fuerza a medida que gana en voz y pierde en eco.
Es un nombre rápido resuelto medio atropellado; en un segundo se diluye en el ambiente o te martilla un cariño pinchándote donde mero está el recuerdo, donde exacto duele la ausencia.
Eva.
Es un nombre fuerte, decidido, diligente. Temerario se apuesta sobre el aroma de una mujer, a la que llama entre grito y suspiro, con prisa y lamento, de amor y de recuerdo.
Eva.
Ligero y febril nombre de mujer.
Un sábado conocí a Eva; sabía de ella y de su vencedor, posesión de los halagos de sus manos, pero no sabía de su cara ni del disimulo de su mal; sabía que debía ser una mujer, de su libertad y de su entrega, mas no sabía lo que luego me dijo su mirada entrañable y desasida que amorosa se posaba y acogía y abrigaba la espalda de su Alejandro, devoción de sus ojos y sus brazos, de sus pasos y sus caprichos.
Supe y no supe de Eva, hasta puedo contar las veces que nos saludamos, mas no sé si algún día sabré qué hay en una mujer que mueve a poesía.
No conocí y conocí a Eva, pero puedo decir que lo que sea que hay ella lo tenía y saber, aunque no sepa, porqué Eva significa compañera.
No sé más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa, a recuerdo, y a compañera.
Es menos lo que sé.
Sé que un nombre sobre una mujer es esencia. Que nombre y esencia evocan, llaman, imploran y suspiran, y piden y acompañan; que nombre y esencia al final son palabras, que palabras son ilusión, amor y religión, miedo, muerte y vacío.
Sé que las palabras encierran sentidos, como la palabra siempre, o la palabra mío; sé que los sentidos no alcanzan, que argumentan y se enfrentan, usando palabras, como desencanto, o la palabra hastío, sé que hay cosas para las que no hay palabras. Ni nombres. Ni sentidos.
Es más lo que no sé.
No sé por qué, si las palabras faltan, no hacen juicio los cariños, o los ojos, o las manos, o lo que sea que diga lo que no dicen los sentidos.
No sé por qué no solamente lo decimos.
De Eva sé que lo dijo, yo lo escuché de su brazo apoyando a Alejandro y de su nombre de suspiro que me suena a seguro, a lealtad y a todo. Lo escuché de la inspiración del poeta que me lo dijo con los ojos, con la entrega, con las hijas y las letras. Lo escuché no sé dónde, nadie me lo dijo, lo escuché en las noticias, o en el ambiente.
No supe más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa y a recuerdo. Y a compañera.


  

MANO EXTRAÑA

Síndrome de la mano extraña: 
Afección en la cual una de las manos de 
quien la padece parece adquirir vida propia.



Una de mis manos dejó de obedecerme. 

Una mañana golpeaba libremente sobre la mesa y me quitaba la taza de café de la boca. Me daba cachetadas a su antojo y clamaba eufórica al cielo. Se estaba quieta si cuidadosamente ponía algún objeto en ella pero pronto dejé de confiar en que pudiera mantenerse enganchada a un proyectil.
Tenía ratos de tranquilidad. De noche la sorprendía buscando entre las sábanas y mandando mensajes desde el celular; a veces sólo acariciaba al viento o se mantenía por momentos en posición de rodear. Otras veces nomás se encogía como si sostuviera algo que pudiera poseer.
El médico descartó lesión cerebral; después la otra mano se empezó a contagiar.
Al principio me ayudaba a contener a su compañera pero luego se sumó complacida a sus estados de enajenación. Manejaban el coche a su antojo o paraban el autobús que ellas elegían; tocaban canciones desconocidas, dividían el desayuno en dos y escribían cartas larguísimas que no evité enviar.
Se han confabulado y se sostienen los hombros como si estuvieran abrazando; a veces se colocan en esa extraña posición de cuna a la altura de la cadera y me impiden pasar al otro lado de la cama; han quitado la almohada y luego de recorrer el espacio amasando las sábanas, presionando con las palmas y frotando en circular, lo abrigan con cariño y lo parecen velar.
De pronto hacen ese gesto con el que parece que buscan, a un lado y a otro y luego regresan a su posición original. En los sitios necesito lugares vacíos alrededor porque sé que en cuanto me siente no dejarán de fisgonear, escarbando en todo el contorno hasta que se cansen de no encontrar.
Hoy por fin me lo explicaron todo; me escribieron una nota en el espejo del baño, vaporizado por el agua caliente del lavabo. Lo que a ellas les falta es una pierna que arrullar; lo que buscan son unos brazos que recorrer, un laberinto en una espalda donde explorar, un pelo lacio para acomodar detrás de la oreja y un rostro que acariciar. Lo que les falta son otras manos que sostener y una cintura que quieren rodear. No es un síndrome pues, es un tic adquirido en un estado que añoran y esperan recobrar.
Al final han prometido portarse bien.
Mis manos extrañas.
Mis manos extrañan.




IMBECILIDADES TRANSITORIAS

El enamoramiento es una especie de imbecilidad transitoria.

José Ortega y Gasset

Lo de Ortega y Gasset es mucha más filosofía que la frase aludida, pero no deja de ser una genialidad; el tal Ortega, como dicen, dio en el clavo: ¿Qué es un enamorado si no un alelado, un estúpido, un falto de razón? Aunque sea por un momento, por unos días, algunos meses, y sólo los más idiotas un par de años.
Muchas cosas más dijo el filósofo sobre el amor, pero ahora se me ocurre que el estado que definió Ortega tiene muchos otros perfiles que bien pueden ahondar en la delimitación del estado ése. Por ejemplo:
Extrañamiento continuo. Hoy me di cuenta que había olvidado lo que significa la frase “me haces falta”; y hoy mismo, cuando sentí algo mío que no estaba conmigo, supe que me estaba acordando.
Memoria recurrente. No pasa tanto y uno se sorprende de que su pensamiento haya quedado varado, fijo, en unos solos ojos, en una misma sonrisa.
Ininteligibilidad estética. De no entenderse cómo se encalla en una presencia de la que no pueden distraerte ni siquiera algunas otras. Presencias.
Desasosiego biográfico. El tiempo va, y viene y va, y viene y va, no queriendo sino estar, o saber; no importando qué haya que hacer, la imaginación se angustia: ¿Dónde estará? ¿Que estará haciendo? ¿Pensará en mí? ¿Se habrá acordado? ¿Y si no? Qué lata.
Insatisfacción vivencial. Nada es suficiente, nunca es bastante; si habla, porque no habló antes, si no habla porque nunca habla. Total.
Desequilibrio operativo. A uno le parece que siempre es más lo que da que lo que recibe. Siempre. 
Escepticismo léxico. No es verdad, no te creo, a todos les has de decir lo mismo.
Incertidumbre estimativa. Seguro no me quiere; debe haber conocido a alguien mejor, yo no soy tan, yo no soy tanto.
Indeterminación lingüística. Pura indirecta pues.
Imprecisión literaria. Lo mismo, pero en su versión escrita.
Tristeza recurrente. La idea de que todos los miedos han de cumplirse; que estará con otro, que acabará con alguien más, que nunca supo nada de esto, que nada pasó, que nunca lo sabrá.
Certeza especulativa. La extraña certeza de que, al final, tus teorías son ciertas.



ESTÓMAGO

Hablo con mi estómago.

Sus ruidos me avisan del hambre y del peligro.
Cuando se convulsiona sé que estoy emocionado
y cuando está satisfecho que debo dormir.

Por las mañanas me despierta con un retortijón
y no me deja ir a la cama sin los deberes cumplidos,
cuando se llena de insectos que vuelan
los nervios contagian el sistema entero
y sus huecos me avisan lo que falta
y no debe faltar.

La sensación a veces me impregna la garganta
o me acelera el pulso y la respiración;
esta mañana me ha dado una taquicardia
que el cerebro ha llamado delirio
y que el estómago, atinado,
ha corregido recuerdo
y desolación.


  

INVIERNO

Frío y cálido, luminoso y gris

indolente y vivaracho
imprevisto y no.

Abúlico y entusiasta
melancólico y alborozado
afligido y excitado,
imparcial.

Risueño y aciago, certero y vacilante
ingenuo y malicioso,
esperanzador.

Veleidoso y firme,
apasionado y flemático
resignado y no.

Almibarado y amargo.
Tierno y picante.
Agridulce.