Es un nombre corto. Casi un grito, o un lamento. Cuando lo dices sin cuidado parece que se te pierde víctima de la espiración, o que se confunde con el aliento que derrama su fuerza a medida que gana en voz y pierde en eco.
Es un nombre rápido resuelto medio atropellado; en un segundo se diluye en el ambiente o te martilla un cariño pinchándote donde mero está el recuerdo, donde exacto duele la ausencia.
Eva.
Es un nombre fuerte, decidido, diligente. Temerario se apuesta sobre el aroma de una mujer, a la que llama entre grito y suspiro, con prisa y lamento, de amor y de recuerdo.
Eva.
Ligero y febril nombre de mujer.
Un sábado conocí a Eva; sabía de ella y de su vencedor, posesión de los halagos de sus manos, pero no sabía de su cara ni del disimulo de su mal; sabía que debía ser una mujer, de su libertad y de su entrega, mas no sabía lo que luego me dijo su mirada entrañable y desasida que amorosa se posaba y acogía y abrigaba la espalda de su Alejandro, devoción de sus ojos y sus brazos, de sus pasos y sus caprichos.
Supe y no supe de Eva, hasta puedo contar las veces que nos saludamos, mas no sé si algún día sabré qué hay en una mujer que mueve a poesía.
No conocí y conocí a Eva, pero puedo decir que lo que sea que hay ella lo tenía y saber, aunque no sepa, porqué Eva significa compañera.
No sé más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa, a recuerdo, y a compañera.
Es menos lo que sé.
Sé que un nombre sobre una mujer es esencia. Que nombre y esencia evocan, llaman, imploran y suspiran, y piden y acompañan; que nombre y esencia al final son palabras, que palabras son ilusión, amor y religión, miedo, muerte y vacío.
Sé que las palabras encierran sentidos, como la palabra siempre, o la palabra mío; sé que los sentidos no alcanzan, que argumentan y se enfrentan, usando palabras, como desencanto, o la palabra hastío, sé que hay cosas para las que no hay palabras. Ni nombres. Ni sentidos.
Es más lo que no sé.
No sé por qué, si las palabras faltan, no hacen juicio los cariños, o los ojos, o las manos, o lo que sea que diga lo que no dicen los sentidos.
No sé por qué no solamente lo decimos.
De Eva sé que lo dijo, yo lo escuché de su brazo apoyando a Alejandro y de su nombre de suspiro que me suena a seguro, a lealtad y a todo. Lo escuché de la inspiración del poeta que me lo dijo con los ojos, con la entrega, con las hijas y las letras. Lo escuché no sé dónde, nadie me lo dijo, lo escuché en las noticias, o en el ambiente.
No supe más de Eva, sólo que murió y que su nombre me suena a grito, a espiración y a suspiro, a lamento, a fuerza y a cariño, a prisa y a recuerdo. Y a compañera.