Creo en los olores, indicios del encanto, y en las
emanaciones de la piel, aliento de la atracción.
Creo en el hedor que deja un beso y en el resuello
penetrante de un rincón.
Atestiguo, ferviente, el hálito de la lujuria que
conduce a los enamorados, ciegos, por la pestilencia del deseo y el calor de la
complicidad.
Proclamo que sin bulbo y que sin tracto el perfume
de tus poros no hubiera alcanzado mi sistema central, y declaro, devoto, la
fascinación endocrina que provocó en mi hipotálamo la fragancia de tu voz.
Confío en las neuronas que se rindieron a tu
esencia, en tu olor a confianza y libertad, amo los cilios que captaron el vaho
de tu cuerpo y los vapores de tu sexo, femenino singular. Soy un creyente apasionado
del tufo de tu presencia, del bálsamo de tu sonrisa y de las exhalaciones de tu
tacto, y espero, febril, que dios nos libre de la sinusitis.

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