Los regalos son artilugios ofrecidos como dádiva,
la mayoría de las veces para agradar a alguien o como una especie de tributo
por el recuerdo de alguna ocasión especial. Se envuelven, la mayoría de las
veces, en colorido papel impreso de motivos tan diversos como adecuados y se
rematan con un moño que puede variar su tamaño y confección de manera más o
menos caprichosa.
La principal característica de los regalos es
justamente la gratuidad, y yo diría que la segunda debiera ser la inutilidad,
pues los regalos que se esfuerzan demasiado en la rentabilidad resultan, en
ocasiones, convenientes pero improporcionalmente gratuitos, para muestra, la
infaltable plancha o la clásica licuadora que suelen recibir las madres en su
día. No me engaño, seguramente el tal regalo le hace más amable la tarea del
hogar a la susodicha madre pero en general los utensilios estos son madres que
servirán al buen servicio que la ama de casa presta al padre o hijo que le
ofrecen el regalo en cuestión, y digo, para empezar el niño debería plancharse
solo si ya tiene edad para comprar una plancha, lo que aplica para el padre y
la licuadora sin excepción.
El proceso de dar un regalo empieza en la búsqueda
del presente ideal. En esta fase, se piensa detenida y arduamente en el
regalado, en su persona, sus gustos y hasta los momentos cursis pasados con él,
que harán del regalo un recuerdo y un lazo de unidad entre regalador y
regalado. De esta manera es que los mejores regalos los ofrecen los mejores
amigos y el regalo por sí mismo se convierte en un vínculo más de la amistad.
Hay, no obstante, quien piensa en regalar algo que
el otro necesite, no está mal, pero siempre es mejor pensar en el otro sin más
y el regalo será mejor. Las necesidades normalmente se satisfacen por un
intercambio de tipo diferente, la mayoría de las veces mercantil, a modo de
trueque por una cantidad de valor que últimamente determina un tal mercado.
El segundo paso transcurre entre el momento de
tener el regalo y el de hacer entrega de él. En esta parte del proceso se
prepara la envoltura, el color, la modalidad y hasta las palabras con que se
hará la entrega. Esta etapa causa un especial gozo a la persona del regalador,
quien con una sonrisa en la cara parece pudiera adelantarse a la impresión del
otro e imaginarse la reacción, y postula las palabras o el gesto con que será
recibido, como si pudiera escuchar su risa o su voz pues sin duda el agente
conoce ampliamente al paciente. Estas cosas, por supuesto, no pueden saberse
cuando el regalo es obligado o altamente comprometido, incluso regalar un
perfume o una corbata permite el juego del regalador, aunque en este último
caso suélese tan sólo apegarse al consejo de un amigo y/o novia del ser en
cuestión, llevar la compra al departamento de envoltura de regalos y comprar
una tarjeta con un mensaje que sólo deje espacio para la firma y, en el mejor
de los casos, la fecha.
El clímax del proceso lo constituye la entrega. Hay
que considerar que es un momento que aunque previsto, puede no resultar en los
términos planeados. No importa. Tampoco si el momento propicia un abrazo o un
beso no presupuestado. Todo lo que la espontaneidad dicte en el momento
beneficiará la última etapa, la que normalmente se extiende en todo el futuro
siguiente, cuando los amigos, de la mano, o mirándose de frente (cualquier
ridiculez es aquí válida siempre que no se raye en lo afectado), recuerden el
regalo y su momento, y rían juntos sin necesidad de más nada. Ni de regalos.
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