* La vida de Coímbra, Portugal, está íntimamente relacionada con su Universidad. Los días de la quema en el presente cuento, ambientado en esa ciudad, se refieren a la tradición de los universitarios de quemar los listones representativos de sus respectivas facultades al finalizar cada curso (A Queima das Fitas), dando paso, así, al desenfreno consentido de las fiestas organizadas en las calles por estudiantes embozados en las tradicionales capas negras. Traducción de Luis Miguel Estrada O.
La música y el ruido de la fiesta ahogan los gritos de la noche en el
fondo de la oscuridad.
–De ce? De ce ea?
Las voces, en una lengua ininteligible, anuncian uno a
uno los golpes que caen sobre la espalda, las piernas, la cabeza de Rui; –De ce? De ce Maria? Preguntan los
hombres que golpean al chaval pero, sin esperar una respuesta, vuelven a
golpearlo hasta ahogar también su deseo de lucha. –María, dice el joven, y un último golpe le roba el aliento.
–¿Qué fue eso?
–¿Qué?
–¡El sonido! ¿Fue un disparo?
–¿Pero oyes disparos, María? ¡Si todo es ruido hoy!
Estáte tranquila, todo va a salir bien.
Es un día especial. Hoy es el día escogido por Rui y
Maria, el día de fuga, el día en que se irán al norte a buscar una vida nueva,
un lugar en donde sus hijos puedan nacer sin la amenaza de unos padres que
quieren que su hijo vaya a estudiar a Inglaterra, sin la amenaza de una familia
que enviaría a su hija a la Rumania de sus abuelos si supieran que está
embarazada.
–¡Estoy muy nerviosa! ¿Y si no va?
–¡Claro que irá! ¡Si está completamente enamorado de
ti!
–Ya es tarde, ¡yo ya tendría que estar allá!
–¿Y entonces?
–Mi madre… Creo que sospecha… ¡Tan orgullosa de la
primera universitaria de la familia! Además no puedo salir hasta que mis tíos lleguen;
son unas bestias, pero quiero verlos una última vez, y estos chiquillos no se
acuestan todavía. Casi no pueden dormir estos días.
No es un día cualquiera. Tal vez mañana nadie se
acuerde de él, pero tampoco es una noche cualquiera, es una noche de música y ruido,
una noche de fiesta, y por desgracia, una noche de excesos y licencias. Los chavales
recorren el centro de la ciudad, van a los conciertos en el parque o beben
tragos y cantan divertidos, bailando por las calles: Y si tú quieres ser de la pandilla, tienes que beber esta copa hasta el
fin, ¡hasta el fin!
–¡Oigan todos! ¿Y Rui? Pregunta uno de ellos. ¡Y para arriba, para abajo y para el
centro…!
–Fue a buscar a María a la estación vieja
–¿Hoy es el día? ¡Y brinca arriba, brinca arriba, brinca arriba…!
–¡Sí! ¡Finalmente!
–¡Toma cerveza,
laralalalala, toma cerveza, laralalalala, toma cerveza…!
En los días de la quema, como hoy, se consiente a los
universitarios que se apropien de la ciudad, y ella, acostumbrada al silencio y
la tranquilidad, se deja seducir por los estudiantes que, escondidos en sus
capas negras, le cantan Coímbra del
choupal […] Coímbra donde una vez / con lágrimas se escribió / la historia de
esa Inés, tan bella. Cuando la serenata termina, antes que la ciudad
despierte de su letargo, los chavales se apoderan de las calles todas, del
silencio todo, y las paredes y el río son testigos silenciosos de las largas noches
de locura de los jóvenes.
Casi desapercibidos, como si su procedencia los hiciera
también extranjeros al festejo, los hombres que golpearon a Rui entran en una
pequeña casa del centro, distraídos, absortos de una fiesta que no es su
fiesta. En medio de la confusión de la calle, sin que nadie se dé cuenta, unos
minutos después sale de esa misma casa María, la chica enamorada de Rui.
Afuera, las cosas tienen vida propia, nadie sabe lo
que pasa con los otros ni quiere saber; a nadie le importa. Así son las noches
de la quema, y todas se oyen igual, como se oyen las botellas de güisqui y las
latas de cerveza cuando chocan; huelen todas a lo mismo, como huele el vino en
el suelo y los meados en las esquinas de las calles; suenan todas a música y a
gritos, y a muchachos que cantan despreocupados. Terminan todas de la misma
manera, con güisqui y cerveza, música y gritos, vino y meadas.
María ríe con las imágenes que dejan sus colegas por
las calles, muchos de ellos compañeros desde los primeros años de escuela,
cuando acostumbraban reírse de su rumano, y sus madres, de la rebeldía de la
suya que reclamaba por las salas especiales donde ponían a los gitanos. Ya siente
nostalgia de la terquedad de su madre que insistió tanto en el portugués y en
dividir (compartir, dijo ella) el corazón para sobrevivir.
¡Toma
cerveza, laralalala toma cerveza…! Música alta, voceríos, jugarretas; estudiantes de capa que apuran las
copas (¡Toma esa mierda,
laralalala toma esa mierda…!) Que declaran suya la ciudad y la noche con sus cánticos y gritos; ¡Coímbra es nuestra…! Que irán a
acostarse al amanecer. Coímbra es nuestra
y lo será, Coímbra es nuestra…
¡Coímbra
es nuestra hasta morir…! Murmura
una chiquilla que piensa que también tendrá nostalgia de esta ciudad que no es
su ciudad, y de los compañeros, que no son, tampoco, suyos. La estación está
oscura y la chiquilla prefiere pensar en algo suyo, en Rui, y en las palabras
que todavía resuenan en su corazón: Mi patria
está en tus ojos, mi deber en tus labios.
La noche casi termina, o mejor, el nuevo día comienza.
La música terminó y los grupos vuelven a los cantos y a los fados. Las últimas luces
de las farolas tiemblan con la luna en el Mondego, asustadas por la proximidad
del sol. María se oculta detrás de un arbusto al pie del camino y susurra, mi patria está en tus ojos, mi deber, en tus
labios.
–¿Y María? Pregunta la madre con acento rumano.
Nadie responde.
La mañana empieza con un aire pesado; tímido, el sol se
levanta e ilumina poco a poco los estragos de la noche. Unos chiquillos que
visten por primera vez de negro descienden por la calle cantando vacilantes: Coímbra es una lección […] La lente, una
canción.
La luz descubre una pistola escondida en los arbustos,
un arma conocida para la chiquilla que ahora entiende lo que ocurre. Busca más
allá, pero sin querer encontrar, sin querer encontrar más allá un cuerpo. El libro es una mujer / Sólo pasa quien lo
sabe / Y se aprende a decir ‘saudade’.
Los hombres de la pequeña casa vuelven a la calle
enviados por la madre. –Es un error, todo fue un error, repite la mujer
angustiada.
Coímbra
de las canciones / Coímbra que nos pone / Nuestros corazones, a la luz.
Se oye entonces un disparo. Nítido, inconfundible. Los
que cantaban callaron, miraron para el fondo de la calle y volvieron a cantar.
Y la canción se fundió con el eco del disparo.
Coímbra
de los doctores / Para nosotros sus cantores / La fuente de los amores, eres
tú.
* Este cuento fue escrito originalmente en portugués y se hizo acreedor al premio Contos no mediterrâneo 2012, que convocan el Instituto Camões y la Universidad Autónoma de Barcelona. El cuento “A noite” puede leerse en su versión original en este mismo blog.

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