CREDO FEROMONAL


Creo en los olores, indicios del encanto, y en las emanaciones de la piel, aliento de la atracción.

Creo en el hedor que deja un beso y en el resuello penetrante de un rincón.
Atestiguo, ferviente, el hálito de la lujuria que conduce a los enamorados, ciegos, por la pestilencia del deseo y el calor de la complicidad.
Proclamo que sin bulbo y que sin tracto el perfume de tus poros no hubiera alcanzado mi sistema central, y declaro, devoto, la fascinación endocrina que provocó en mi hipotálamo la fragancia de tu voz.
Confío en las neuronas que se rindieron a tu esencia, en tu olor a confianza y libertad, amo los cilios que captaron el vaho de tu cuerpo y los vapores de tu sexo, femenino singular. Soy un creyente apasionado del tufo de tu presencia, del bálsamo de tu sonrisa y de las exhalaciones de tu tacto, y espero, febril, que dios nos libre de la sinusitis.


MIRIAM



Tercera Central, barrio de San Francisco, Puebla de los ángeles. Así le dicen; la leyenda cuenta que fueron criaturas celestes las que trazaron las calles y subieron las campanas a las torres de su Catedral. Yo sólo recuerdo abrumadas puertas de madera moviéndose con parsimonia de abierto a cerrado, las baldosas decanas sobre el suelo irregular, los mosaicos de talavera que se alternan con adobe o tabique y los ojos claros de las muchachas que vienen de los pueblos.
423. Miriam ya no vive aquí, me lo dice una señora contenida por un mandil; me sonríe, me dice “de nada” y yo puedo notar que le falta un diente. Después me conformo con el recuerdo de una ciudad vieja y una mujer con ojos color de Puebla.
Una ciudad puede ser todo lo hermosa que la quieras ver, ahora me doy cuenta; mientras camino por el Barrio Viejo pienso que aquello de los ángeles no podía ser tan sólo un invento y recuerdo también el mandil que contenía una señora y el 423 de la Tercera Central. Entro solo, como voy, a una casa vieja de Los Sapos y pido una cerveza.
De Miriam recuerdo una sonrisa y el único día en que me dio la mano. Yo salía de la prepa, creo, y ella quiso darme un regalo, así que me tomó sin modestia y me llevó hasta la cajuela del coche donde guardaba una caja forrada de rojo.
No recuerdo qué tenía la caja, recuerdo que Miriam nunca se prendía el pelo, y que caminaba como si supiera a dónde iba, o acaso era que lo sabía; recuerdo que renunció a su familia por un hombre que no era yo, y que estuvo en la boda del hombre con una mujer que no era ella; recuerdo que tocaba la guitarra, que su casa no tenía timbre sino una campana, y que se reía con tanta libertad que invitaba a cualquiera a seguirla en la risa.
Tercera Central, barrio de San Francisco, Puebla de los ángeles. Así le dicen; la leyenda cuenta que fueron criaturas celestes las que trazaron las calles y subieron las campanas a las torres de su Catedral; 423. Una campana anuncia el movimiento de la puerta; quien abre es Miriam. Los años la han llenado de peso y parece que la contiene su mandil; sólo limpiaba la casa. Recuerdo que en la prepa yo solía pensar que la cintura de Miriam tenía la forma de mis manos, pero no me desilusiona, Miriam conserva la sonrisa de libertad y su pelo aún suelto se convierte en el marco perfecto para sus ojos color de Puebla; el timbre del niño que la llama mamá me estremece: Miriam mamá. La aparición brusca de un hombre me sorprende, con una mano sostiene un plumero, con la otra levanta al niño y lo besa en los labios; me tranquiliza, besa a Miriam en la mejilla y se va, a mí me invade la seguridad de que Miriam tiene un hogar lleno de libertad (por un momento me siento un extraño), ¿qué desea? Me pregunta. Yo sonrío y me voy.
Caminando llego al Barrio Viejo; entro solo, como voy, a una casa de Los Sapos, pido una cerveza y me dan dos; ahora hay dos por unos pero no lo agradezco; tendré que tomar más.
Un cantante de mezclilla y manta ameniza la función. Yo pienso que Miriam no podría haber sido diferente; aquella voluntad para el diálogo y su libertad se habían transformado en un verdadero hogar; sin monopolios, sin amenazas, en equidad; entonces recuerdo la emoción con la que en la prepa defendía la democracia y su amor por la paz y la libertad, su temor a las estructuras de poder y su preferencia por la igualdad y la justicia.
El trovador canta, yo creo que es cursi pero la imagen en mi mente es la del hombre del niño y el plumero y siento envidia; antes de la segunda cerveza recuerdo las abrumadas puertas de madera moviéndose con parsimonia de abierto a cerrado, las baldosas decanas sobre el suelo irregular, los mosaicos de talavera que se alternan con adobe o tabique y los ojos claros de las muchachas que vienen de los pueblos.
De Miriam, ahora, recordaré no una cintura sino una mujer.



CÓDIGO POSTAL


Habitas el edificio de mi mente,

ocupas todos los departamentos de mi pensamiento

y el casero-corazón ansía que haya desperfectos para

presentarse en tu puerta, dispuesto a no arreglar nada

para poder volver.


Si compartieras mis ansiedades
ni siquiera tendría que inventar descomposturas,
podría tener la misma llave,
en la misma casa y el mismo código postal,
jalarte la sábana, quitarte la almohada
y llenar mis ganas de tí
antes de desayunar.


ISTRUZIONI PER CAMMINARE


*Parafrasi da «Instrucciones para subir una escalera» di Julio Cortázar


Garantiscasi, prima di tutto, d’avere un posto dove arrivare; senza questa condizione, ogni tentativo di seguire queste istruzioni sarà inutile e improduttivo.
Si avrà già notato che il suolo, quella materia più molle, più dura, di solito stesa sotto i piedi, si allunga sopra la Terra e verso l’orizzonte. Questa sostanza corporea ci viene data dalla natura sebbene a volte venga ricoperta di asfalto, legno o qualunque altro materiale resistente. Questa fantastica scoperta, chiamata semplicemente suolo, fa comunicare ed avvicina i posti tra loro, anche se comporta lo svantaggio di non farlo automaticamente. Ci manca, quindi, una forza inversamente proporzionale a quella del suolo contro i piedi che ci accosti al punto desiderato.
Per cominciare, è necessario assumere una posizione perpendicolare rispetto alla superficie.  Le braccia vengono sospese dalle spalle in un movimento senza sforzo e la testa è sollevata dal collo, ma non tanto che gli occhi perdano di vista la superficie comunicante di sotto.
Seguendo la traccia di fronte, si comincia alzando quella parte del corpo (quasi sempre avvolta in pelle, vera o sintetica) più vicina al suolo. Ne avendocene due, si deve scegliere tra destra e sinistra e mai provare ad utilizzarle tutte e due allo stesso tempo. Scelta ed alzata la parte detta, si colloca davanti al resto del corpo ancora fermo.
A questo punto la spalla si inclina e le braccia cominciano a dondolare, ognuna in direzione contraria all’altra.
Messa davanti questa parte del corpo chiamata per brevità piede, va aggiunta la parte equivalente ( l’altra, destra o sinistra), chiamata anche lei piede (e che non deve confondersi con il piede citato prima), mettendosi davanti all’altro a una distanza approssimativa di un piede.  La coincidenza tra piede e piede rende difficile la spiegazione. Fare particolare attenzione a non sollevare contemporaneamente il piede e il piede. (Avvertimento da Cortázar)
Il movimento, ripetuto costantemente fino ad arrivare al posto progettato, viene accompagnato da una respirazione regolare e vari pensieri.
Finalmente arrivati, si esce dalla struttura comunicante con un movimento laterale. La superficie rimarrà assolutamente fissa alla superficie del pavimento fino al ritorno.


FANTASMA


Su imagen en la mente es lo que me pone así. Ni ella ni lo suyo; su sola imagen, o su fantasma, o lo que sea que ha venido y se ha instalado, sin pedir permiso, en mi despoblada cabeza.
La imaginación le renta; le ofrece tres comidas y le tiende la cama. Un poco la soledad se encarga de las compras y las ganas de la limpieza. Entre todas la mantienen; le desocuparon la habitación del fondo y el armario cuadrado. Sacaron un par de cosas que yo tenía ahí y le dieron llave de la entrada.
Y no sale. Se instaló y no sale. Y a mí ni permiso me pidieron.




VICIO DE TI

He empezado a fumar los fines de semana
y a sentir ansiedad de lunes a viernes,
añorando los trenes largos
y el sol de Madrid.

Entre esperanzado y melancólico
agoto los días laborables
y no descanso de mi nostalgia antes
del sábado
en la cama clínica de algún hostal.

Ha debido ser el aire de tabaco en tus labios
y la nicotina del dentro de tu cuerpo
lo que me ha provocado la adicción
 
a tus besos,
al amor tuyo,

y una aguda dependencia física
de ti,

del físico tuyo
y de todo lo demás.


(Incurable, por cierto
me lo ha dicho ya el doctor.)


CAYÓ EL OTOÑO


Esta mañana cayó el otoño. Después de tanta demora pensaba que el invierno llegaría sin preludio y que no haría falta echar de menos despertar con luz: Un día u otro el amanecer se retrasaría, como quien se queda en la cama, enredándose en un par de brazos amodorrados, sin prisa para desayunar.
Ya habían salido a la calle los primeros puestos de castañas, invocando el frío con sus braseros de butano o de carbón; las bermudas empezaban a sentirse amenazadas por los escaparates otoñales y los pies resecos se encogían de dedos, resignados a otro día de sandalias, expuestos al calor.
A alguno, en el metro, se le oyó toser; las chicas, sorprendidas, se frotaban las piernas desnudas, entumido el atuendo primaveral; yo me envolví en los bolsillos pretendiendo ser tacto en manos de mujer. Para entrar en calor.
Este suéter huele a guardado, pensé, descubierto por un suspiro que no me salió del aliento sino del recuerdo de otras piernas y otros brazos, acariciados por el sol.
Extrañaba del otoño la nostalgia de una sonrisa y el recuerdo de un verano que terminó ayer.


TU MADRID

Conozco unas nueve maneras para llegar a Madrid. Se puede tomar un avión a Barajas, un tren a Atocha, otro a Chamartín; se puede llegar en autobús a la Avenida América, al aeropuerto o a la central del Sur, se puede conducir por carretera, o se puede volar, a través de un teléfono o de un ordenador.
Ya en Madrid se puede pasar de ida y vuelta por la primera terminal. Se puede estar deambulando por Puerta del Sol o sentado a la sombra de Felipe III en Plaza Mayor, se pueden tomar cervezas con montaditos o caminar hasta la universidad. Se pueden recorrer los Cuatro Caminos hasta Metropolitano o vagar por el rastro hasta que mengüe el sol.
Hay en Madrid trece líneas de metro, unas doce plazas qué ver, varias puertas por todos los puntos de la villa antigua, treinta y cinco grados en verano, más de tres millones de habitantes y tres millones más en el resto de la comunidad.
Tiene Madrid unos setecientos kilómetros cuadrados y seiscientos cincuenta y cinco metros sobre el nivel del mar. Se encuentra sobre el grado cuarenta norte de latitud y seiscientos diecinueve kilómetros la separan de la ciudad condal. Tal vez tenga setecientos mil visitantes al mes y un millón y medio de pernoctaciones. Unos dos millones visitan el Reina Sofía cada año y sólo hay un rey.
Hay, en tu Madrid, novecientos once hostales con veinte mil seiscientos ochenta y ocho plazas, pero yo añoro dormir en un camastro tan chico, que sólo hay una manera de que quepan tendidos dos, o en sólo media cama, de un solo hostal, por la misma razón.




CALORES



Ya hará calor

y tendrás que deshacerte del suéter rojo ése de las dos trenzas.
Hará calor, vas a ver, y no aguantarás la mezclilla en los muslos ni la piel encima de los pies,
ya verás que hará calor y no querrás ponerte el blazer, ni la chamarra, ni encima-de-todo el sobre todo azul.

Hará calor, yo te lo digo, y no habrá americana que te cubra los hombros y disimule lo demás.
Créeme que hará calor, y no querrás saber de abrigos, ni de chalecos o chaquetas,
va a hacer calor, yo ya lo espero, y entonces el verano te traerá ligera, a que te bañe el sol.

Y no habrá cazadora que proteja tu espalda de mis manos
ni chaquetón que impida que te cubras de mí

Hará calor, ya está haciendo, y ninguna prenda te quitará
el calor de mi cuerpo

prendado del tuyo
y del calor.



INVENTO PARA LA LLUVIA

En casa había un paraguas inútil; tenía la figura de un águila real en el mango que sólo servía para adornar los brazos. Se utilizaba en temporada de lluvias, desde luego, pero siempre en lugares cerrados; nadie que lo conociera se hubiera atrevido a desplegar aquella madeja de alambres cubiertos por un hule oscuro disimulado. Los que sabíamos el secreto reíamos por anticipado cada vez que el paraguas desaparecía de la esquina del comedor; si llueve –y llovería–, veríamos al menos a uno escurriendo en la puerta, muy elegante, con su mango de águila colgando al brazo.
A don Julián lo oíamos quejarse de los paraguas todo septiembre; salía poco a la calle, pero invariablemente cuando llovía demasiado; “es que llueve con rencor” –decía– “y el agua no sólo cae, también levanta, y es porque no quiere que nada quede seco, nada”.
Ahora que veo a la gente de paraguas y empapada, le doy la razón; la lluvia no sólo cae, también levanta, los paraguas cubren los hombros y –si se es suficientemente inteligente– la cabeza, pero no hay paraguas ni para los brazos, ni para los pies.
En el caso de Julián la lluvia no sólo lo mojaba, el asunto de los paraguas lo fue obsesionando; al principio pensamos que tanta queja era puro achaque, pero el viejo empezó por comprar cuanto modelo de paraguas se le ponía enfrente, grande o chico, barato o no, de cualquier color; hasta el paraguas del águila en el mango llegó a interesarle, “pero ni siquiera abre don Julián; qué importa, el aguilita espanta la lluvia...”
Luego le quitó también la razón, fue exacto cuando don Julián se hizo inventor. Inventaba cosas para no mojarse “los paraguas no sirven” dijo un día mientras salía cubierto de plástico a la calle, y uno lo veía probando inventos en medio de la lluvia, y la gente se asomaba nada más a verlo y para reírse un poco; un día de esos hasta el nombre perdió, a alguien se le ocurrió que debía llamarse Ciro y Julián terminó por abandonarse y firmar como Ciro, el inventor.
Un día Ciro salió con unos enormes zapatos de goma, de la suela les salían unos alambres unidos por una especie de tela impermeable circular, como unos paraguas, pero en los pies, y trataba Ciro de caminar abriendo tanto el compás como para no tropezarse en el movimiento de zapato, armatoste y pie. Desafiaba la lluvia, pero era tanto su empeño en no mojarse andando en medio del agua que volvía hecho una sopa, ahogado hasta las orejas, colgando con los inventos en la cabeza para poder ver mientras terminaba de llegar.
Ayer encontré a Ciro en la cantina, había llovido a cántaros y yo llegué corriendo hasta la barra de don Rodrigo, desde donde Ciro veía el agua caer; ¡qué lluvia señor doctor! Dije yo escurriéndome completo, llueve como si nunca más fuera a volver a llover, “llueve con rencor”, suspiró Ciro y entonces lo reconocí, no disimulé la sorpresa de encontrarlo y Ciro, aunque no me conocía, adivinó la sorpresa en mi expresión, “no”, dijo, “ya no me mojo”, y de verdad que estaba seco Ciro, seco en un día de lluvia, ¿inventó al fin el modo de no mojarse? Sí, contestó seco, ya no salgo si llueve.
Fue una respuesta triste, luego de hablar el viejo siguió viendo cómo llovía por debajo de la puerta; yo no pedí nada, me saqué la chamarra hasta la cabeza y me volví a caminar.