PIES DE CLIMA


Mis pies controlan los cambios de clima;

a finales de mayo 
se negaron a meterse
en las deportivas rojas 
de los cordones blue;

se calzaron, 
apresuradas, 
unas chancletas
dizque brasileñas, 
que atrajeron el verano
y reventaron el calor.

Habían estado 
engarruñados desde entonces
taloneando por las calles, 
exprimiéndose al sol;

pero apenas, 
ansiando el otoño,
exigieron calcetines
sedujeron a las botas,
aquellas cenicientas
de la cremallera añil.

Ayer llovió.

NI RASTRO DEL OTOÑO


Ni rastro del otoño, dijo la del clima,
más sol, playa y pantalones cortos,
ni viento ni corriente ni una extraviada gota
que descongestione el cielo sobre Barcelona.

Habrá que bailar la danza de la lluvia
bombardear las nubes, rezar el rosario
inventar otro pretexto para el agua
que se me encharca en los ojos
y para abrazarme
al cobijo seguro
del abrigo
azul.


CARPE DIEM


Carpe diem,
los empresarios afirman
que somos muy jóvenes
para empezar a cotizar.

Los gobiernos nos recortan
apelando a la solidaridad;
esta tarde han anunciado
–a la hora del futbol–
que sube de nueva cuenta
la edad de jubilación.

Carpe diem,
trabajo hay muy poco
pero vivimos demasiado
según el fondo monetario
internacional.

LA NOCHE

* La vida de Coímbra, Portugal, está íntimamente relacionada con su Universidad. Los días de la quema en el presente cuento, ambientado en esa ciudad, se refieren a la tradición de los universitarios de quemar los listones representativos de sus respectivas facultades al finalizar cada curso (A Queima das Fitas), dando paso, así, al desenfreno consentido de las fiestas organizadas en las calles por estudiantes embozados en las tradicionales capas negras. Traducción de Luis Miguel Estrada O.


La música y el ruido de la fiesta ahogan los gritos de la noche en el fondo de la oscuridad.
De ce? De ce ea?
Las voces, en una lengua ininteligible, anuncian uno a uno los golpes que caen sobre la espalda, las piernas, la cabeza de Rui; –De ce? De ce Maria? Preguntan los hombres que golpean al chaval pero, sin esperar una respuesta, vuelven a golpearlo hasta ahogar también su deseo de lucha. –María, dice el joven, y un último golpe le roba el aliento.
–¿Qué fue eso?
–¿Qué?
–¡El sonido! ¿Fue un disparo?
–¿Pero oyes disparos, María? ¡Si todo es ruido hoy! Estáte tranquila, todo va a salir bien.
Es un día especial. Hoy es el día escogido por Rui y Maria, el día de fuga, el día en que se irán al norte a buscar una vida nueva, un lugar en donde sus hijos puedan nacer sin la amenaza de unos padres que quieren que su hijo vaya a estudiar a Inglaterra, sin la amenaza de una familia que enviaría a su hija a la Rumania de sus abuelos si supieran que está embarazada.
–¡Estoy muy nerviosa! ¿Y si no va?
–¡Claro que irá! ¡Si está completamente enamorado de ti!
–Ya es tarde, ¡yo ya tendría que estar allá!
–¿Y entonces?
–Mi madre… Creo que sospecha… ¡Tan orgullosa de la primera universitaria de la familia! Además no puedo salir hasta que mis tíos lleguen; son unas bestias, pero quiero verlos una última vez, y estos chiquillos no se acuestan todavía. Casi no pueden dormir estos días.
No es un día cualquiera. Tal vez mañana nadie se acuerde de él, pero tampoco es una noche cualquiera, es una noche de música y ruido, una noche de fiesta, y por desgracia, una noche de excesos y licencias. Los chavales recorren el centro de la ciudad, van a los conciertos en el parque o beben tragos y cantan divertidos, bailando por las calles: Y si tú quieres ser de la pandilla, tienes que beber esta copa hasta el fin, ¡hasta el fin!
–¡Oigan todos! ¿Y Rui? Pregunta uno de ellos. ¡Y para arriba, para abajo y para el centro…!
–Fue a buscar a María a la estación vieja
–¿Hoy es el día? ¡Y brinca arriba, brinca arriba, brinca arriba…!
–¡Sí! ¡Finalmente!
¡Toma cerveza, laralalalala, toma cerveza, laralalalala, toma cerveza…!
En los días de la quema, como hoy, se consiente a los universitarios que se apropien de la ciudad, y ella, acostumbrada al silencio y la tranquilidad, se deja seducir por los estudiantes que, escondidos en sus capas negras, le cantan Coímbra del choupal […] Coímbra donde una vez / con lágrimas se escribió / la historia de esa Inés, tan bella. Cuando la serenata termina, antes que la ciudad despierte de su letargo, los chavales se apoderan de las calles todas, del silencio todo, y las paredes y el río son testigos silenciosos de las largas noches de locura de los jóvenes.
Casi desapercibidos, como si su procedencia los hiciera también extranjeros al festejo, los hombres que golpearon a Rui entran en una pequeña casa del centro, distraídos, absortos de una fiesta que no es su fiesta. En medio de la confusión de la calle, sin que nadie se dé cuenta, unos minutos después sale de esa misma casa María, la chica enamorada de Rui.
Afuera, las cosas tienen vida propia, nadie sabe lo que pasa con los otros ni quiere saber; a nadie le importa. Así son las noches de la quema, y todas se oyen igual, como se oyen las botellas de güisqui y las latas de cerveza cuando chocan; huelen todas a lo mismo, como huele el vino en el suelo y los meados en las esquinas de las calles; suenan todas a música y a gritos, y a muchachos que cantan despreocupados. Terminan todas de la misma manera, con güisqui y cerveza, música y gritos, vino y meadas.
María ríe con las imágenes que dejan sus colegas por las calles, muchos de ellos compañeros desde los primeros años de escuela, cuando acostumbraban reírse de su rumano, y sus madres, de la rebeldía de la suya que reclamaba por las salas especiales donde ponían a los gitanos. Ya siente nostalgia de la terquedad de su madre que insistió tanto en el portugués y en dividir (compartir, dijo ella) el corazón para sobrevivir.
¡Toma cerveza, laralalala toma cerveza…! Música alta, voceríos, jugarretas; estudiantes de capa que apuran las copas (¡Toma esa mierda, laralalala toma esa mierda…!) Que declaran suya la ciudad y la noche con sus cánticos y gritos; ¡Coímbra es nuestra…! Que irán a acostarse al amanecer. Coímbra es nuestra y lo será, Coímbra es nuestra…
¡Coímbra es nuestra hasta morir…! Murmura una chiquilla que piensa que también tendrá nostalgia de esta ciudad que no es su ciudad, y de los compañeros, que no son, tampoco, suyos. La estación está oscura y la chiquilla prefiere pensar en algo suyo, en Rui, y en las palabras que todavía resuenan en su corazón: Mi patria está en tus ojos, mi deber en tus labios.
La noche casi termina, o mejor, el nuevo día comienza. La música terminó y los grupos vuelven a los cantos y a los fados. Las últimas luces de las farolas tiemblan con la luna en el Mondego, asustadas por la proximidad del sol. María se oculta detrás de un arbusto al pie del camino y susurra, mi patria está en tus ojos, mi deber, en tus labios.
–¿Y María? Pregunta la madre con acento rumano.
Nadie responde.
La mañana empieza con un aire pesado; tímido, el sol se levanta e ilumina poco a poco los estragos de la noche. Unos chiquillos que visten por primera vez de negro descienden por la calle cantando vacilantes: Coímbra es una lección […] La lente, una canción.
La luz descubre una pistola escondida en los arbustos, un arma conocida para la chiquilla que ahora entiende lo que ocurre. Busca más allá, pero sin querer encontrar, sin querer encontrar más allá un cuerpo. El libro es una mujer / Sólo pasa quien lo sabe / Y se aprende a decir ‘saudade’.
Los hombres de la pequeña casa vuelven a la calle enviados por la madre. –Es un error, todo fue un error, repite la mujer angustiada.
Coímbra de las canciones / Coímbra que nos pone / Nuestros corazones, a la luz.
Se oye entonces un disparo. Nítido, inconfundible. Los que cantaban callaron, miraron para el fondo de la calle y volvieron a cantar.
Y la canción se fundió con el eco del disparo.
Coímbra de los doctores / Para nosotros sus cantores / La fuente de los amores, eres tú.

* Este cuento fue escrito originalmente en portugués y se hizo acreedor al premio Contos no mediterrâneo 2012, que convocan el Instituto Camões y la Universidad Autónoma de Barcelona. El cuento “A noite” puede leerse en su versión original en este mismo blog.




INSTRUCCIONES PARA DAR REGALOS


Los regalos son artilugios ofrecidos como dádiva, la mayoría de las veces para agradar a alguien o como una especie de tributo por el recuerdo de alguna ocasión especial. Se envuelven, la mayoría de las veces, en colorido papel impreso de motivos tan diversos como adecuados y se rematan con un moño que puede variar su tamaño y confección de manera más o menos caprichosa.
La principal característica de los regalos es justamente la gratuidad, y yo diría que la segunda debiera ser la inutilidad, pues los regalos que se esfuerzan demasiado en la rentabilidad resultan, en ocasiones, convenientes pero improporcionalmente gratuitos, para muestra, la infaltable plancha o la clásica licuadora que suelen recibir las madres en su día. No me engaño, seguramente el tal regalo le hace más amable la tarea del hogar a la susodicha madre pero en general los utensilios estos son madres que servirán al buen servicio que la ama de casa presta al padre o hijo que le ofrecen el regalo en cuestión, y digo, para empezar el niño debería plancharse solo si ya tiene edad para comprar una plancha, lo que aplica para el padre y la licuadora sin excepción.
El proceso de dar un regalo empieza en la búsqueda del presente ideal. En esta fase, se piensa detenida y arduamente en el regalado, en su persona, sus gustos y hasta los momentos cursis pasados con él, que harán del regalo un recuerdo y un lazo de unidad entre regalador y regalado. De esta manera es que los mejores regalos los ofrecen los mejores amigos y el regalo por sí mismo se convierte en un vínculo más de la amistad.
Hay, no obstante, quien piensa en regalar algo que el otro necesite, no está mal, pero siempre es mejor pensar en el otro sin más y el regalo será mejor. Las necesidades normalmente se satisfacen por un intercambio de tipo diferente, la mayoría de las veces mercantil, a modo de trueque por una cantidad de valor que últimamente determina un tal mercado.
El segundo paso transcurre entre el momento de tener el regalo y el de hacer entrega de él. En esta parte del proceso se prepara la envoltura, el color, la modalidad y hasta las palabras con que se hará la entrega. Esta etapa causa un especial gozo a la persona del regalador, quien con una sonrisa en la cara parece pudiera adelantarse a la impresión del otro e imaginarse la reacción, y postula las palabras o el gesto con que será recibido, como si pudiera escuchar su risa o su voz pues sin duda el agente conoce ampliamente al paciente. Estas cosas, por supuesto, no pueden saberse cuando el regalo es obligado o altamente comprometido, incluso regalar un perfume o una corbata permite el juego del regalador, aunque en este último caso suélese tan sólo apegarse al consejo de un amigo y/o novia del ser en cuestión, llevar la compra al departamento de envoltura de regalos y comprar una tarjeta con un mensaje que sólo deje espacio para la firma y, en el mejor de los casos, la fecha.
El clímax del proceso lo constituye la entrega. Hay que considerar que es un momento que aunque previsto, puede no resultar en los términos planeados. No importa. Tampoco si el momento propicia un abrazo o un beso no presupuestado. Todo lo que la espontaneidad dicte en el momento beneficiará la última etapa, la que normalmente se extiende en todo el futuro siguiente, cuando los amigos, de la mano, o mirándose de frente (cualquier ridiculez es aquí válida siempre que no se raye en lo afectado), recuerden el regalo y su momento, y rían juntos sin necesidad de más nada. Ni de regalos.

FFFUUUUU

Aspiro.


Siento el humo pasando por la garganta y un ligero espasmo como de ahogo. Respiro. Suspiro. Saco el humo soplando por mi boca y lo veo alejarse delgado, cada vez más ancho y perdiéndose en el aire: fffuuuuu...
Siento un ligero mareo y muevo la cabeza en círculo con los ojos cerrados y pensando: qué chido…
Volteo a ver el cigarro con una expresión entre relajada, comprensiva y enjuiciante. Se consume con el viento. Mis dedos juegan con él volteándolo, poniéndolo de cabeza, haciendo circulitos con el humo para verlos perderse en al ambiente. Mis ojos no dejan de verlo.
Qué chido…
Aspiro.

ME GUSTAS


Me gustas.
Me gustan tus ojos y tu sonrisa. Me gusta la sonrisa que hacen tus ojos cuando miran.
Me gusta el humor que alborota donde pasas y la libertad del cuerpo que lo lleva. Que lo trae.
Me gusta la alegría que me causa tu risa, y tus ojos, y la sonrisa que hacen tus ojos al mirar.

Me gusta la que tú eres, la forma que hacen tus hombros y tus dedos afilados sosteniendo un cigarro; me gusta que no me entiendas, no quiero que me entiendas, sólo me gusta quién soy yo cuando tú lo acompañas.

Me gustan tus ganas de reír, tu boca cuando habla y los juegos de tus gestos contándolo todo. Me gusta la locura de tus sueños y la confianza con que te entregas a ellos. Me gusta que me gustes, me llena de ilusión; me gusta saberlo, y mi estómago dando vueltas cuando frente a tus ojos –que me gustan tanto– no puedo decírtelo, me anuncia que es verdad. Me gustas.

ESPERANZA


Esperanza espera en la esquina de Esquilo. Los coches pasan, aunque no todos indiferentes¸ los menos diferentes pitan y los choferes, mano en pito, chiflan y hacen cambios de luces. Ni luces de un cliente en serio. Serio, alguno se para, baja la ventanilla y pregunta a la menos vieja. ¡Vieja puta! ni quién le pague tanto dinero, y arranca pitando, pito en mano, y gritando ¡mucho dinero!
De enero para acá las cosas han empeorado; empero Esperanza espera no verse vieja, vieja la lonja que se coge y que se faja lo más ajustado que puede esperanzada en que caiga uno no tan malo, al menos de coche, –los coches pasan– que quiera coger a la fajada. Fajada la de las mañanas, lavando la ropa, limpiando los pisos y diciendo a todo lo que le mandan “Sí señora”.
Señora… sí, asté, ¿cuánto? Cuanto le manda la catrina tiene que hacer “Ándale Pera, por favorcito”
Favorcito doña, un favorcito, mire como ando…
Y ni decirle que no al Señor… –¡Señor! Déjeme en paz, ¡pas!
Órales, es que le estoy hablando y ni me pela…
–Pera, ¿te están molestando? –Nada más es un borracho…
Voy voy voy, puta y delicada, si quiere gabacho váyase a Insurgentes…
–Las gentes no entienden que una tiene dignidad…
Serio, un coche se para –los coches pasan aunque no todos indiferentes– baja la ventanilla y llama a una. Vieja, si tú la de negro, la gordita; la mitad, anda, para que no estés aquí esperando…
La noche en pleno, pocos faroles, faroles los que pasan y pitan, mano en pito y pito en mano, alardeando y gritando a las viejas. Viejas las estrellas de la noche que casi termina y mina el futuro de Esperanza, que aún espera en la esquina de Esquilo, vestida de puta, toda fajada.
Fajada la de mañana…



AVENIDA DIAGONAL


Hoy te vi.

Últimamente veo gente. Gente que no debería. Tu eras la chica de la bicicleta, llevabas la blusa esa a rayas que tanto te gusta y los vaqueros negros. Parecía que apenas alcanzabas los pedales y que perdías el equilibrio, pero no, avanzabas sin prisa y en las esquinas te sostenías del poste para no bajar los pies mientras esperabas el verde del semáforo.

Ya me había pasado; una vez vi al licenciado Hernández con aquel viejo traje de pana marrón cruzando Aragó, pero qué haría el licenciado Hernández por l’eixample o su viejo traje de pana marrón en una ciudad como ésta. No lo sé. Veo gente así.

También me pasó con Rosita, la secretaria del Director; con una mano arrastraba un bastón y con la otra se sostenía de una chica. La chica era Jose, aquella niña de la escuela que le gustaba a Tano, pero ni Jose conoce a Rosita ni Rosita usa bastón. Es el tipo de gente que veo, gente que podría haber olvidado, gente extraña en la cara de otra gente extraña; uno que podría ser el de la tienda de la esquina, una que bien sería la del café de por la casa. Desconocidos.

Siempre desconocidos. Salvo esa vez que te vi en la bicicleta. Yo trotaba por el circuito de la Diagonal y tú más bien fresca por el carril bicing. En cada esquina te pasaba con mi paso acelerado pero tú me alcanzabas media cuadra adelante, cuando el semáforo te abría la oportunidad.

La primera vez pudo sorprenderme, vi a un vecino mío que se metió de militar pero ahora llevaba el pelo largo; a nada estuve de preguntarle por su madre y sus hermanas pero era una idiotez. También me pasó con Sofía, una compañera de la facultad de la que juraba había olvidado su nombre hasta ese día que la vi en la cara de la mujer que usaba el listón ancho que ella nunca se quitaba.

Te asustaste cuando te saludé, pero yo, yo es que sin pensarlo dije ‘hola’, aunque apenas lo hice me di cuenta que saludaba a una desconocida que me había recordado tus ojos y tu silueta.

Y aceleré el paso, tu vacilaste un poco y ya no te vi, pero en el semáforo me alcanzaste y me escudriñabas la cara tratando de entender por qué te había dicho, con un acento extraño, ‘hola’.

 “¿Te conozco?” Me preguntaste, y entonces supe que de verdad podrías ser tú, con tus ojos esos negros que ya solitos son una pregunta y un cierto aire más bien de despreocupación.

 “No”, te dije, y aceleré el paso apenas se ponía el verde para el peatón.

Pero tú ibas en bicicleta y al poco me volviste a alcanzar, tan tranquila, y yo no dejaba de pensar “podría ser ella”.

Si tan solo tuviera bicicleta.


A NOITE

Prémio Contos no mediterrâneo 2012 
UAB - Instituto Camões de Barcelona


A música e o ruído da festa afogam os gritos da noite no fundo da obscuridade.
–De ce? De ce ea?
As vozes, numa língua ininteligível, anunciam uma a uma as pancadas que caem sobre as costas, as pernas, a cabeça do Rui; –De ce? De ce Maria? Perguntam os homens que batem no rapaz, mas sem aguardarem resposta tornam a bater nele até afogar também o seu desejo de luta. –Maria, disse o menino, e um último golpe roubou-lhe o alento.
–O que é que foi isso?
–O quê?
–O som! Foi um tiro?
–Mas estás a ouvir tiros Maria? Se tudo é ruído hoje! Está tranquila, tudo vai correr bem.
É um dia especial. Hoje é o dia escolhido pelo Rui e pela Maria, o dia da fuga, o dia em que irão para o norte a tentar uma vida nova, um lugar onde a sua criança possa nascer sem a ameaça de uns pais que querem que o seu filho vá estudar na Inglaterra, sem a ameaça de uma família que enviaria a sua filha à Roménia dos seus avós quando souber que está grávida.
–Estou muito ansiosa! E se não for?
–Claro que irá! Se ele está completamente apaixonado por você!
–Já é tarde, eu já tinha que estar lá!
–E então?
–A minha mãe... Acho que ela suspeita... Tão orgulhosa da primeira universitária da família! Além disso, não posso sair até os meus tios chegarem; são umas bestas, mas quero vê-los uma última vez, e as crianças não se deitam ainda. Quase não podem dormir nestes dias.
Não é um dia qualquer. Talvez amanhã ninguém se lembre dela, mas não é também não uma noite qualquer, é uma noite de música e barulho, uma noite de festa, e infelizmente, uma noite de excessos e permissão. Os rapaces percorrem a baixa, vão aos concertos no parque o bebem copos e cantam divertidos dançando pelas ruas: E se você quer ser cá da malta, tem que beber este copo até o fim até o fim!
–Ei! Pessoal! E o Rui? Pergunta uno deles. E vai acima, e vai abaixo, e vai ao centro...!
–Foi procurar Maria à estação velha
–Hoje é o dia? E bota abaixo, bota abaixo, bota abaixo...!
–É! Finalmente!
–Bebe cerveja, laralalalala bebe cerveja, laralalalala, bebe cerveja...!
Nos dias da queima, como hoje, consente-se aos universitários que se apropiem da cidade, e ela, acostumada ao silêncio e a tranquilidade, deixa-se raptar pelos estudantes que, escondidos nas suas capas pretas, cantam-lhe Coimbra do choupal [...] Coimbra onde uma vez / Com lágrimas se fez / A história dessa Inês tão linda. Quando a serenada terminar, antes a cidade acordar do seu letargo, os rapazes apoderam-se das ruas todas, do silêncio todo, e as paredes e o rio são testemunhas silenciosas das noites longas da loucura dos jovens.  
Quase despercebidos, como se a sua procedência os fizesse também estrangeiros ao festejo, os homens que bateram no Rui entram numa pequena casa da baixa, distraídos, absortos de uma festa que não é a sua festa. Em meio da confusão na rua, sem ninguém se aperceber, uns minutos depois sai de essa mesma casa Maria, a namorada do Rui.
Lá fora as coisas têm vida própria, ninguém sabe o que passa com os outros nem quer saber; ninguém se importa. Assim são as noites da queima, e todas se ouvem iguais, como se ouvem as garrafas de uísque e as latas de cerveja quando chocam; cheiram todas ao mesmo, como cheira o vinho no chão e o mijo nas esquinas das ruas; soam todas a música e a gritos, e a rapaces que cantam despreocupados. Terminam todas da mesma maneira, com uísque e cerveja, música e gritos, vinho e mijo.
A Maria ri com as imagens que deixam os seus colegas pelas ruas, muitos deles companheiros desde os primeiros anos de escola, quando costumavam rir-se do seu romeno e, as mães deles, da rebeldia da sua mãe que clamava pelas salas especiais onde punham os ciganos. Já tem saudade da teimosia de sua mãe que insistiu tanto no português e em dividir (partilhar disse ela) o coração para sobreviver.
Bebe cerveja, laralalalala bebe cerveja...! Música alta, vozerios, brincadeiras; estudantes de capa que apuram os copos (bebe essa merda, laralalalala bebe essa merda...!) Que declaram sua a cidade e a noite com os seus cânticos e berros; Coimbra é nossa...! Que irão deitar-se ao amanhecer. Coimbra é nossa e há de ser, Coimbra é nossa...
Coimbra e nossa até morrer...! Murmura a menina e pensa que também terá saudades desta cidade que não é a sua cidade, e dos colegas, que não são, também não, seus. A estação está escura e a menina prefere pensar em algo seu, o Rui, e nas palavras que ainda ressoam no seu coração: O meu país são os teus olhos, a minha pátria, os teus lábios.
A noite quase termina, ou melhor, o novo dia começa. A música terminou e as turmas voltam às cantigas das praxes e aos fados. As últimas luzes das luminárias tremam com a lua no Mondego, assustadas pela proximidade do sol. A Maria oculta-se atrás de um arbusto ao pé da estrada e sussurra, o meu país são os teus olhos, a minha pátria, os teus lábios.
–E a Maria? Pergunta a mãe com sotaque romeno.
Ninguém responde.
A manhã enceta com um ar pesado; tímido, o sol levanta-se e ilumina a pouco e pouco os estragos da noite. Uns meninos que vestem pela primeira vez de negro descem a rua cantando vacilantes: Coimbra é uma lição [...] O lente é uma canção.
A luz descobre uma pistola escondida nos arbustos, uma arma conhecida para a menina que agora percebe o que está a acontecer. Procura mais além, mas sem quer encontrar, sem quer encontrar mais além um corpo. O livro é uma mulher / Só passa quem souber / E aprende-se a dizer saudade.
Os homens da pequena casa voltam à rua enviados pela mãe. –É um erro, tudo foi um erro, repete a mulher angustiada.
Coimbra das canções / Coimbra que nos põe / Os nossos corações, à luz.
Ouve-se então um disparo. Nítido, inconfundível. Os que cantavam calaram, olharam para o fundo do largo e continuaram a cantar.
E a cantiga fundiu-se com o eco do disparo.
Coimbra dos doutores / Pra nós os seus cantores / A fonte dos amores és tu.